El desarrollo de las estadísticas de género o de cuándo las mujeres empezaron a ser contadas

¿Cuándo las mujeres empezaron a visibilizarse en las estadísticas oficiales? ¿Cuándo se convirtieron en sujetos de una indagación necesaria para los Estados, y para lo que hoy conocemos como políticas públicas? ¿Cómo reconstruir cada uno de los proyectos estadísticos con perspectiva de género y de generación? ¿Cómo contar con sistemas estadísticos que visibilicen no solo a las mujeres, sino a los diferentes grupos?

 

La palabra “estadística procede del vocablo Estado” y se refiere a los datos que requiere un país –registros, censos y encuestas– para saber la magnitud de su población, de sus recursos, de su riqueza, de su producción, etcétera; pero también para conocer y caracterizar la situación en la que se encuentra los diferentes grupos de personas que componen a una nación.

Desde los comienzos de la “civilización”, contar fue relevante, se utilizaban piedras, palos, conchas, para dar cuenta de las personas, animales, cosas, tributos. Se empezó con la idea de más, de mucho, de poco, y se fue afinando hasta llegar a la abstracción de contar, y enseguida a caracterizar y describir lo contado; registrar y dimensionar se convirtió en una tarea muy importante.

Más de tres mil años antes de Cristo, Babilonia registraba todo lo que consideraba relevante en tablillas de arcilla; en Egipto se contabilizaba todo lo relevante para el imperio: la población, la producción, los impuestos, documentando quién, dónde, cómo, cuándo, cuánto y hasta se inventaron una diosa protectora de los registros, las cuentas y los libros contables: Safnkit.

En la Biblia –Números– aparece el censo de Moisés, el “Censo de las tribus” donde se censó a los hijos de Israel, por familias y por linajes, aquí encontramos el antecedente más antiguo del concepto utilizado por siglos de “jefe de familia. Este censo registró a todos los varones aptos para la guerra. Algo muy similar se hizo en China, Grecia, Persia, hasta llegar a los romanos que, históricamente, destacan por sus estadísticas oficiales.

Es en Roma donde aparecen los censores, personas a cargo de los censos que se ocupaban del número de habitantes y su distribución territorial, caracterizaban a los jefes de familia por su riqueza, elaboraban las listas de votantes, registraban a los nuevos y se aseguraban de que los patricios tuvieran siempre mayoría. Ellos decidían quién era ciudadano o no, quién se portaba de manera inmoral, a quiénes se les podía impedir votar, cancelar sus negocios o arruinarles la vida. Hay que comentar que a las mujeres no se les censaba, salvo que fueran herederas de notables fortunas.

No vamos a abordar aquí de los muchos recuentos de siervos, de los censos de propiedades, de los registros de la producción de bienes o de los registros de impuestos o del pago de tributos; ni de los registros de mortalidad debidos a enfermedades (pestes, plagas) o a las hambrunas. Tampoco de Fermat o de Pascal, ni de la revolución de la estadística en el siglo XIX que hicieron Pearson y Galton, seguidos de Fisher.

Lo que queremos señalar es ¿cuándo las mujeres empezaron a visibilizarse en las estadísticas oficiales? ¿Cuándo se convirtieron en sujetos de una indagación necesaria para los Estados, y para lo que hoy conocemos como políticas públicas?

 

Comienza así

Esta historia comienza cuando el crecimiento poblacional obligó a los organismos internacionales y a los países a reflexionar sobre el ritmo de crecimiento y la necesidad de tener políticas demográficas. La primera Conferencia Mundial de Población (Roma, 1954), fue el escenario de las crecientes preocupaciones mundiales sobre el aumento de la población, la necesidad de la planificación familiar, la anticoncepción y la relación entre los componentes de la dinámica demográfica con el desarrollo económico y social de los estados. Las Naciones Unidas debatían si el engrosamiento demográfico de los países no desarrollados explicaba sus atrasos en educación, salud, empleo, producción, inversión, crecimiento económico o infraestructura.

En 1965, dos reuniones señalaron la necesidad de empezar a visibilizar a las mujeres en las estadísticas demográficas: la Segunda Conferencia Mundial de Población (Belgrado, 1965) y la Resolución de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer sobre Planeación Familiar; a la que le siguió, en 1966, la Resolución Complementaria de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer.

