Los hogares son la mayor empresa del mundo

Ponencia dictada el 5 de mayo de 2017 en el Seminario-taller “Mujeres y Ciudad. (In)Justicias Territoriales”, co-organizado por Ciscsa, Articulación Feminista Marcosur y la Universidad Nacional de Córdoba.

Si hay algo que nos hace falta es imaginación, porque todos los que estamos aquí estamos tratando de hacer; no es repensar el ayer, aunque eso sea imprescindible. Ni siquiera, si me apuran, es pensar el presente. Lo que de verdad tenemos que intentar es construir el futuro. Y al futuro lo haremos con llanto, lo haremos con reivindicación, pero también tenemos que hacerlo con esperanza, mucha confianza y mucho afecto porque –díganme– qué futuro puede hacerse sólo con reclamación, sólo recordando la humillación y tanto mal que nos hicieron.

El futuro no está escrito en ningún sitio. El futuro está en construcción y lo hacemos cada día; lo hacemos las que venís del campo y las que estáis en las cooperativas de las maquilas y las que venís de la Tierra del Fuego, que por cierto ¡qué lindo suena eso! Aunque yo sabía que eran hogueras y que naufragaban gran parte de los barcos pero ¡qué lindo suena eso de la Tierra del Fuego!

Qué podemos hacer quienes estamos en una academia, nos dedicamos a escribir libros y a dar conferencias y a trabajar fundamentalmente con estudiantes. ¿Cómo juntar la energía de un movimiento con el que una cátedra universitaria a veces es la torre de marfil?

Lo que vi ayer desde el avión cuando llegaba a Córdoba era la tierra, pero en realidad no veía la tierra; me imaginaba la tierra porque veía algo de un color pardo, a veces cobrizo; y no sabía si era polvo o si era lodo; no sabía si era roca; no sabía en realidad qué era que estaba viendo. Y luego empecé a ver pequeñas señales geométricas y aquellas señales de la geometría en medio de las nubes, en medio del polvo, en medio de aquellas manchas, porque no eran otra cosa que manchas amarillas, verdes, pardas, marrones; aquellas manchas eran linderos. La geometría era la primera señal de que había llegado la apropiación de la tierra. La tierra se estaba cultivando y se cultivaba en parcelas, y esas parcelas tenían formas geométricas, eran rectángulos. Y cada lindero –porque era el amanecer– proyectaba sombras muy largas. De cada pequeño arbusto, de cada pequeño árbol, de cada pequeño palo salían sombras muy largas porque la luz del día les estaba empezando a alcanzar por primera vez. Y yo me preguntaba: ¿cómo fueron estas tierras antes de que llegara la geometría de los cultivos?, ¿qué hombres, qué mujeres las poblaban antes de que aquello se convirtiera realmente en una tierra apropiada? Pero cuando se apropió la tierra, se cultivó la tierra, y se alimentó a quienes la poblaron.

Me preguntaba cómo será esta tierra cuando no ya yo, ni mis hermanos ni vosotros, sino muchas generaciones después estén poblándola. ¿Estará la misma geometría de las apropiaciones, de los linderos, de los bordes, de las fronteras, de los límites? ¿Cómo será esta Tierra cuando la gente ya no me recuerde, ni a mí ni a ninguno de nosotros, ni a los hijos de nuestros hijos; cuando nos vean casi con la distancia, el olvido, la condescendencia con que ahora recordamos aquellos que fueron quizá los neandertales? ¿Cómo será el futuro de nuestra Tierra? Y si antes hubo un momento en que la Tierra no tenía ni hombres ni mujeres, ¿llegará un momento en que la Tierra tampoco tenga ni hombres ni mujeres? Y en medio de entre lo que ahora somos y lo que en algún momento podamos ser, ¿qué habrá?, ¿qué caminos nos están esperando?

Esos caminos no nos están esperando porque no están hechos, seremos nosotros quienes los hagamos. ¿Qué caminos nos espera el futuro para ser hombre, para ser mujer, para ser lo que seamos? ¿Cómo construiremos ese futuro, esa sociedad?

De repente comenzó a verse una mancha más concreta, más blanca, más gris que era el núcleo de la ciudad de Córdoba. Empezaron a verse perfiles de torres más altas, casitas pequeñas diseminadas pero cada vez más abundantes y empezó a haber signos de lo que es una ciudad. Y dentro de la ciudad vi manchas verdes: había árboles dentro de la ciudad. Después me esperaba un aeropuerto; después a toda prisa llegué a un hotel; después recorrí una calle peatonal; después pensé tengo que hablar de la gestión cotidiana de la ciudad y tengo que hacerlo desde la perspectiva de género o de las mujeres.

Si yo fuera quien tuviera que gestionar la ciudad, ¿qué es lo primero que me preocuparía? Lo primero sería definir qué es una ciudad y qué es un territorio. Si ahora las ciudades están todas conectadas de mil maneras, ¿dónde empieza y dónde acaba la ciudad? ¿De qué vive Córdoba? De lo que le vende a otra ciudad. ¿De qué vive otra ciudad? De lo que le manda para comer Córdoba. Pero es que si defino el territorio, lo siguiente es definir la población. Y como gestora posible –cada cual tenemos la posibilidad de ser gestores–, lo primero que me pregunto es qué población quiero gestionar. ¿Qué es ser cordobés? ¿Qué es pertenecer a una ciudad? ¿Quién pertenece a una ciudad?

No sé si Córdoba tiene ese problema ni cómo toma las decisiones, pero lo primero que una ciudad hoy decide es quiénes quiere que formen parte de la ciudad y quiénes no quiere que sean parte de la ciudad. Las políticas migratorias es lo primero que nos preocupa en Europa; quién queremos hacer parte de nosotros y cómo nos las ingeniamos para que otros no sean parte de nosotros. A las puertas de muchas ciudades europeas llaman cada día miles de personas. ¿Qué criterio ponemos para decir sí o no, pasas o no pasas? Los barcos nos dejan en el Mediterráneo miles de muertos, cada verano y cada invierno. Miles de muertos porque, por así decirlo, quisieran ser cordobeses y mi Córdoba dice que no los necesita y no los quiere, pero ellos vienen de un sitio donde tampoco quieren continuar. ¿Qué criterios vamos a seguir para decir a ti te acojo con gusto, a ti te protejo con los recursos colectivos de la ciudad, a ti no te protejo? Somos de donde nos dejan ser.

Yo nací en Madrid y además en la calle Alcalá; no se puede ser más madrileña de lo que soy. No sé si quiero ser madrileña, supongo que sí. ¿Y los que me quieren, que no son madrileños, y no los dejan ser madrileños? ¿Quién es europeo?, ¿el que quiere ser europeo?, ¿al que le dejan ser europeo?, ¿quién es argentino?, ¿dónde están las fronteras?, ¿a quién dejamos ser argentino?, ¿a quién le ofrecemos que venga a ser argentino?

En mi país, si alguien me compra mi casa por más de 500 mil euros, le dan inmediatamente un permiso de residencia. Una buena manera de comprar ser medio español. Si me compro una buena casa acá, ¿me dejarán decir que soy cordobesa?, ¿qué significa ser cordobés acá?, ¿significa que puedo ir al médico y que me atenderá?, ¿significa que si no tengo casa me dirán tienes derecho a pedir casa?, ¿a qué me da derecho que la ciudad me diga que soy uno de los suyos?, ¿me da derecho a la salud?, ¿a la sanidad?, ¿es universal o no es universal?, ¿necesito hacer 50 mil papeles para que la ciudad me conceda el derecho a la salud, a la educación, a la vivienda, a la Justicia, al nombre, al reconocimiento, a los papeles?

¿Las ciudades nos reciben a las mujeres igual que a los hombres? Hace poco estaba en el País Vasco, en una estación de autobuses, y a mi lado se sentó una chica joven. Por los aspectos reconocí que tenía que ser saharaui; nos pusimos a hablar y efectivamente lo era. Me dijo: “he venido a hacer unos papeles a ver si consigo que me den una ayuda porque tengo un hijo pequeño, no puedo trabajar, mi esposo tampoco tiene empleo y queremos tramitar una ayuda”. ¿Quién tiene derecho a pedir la ayuda? ¿Dónde ponemos los límites entre los que son nuestros y los que no?