La idea central de esas reuniones fue la planificación familiar como estrategia para reducir el tamaño de las familias y desacelerar el crecimiento demográfico. Así, en los años 70 pasamos de “creced y multiplicaos” a “la familia pequeña vive mejor”[1]; estamos en la década de los 70, contamos ya –en el papel– con el andamiaje de los derechos humanos,[2] y hay una clara preocupación por reducir la fecundidad de las mujeres.

Frenar el crecimiento demográfico no solo es una preocupación de los países en desarrollo, sino también de los desarrollados, los organismos internacionales, el Banco Mundial, las Naciones Unidas, la academia, los demógrafos. El mundo está preocupado por el crecimiento poblacional y se estaba preparando la Tercera Conferencia Mundial de Población para que los países analizaran sus políticas demográficas: la idea central era la urgencia por reducir el crecimiento, fijar metas y saber cómo se estaba dando ese aumento.

México, mi país, contaba ya en 1975 con una nueva política de población centrada en reducir la tasa de fecundidad, en consonancia con la Tercera Conferencia Mundial de Población (Bucarest, 1974), y con el Plan de Acción Mundial que en ella se aprobó para enfrentar la “explosión demográfica.

Aquí es necesario precisar que en el primer lustro de los 70, en el marco del Plan de Acción Mundial en Población, se tenían muy claras las estrategias, se conocían los avances para la anticoncepción y se logró consensar la planificación familiar como un derecho humano relevante, y la libertad de las personas para decidir sobre el número de hijas e hijos deseados, dejando de lado “los que dios mande” e impulsando el derecho a decidir cuántos descendientes tener.

La Tercera Conferencia Mundial de Población impulsó la primera Encuesta Mundial de Fecundidad y con ello hizo objeto directo de observación y análisis a las mujeres, las convierte en informantes adecuados, en unidades de observación y de análisis. Es a ellas a quienes se les tiene que preguntar sobre los hijos e hijas, los nacidos vivos, los fallecidos y los que realmente tienen porque seguro saben. ¿Por qué no se les preguntó a los varones, a los jefes de familia? Porque era muy difícil tener información de calidad, porque ellos no sabrían con exactitud cuántos hijos habían engendrado, porque muchos varones solo se hacían cargo de algunos de sus hijos e hijas (los que tenían en relaciones formales); porque solo declararían los de la unidad doméstica entrevistada y no los que tenían con otras mujeres, entre otras muchas dificultades. Cada mujer sabría con certeza cuántas hijas e hijos tuvo, cuándo los tuvo y si éstos sobrevivían.

El Fondo de Naciones Unidas para Actividades de Población (UNFPA) asumió parte del financiamiento de estas encuestas que pusieron en el centro de la estadística demográfica oficial a las mujeres. Por primera vez ellas son relevantes en el mundo de la recolección de datos y se diseñan instrumentos de para esta recolección considerando su situación. Se piensa en entrevistadoras mujeres y en operativos de campo comandados por mujeres: las jefas de entrevistadoras, las coordinadoras de la encuesta, etcétera, todo porque el conocimiento de la fecundidad es vital para el diseño de las políticas públicas que incidan específicamente en la reducción de la población.

 

Ruptura de mitos

Con las encuestas de fecundidad se enfrentaron y rompieron varios mitos gestados en las oficinas de estadística. El primero, el de los temas prohibidos: se pensaba que las oficinas de estadística no podían recabar cierto tipo de información porque los temas eran muy delicados, porque correspondían a las cuestiones privadas de las personas y de las familias. En el caso de la encuesta de fecundidad porque la población se iba a oponer a dar la información, porque a los esposos o parejas les iba a indignar que se les preguntara a las mujeres sobre esas cuestiones, porque las mujeres seguramente no responderían sobre ese tema.