¿A qué mujeres nos quieren las ciudades? ¿Nos quieren guapas? ¿Nos quieren jóvenes? ¿Nos quieren sanas? ¿Nos quieren productivas y si fuera posible con un titulo universitario en el bolsillo y con un empleo garantizado por alguien que previamente nos los haya ofrecido? Resulta que en la mayor parte del mundo las mujeres no pueden viajar como viajan los hombres. En las pateras –que son los barcos frágiles en los que muere tanta gente en el Mediterráneo– mueren más hombres que mujeres, pero es porque más hombres que mujeres se atreven a escapar del sitio del que quieren. ¿Y por qué no se marchan las mujeres de las villas miseria de donde se quieren escapar? Porque no pueden. Si ellas se van, se mueren los niños y los viejos. Están atadas, atornilladas a esa villa miseria, a esa explotación, a ese no derecho, a esa falta de libertad, a ese abuso. No pueden irse porque ellas no son sólo ellas; ellas son mucho más que ellas.

Cada mujer generalmente son cuatro personas a la que ella mantiene, alimenta, sostiene. Y en los sitios que reciben cada año un porcentaje de inmigrantes sobre el censo, dicen pero que vengan limpios de cargas. Y las mujeres no vamos limpias de carga; vamos fructíferas de carga. Si sois prefecto y os llegan mujeres, sabéis que tenéis que multiplicar por dos el presupuesto porque ellas no te van a pedir para una boca; te van a pedir para tres bocas, para ella, para la del bebé y para la del viejo a quien antes o después les va a decir sí vente conmigo, no te mueras solo allá, en ese sitio en el que ya te has quedado tú solo y en el que no tienes nada. Una mujer pide el doble de recursos públicos que un hombre que llega a una ciudad. ¿Es que las mujeres costamos más? ¿O es que nos hace más rica porque producimos más, sostenemos más, creamos más, generamos más vida?

Estoy peleando mi puesto en una Facultad Económica, en un Centro de Economía, y lo fundamental que quiero decir se resumiría en pocas palabras: cuando nos hablan de economía, nos están contando un cuento, una leyenda, una fantasía. Una fantasía que dice que lo esencial en la economía es el dinero y que la economía es el mercado. Singapur es el máximo ejemplo capitalista pero incluso allí hay mujeres que están pariendo y hay –pocos pero hay– niños que hay que cuidar, hay pocos viejos, hay pocos enfermos, pero al menos algunos hay. Y hay un Estado y hay algo también de voluntariado, no todo es capital y no todo es mercado.

Algunas ciudades como Córdoba, como Buenos Aires, como Río, como Madrid son economías absolutamente mixtas en las que tenemos un mercado muy fuerte que se rige por reglas capitalistas. Y para mi vergüenza, ¿al servicio de quién está la mayor parte de la ciencia económica? ¿A quién sirve la ciencia? Porque la ciencia sirve, no es neutral, es un producto social que se genera en un contexto social para satisfacer una demanda social. Y esa demanda es de quien puede pagarla: con dinero o con otro tipo de recompensa, pero al final del día hay que comer y pagar las facturas. Tenemos una economía capitalista y la inmensa mayoría de lo que hacemos en las facultades de ciencias económicas es una ciencia económica para el mercado, para el capital fundamentalmente. ¿Es posible una ciencia económica distinta? ¿Quién la financiará? ¿Quién nos dará las becas? ¿En qué bibliotecas nos estarán esperando? ¿Cómo construiremos una ciencia que sea una ciencia de todos y para todos? ¿Dónde está esa ciencia que no pudimos hacer las mujeres cuando teníamos hasta prohibido acercarnos a las aulas universitarias?

Tengo el pelo canoso pero no tengo 100 años y he tenido prohibido entrar en universidades, en facultades concretas, por ser mujer. La primera mujer en España que se atrevió a entrar a la Facultad de Derecho fue en el año 1847. Se llamaba Concepción Arenal y tuvo que disfrazarse de hombre para entrar. Y yo cada día todavía me tengo que disfrazar de hombre. Porque las cosas que digo, cuando las veo como mujer muchas veces las tengo que impostar, y cuando hablo el lenguaje de la academia, el lenguaje de la academia es un lenguaje (masculino). ¡Ojo! También, el de los corridos mexicanos. No pensemos que la academia es el único sitio y no digamos el de la legislatura... Nuestro lenguaje es un lenguaje que está hecho desde un lenguaje solidificado en reglas construidas desde una perspectiva muy masculina. Ahora mismo agradezco mucho la presencia de los dos o tres amigos que nos están acompañando, pero si fuera correcta gramaticalmente, no podría deciros queridas amigas porque la sintaxis nos obliga a decir queridos amigos. La presencia de un varón entre nosotras es tan poderosa que nos cambia el lenguaje y nos obliga a decir queridos. Y casi tengo que pedir un permiso y decir amigos perdónenme, que como es tal la mayoría, voy a decir queridas amigas, aún sabiendo que es incorrecto.

Cuando me presenté por primera vez a cátedra ¿saben cuál fue la mayor dificultad que tuve? Yo creía que me movía en el lenguaje como pez en el agua hasta que tuve que hablar el lenguaje súper culto y súper abstracto de quien pretende convertirse en el lenguaje de la ciencia. En ese momento me encontré que el yo de la ciencia es un yo impersonal pero es un yo que se conjuga en masculino. Me tuve que travestir en cierto modo internamente, conceptualmente para decir lo que quería decir siendo yo, que no era masculino, en un impersonal de la ciencia que sí que lo era. Y hasta entonces –y tenía casi 40 años– había dado miles de clases, miles de conferencias, miles de charlas y allá fue que me di un golpe. Como si me pegara un porrazo contra ese vidrio y dije ¿dónde está ese lenguaje que no me ponga una cortapisa?

Bien, imaginen lo que pasó cuando contagiada de esa conciencia me marcho a la Iglesia, ¿y qué me encuentro? De repente me encuentro haciendo memoria de cuando tenía tres años, cuando aún casi no sabía ni hablar, ni sabía contar uno dos, tres, derecha, izquierda. Y recuerdo cuáles fueron mis primeras oraciones. ¿Dónde aprendieron ustedes dónde esta el cielo y la tierra, en la clase de geografía, o cantando el ave maría y el padre nuestro? Yo no sé si acá son muy de cantar el ave maría y el padre nuestro pero les puedo decir que antes de que me enseñaran en geografía qué era el norte, el sur, arriba y abajo, todas las noches muy chiquitita me decían padre nuestro que estás en los cielos. Luego aprendí a decir bendita eres María por el fruto de tu vientre. De repente me di cuenta en que estaba pensando soy bendita si soy María y si mi vientre tiene fruto. Y si quiero hablar con mi padre, mi padre es el que está en el cielo porque la que esta en la tierra es mi madre [risas y aplausos del auditorio].

He tenido que rehacerlo todo, absolutamente todo. Y no tengo fuerzas para rehacerlo todo, no puedo, es demasiado, la ciencia, el arte, la filosofía, el lenguaje, la propiedad, la gestión de la ciudad. Hace falta no una como yo, hacen falta tantos millones de unas como yo y otros tantos millones de unos no como yo pero dispuestos a construir un nuevo mundo juntos, distintos, en que no seamos el cielo y la tierra, el vientre y el no sé qué más.

Y bien, volviendo a la economía. En el año 1995, en la Conferencia de la Mujer de Beijing, de Naciones Unidas, se consiguió por primera vez que se aprobara lo que se llamó la Plataforma de Acción y la firmaron todos los países. Lo digo por si alguien no se ha enterado: todos los países que asistieron. Y ahí se propuso que se hiciera un cambio muy importante en el marco de análisis macroeconómico porque mientras sigamos manejando las categorías macroeconómicas –también las micro– con las que interpretamos lo que es riqueza, desarrollo o pobreza, no tenemos nada que hacer porque la mayoría del trabajo de las mujeres, hoy, en el mundo, sigue siendo el trabajo no remunerado. Y los hogares son la mayor empresa del mundo. Tenemos algo así como 7.800 millones de empresas que en los libros de economía no existen. Son las que limpian, las que cocinan, las que producen, las que cuidan.

Si pensamos en una nueva sociedad, hay que pensar en una economía que combine una producción que sale afuera, que se intercambia, y una producción que se queda adentro. Hasta ahora lo que estamos haciendo es invisibilizar la producción que se queda dentro de los hogares. ¿Por qué la podemos invisibilizar? Porque la hacen las mujeres. Más del 80% del tiempo del trabajo no pagado lo hacemos las mujeres. Entonces mi pregunta es ¿podemos suprimirlo, sí o no? Podemos disminuirlo. De momento, tenemos una producción que es la producción de la población que no hemos sido capaces de encontrar una sustitución. Lo que hemos hecho es morirnos menos y necesitar nacer menos. Eso sí que lo hemos conseguido. En mi país lo hemos conseguido tanto, tanto, tanto que si no fuera por los que son de afuera, seríamos un charquito secándose al sol en verano porque necesitamos 2,4 hijos por mujer para no desaparecer como población y lo que más producimos es 1,3.

¿Por qué producimos 1,3? A lo mejor es que está bien desaparecer como pueblo, es una opción. Otros, como los chinos, en su momento se lo plantearon; fíjense lo que han hecho para decidir tener la población que quieren tener, y aun así crecen y crecen y crecen. Por cierto, no se fíen siempre de la tecnología, se inventaron las ecografías para que nos fuera mejor en los embarazos y el resultado es que hay millones y millones y millones y más millones de mujeres desaparecidas a los tres meses de estancia en el útero. En India pasa igual.

¿Qué vamos a hacer con la población? Opciones. Que la tecnología avance rápido no me parece mal. Hay un artículo mío que se llama “El año que las mujeres dejaron de ser vivíparas”. Va a llegar. Ya estamos empezando. Desde hace millón de años los embarazos de las hembras humanas han sido de nueve meses. Ahora están siendo de menos porque en cuanto aparecen síntomas de problema, sacamos al niño una semanita antes, diez días antes. Avanzará la tecnología y vamos a llegar a un momento en el cual los fetos de cinco meses van a ser viables. ¿Optamos por esa tecnología o no lo hacemos? ¿Queremos potenciar las tecnologías o no?

La tecnología ha hecho políticos nuestros cuerpos. La tecnología no es más que política o, si quieren dinero, en gran parte es lo mismo. ¿Queremos esa opción o no nos gusta? ¿Queremos ser gestantes en los años venideros? ¿O queremos encargarle a máquinas que perfeccionen el proceso de la gestación? Ahora mismo tenemos la gestación subrogada. Empezamos por lo más sencillito, que es que sea otra mujer la que ponga el útero, ya técnicamente casi no tiene ningún problema. Y Ana Falú me va a decir: ¿y dónde están las ciudades? En el primer caso que conocí, el alcalde de Londres estaba apdrinando una innovación absoluta, que era considerada criminal en muchos otros sitios. Una mujer que había sufrido cáncer, había sido radiada y no tenía un buen útero ni unos buenos óvulos. Una hermana le regaló el óvulo, lo fructificaron con el semen de su propio marido, otra hermana le prestó su útero y nació una niña preciosa. Hija de tres madres –la que la quería, la amó y la educó; la que le dio el óvulo, y la que le dio el útero– un solo padre y un padrino que fue el alcalde y un artífice tecnológico, el cirujano y el ginecólogo. ¿Queremos o no la queremos esa opción?

Piensen porque imaginar el futuro requiere muchísimas cabezas juntas pensando, imaginando, eligiendo, empujando. Y díganme, si yo fuera el alcalde, no solamente estaría preocupada en pensar qué sucede con los que vienen de afuera, con los que van a nacer. Estaría preocupadísima por otros, que son los que se quieren ir y a quienes no dejo irse. Tuve un cáncer hace 21 años, entonces pensé que iba a morir, llevaba seis años, no lo habían detectado bien y pensé que estaría de metástasis hasta las orejas. Tuve suerte, no había metástasis, pero vi morir a muchos de mis compañeros. Supe lo que eran las conversaciones en las largas horas de la radioterapia, la quimioterapia; oía a los que iban a morir diciendo cómo no querían morir. Y después les aplicábamos todas las medicinas a nuestra disposición y morían como no querían morir. ¿Saben cómo son las alas de las unidades de vigilancia intensiva de aquellos que ya no van a volver a vivir pero a quienes todavía no les dejamos morir? ¿Han oído hablar de la cyborgización en el momento final de la vida? ¿Saben qué es un cyborg? Un cyborg es una mezcla de robot y un ser humano. En este momento, los hospitales bien dotados esperan convertirnos a cada uno de nosotros en cyborg antes de alcanzar el descanso final.

Llegará el primer susto cuando nos aceche el primer zarpazo de la enfermedad; entonces el hospital la parará y nos salvará y tendremos aún días de felicidad, de confort y de esperanza. Pero después vendrá un segundo zarpazo de las enfermedades que ya no son a esas edades enfermedades que tienen vuelta atrás, sino que en todo caso van mas lentas, que son las enfermedades degenerativas. Ahora ya no morimos de enfermedades de coyuntura, de enfermedades súbitas; morimos de enfermedades degenarativas; sabemos lo que nos espera con mucha anticipación. Y cuando viene el segundo o el tercer zarpazo de la enfermedad, la ciencia nos salva de morir, pero no nos salva de malvivir, entonces nos enchufarán al primer aparato. El primer aparato probablemente va a ser oxígeno para que nos llegue a los pulmones, eso significa que nos pondrán unos tubitos nada más. Incluso podremos salir a la calle con una pequeñita echadora, pero al cabo de algún tiempo no bastará y entonces será una máquina grande. Y al cabo de un tiempo no bastará el tubito de la nariz y entonces tendrá que ser un tubo que nos pase por aquí hasta abajo, y entonces ya no podremos hablar y nos dolerá y entonces nos sedarán y estaremos sedados. Pero sedados y con el tubito del oxígeno podemos vivir meses. Y después fallará nuestro riñón y nos pondrán otro tubito y nos pondrán otra maquinita que nos irá limpiando el riñon e iremos echando en una bolsita nuestros deshechos. Y después nuestro corazón fallará, entonces cada poco rato nos pondrán aquí unos parches que nos darán una especie de choques de nitroglicerina o algo así, y entonces con esos choques nos estimularán momentáneamente y nuestro corazón, entonces, dará las pulsaciones imprescindibles. Y así seguirá.

Además, habrá alguien que tendrá mucho interés en vender la máquina, porque costará muchísimo dinero, y dará muchísimo dinero a quien consiga vender máquinas para todos los hospitales y entre todos pagaremos las máquinas. Y ya no respetaremos el derecho a decir adiós, ya viví, ya me quiero ir.

Y si yo tengo que administrar la vida cotidiana, tendré que preocuparme de la enfermedad, y tendré que preocuparme de la salud, y tendré que preocuparme del dinero, y tendré que preocuparme de los pensionistas. Y tendré que pensar en qué ciudad quiero, si quiero una ciudad en la que el viejito de enfrente del palacio de la legislatura tenga todos los días alguien que le dé de comer y a lo mejor no sólo que le dé de comer sino que le coja la mano y le haga un poco de cariño. ¿Cuánto tendré que pensar? Piensen entre todos, pensemos una economía, y pensemos un derecho, y pensemos no sé si una religión, pero al menos unas grandes ideas y pensemos un arte, y pensemos una comidita rica, y pensemos un baile, y pensemos un cariño. ¿Cuánto tenemos que pensar? ¿Cuántas emociones tenemos que construir? ¿Cuánto nos espera el futuro? ¿Cuánto hay que pelear? Y cuánta fuerza me da estar aquí, que seamos tantos y tantas y saber que el futuro no está escrito, y saber que el futuro es una nube, y es agua y que el futuro es tierra y que no se enloquece al futuro. Pero yo quiero llegar al futuro mejor de lo que estuve ayer e incluso mejor de lo que soy hoy, pero no lo conseguire yo, serán ustedes, seremos todos quienes podremos juntos hacer el futuro.

¡Muchas Gracias!

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