Un segundo mito, ampliamente difundido por los escépticos: si nos cuesta mucho saber si una persona trabaja o no, ¿cómo vamos a saber realmente qué nos contestarán en este tema? O: todas las mujeres que tuvieron un niño en condiciones non sanctas, seguro no lo van a declarar. En suma, nadie sabe lo que en realidad se va a captar con esta encuesta tan rara. El mito de los catastrofistas: van a rechazar la encuesta, esto tendrá efectos inconmensurables en otros temas, arruinaremos otras fuentes, tendremos un altísimo número de no respuesta, es imposible abordar esos temas.

Todos esos argumentos resultaron ser tan falsos como alarmistas. En el caso de México los rechazos fueron de 0.5%.[3] La encuesta fue bien recibida y las mujeres contestaron lo que se les preguntó. El resultado fue muy positivo y México contó con una base de información demográfica y social muy útil para las políticas de población. Las encuestas de fecundidad se levantaron en el segundo quinquenio de los 70 y sus resultados estuvieron listos varios años después,[4] pero demostraron ser de enorme utilidad para los países.

 

Sigue así

En otro orden de ideas, entre los años 60 y 70, las brechas de desigualdad entre mujeres y hombres son objeto de investigación, generalmente por parte de las académicas feministas y de otras profesionistas; de algunas expertas –y muy pocos expertos– y de personas curiosas o incisivas que quieren saber en qué sí y en qué no son iguales mujeres y hombres, o qué tan iguales son. Son quienes realizan sus propias encuestas, piden que se desagreguen los datos por sexo, formulan hipótesis sobre las causas y los efectos de las tareas domésticas y reproductivas en las mujeres. Son quienes se preocupan por mostrar que la desigualdad no es natural sino producto de una discriminación económica y social estructural: la división sexual del trabajo, con todas sus connotaciones económicas, políticas, sociales y culturales, con sus distintas y muy desiguales valoraciones, y con efectos perversos para las mujeres como colectivo.

Es en este contexto que las Naciones Unidas, observando las evidentes desigualdades entre mujeres y hombres, decide declarar 1975 como el Año Internacional de la Mujer y organizar la Primera Conferencia Mundial sobre la Mujer en ese mismo año.[5] Con ello, además, ponía en la agenda internacional los contextos de exclusión, segregación y discriminación en lo que vivían las mujeres en todos los Estados, y las enormes asimetrías en los marcos jurídicos, normativos y sociales, que en los hechos evitaban su participación, crecimiento, adelanto y empoderamiento.

Quizá uno de los resultados más importantes de la Primera Conferencia Mundial sobre la Mujer es que la Asamblea General de Naciones Unidas declara el período comprendido entre 1976 y 1985 como el Decenio de las Naciones Unidas para la Mujer y que, en 1979, se aprueba la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, producto de cinco años de trabajos de la Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer de Naciones Unidas.

Los datos que requiere cualquier Estado para el diseño de sus políticas económicas, sociales, culturales, medioambientales y otras, se generan e integran con distintas metodologías. Los censos, encuestas o registros administrativos susceptibles de explotarse estadísticamente son las fuentes de datos por excelencia, y requieren de marcos conceptuales, de marcos estadísticos, de clasificaciones, de metodologías y de un sinnúmero de procedimientos.

La realidad es que aún hoy, muchos de ellos carecen de perspectiva de género, porque parten de una idea equivocada y preconcebida de que la situación de los hombres y de las mujeres ante el fenómeno o tema que se investiga es igual, las mujeres saben que no es así, y a los varones ese tema no les preocupa.
 

En las oficinas de estadística hasta hace muy poco tiempo no importaba que se les presentaran tantos ejemplos sobre las diferencias y las desigualdades; eran “neutras”, no hacían distinciones, preguntaban lo mismo, de la misma manera, sin diferenciar hombres de mujeres, ni siquiera se cuestionaba el tema.

Un ejemplo de larga tradición: las estadísticas de la fuerza de trabajo y la sólida metodología de la Organización Internacional del Trabajo (OIT). El argumento iba más o menos así: los hombres trabajan y las mujeres son amas de casa; lo que necesitamos es identificar a la población económicamente activa (PEA), a la población ocupada y a la población desocupada, para cuantificarla y caracterizarla. Lo que se tiene que hacer es identificar dentro de la población a quienes conforman la PEA y, por supuesto, tendremos un cajón para poner ahí a las que no conforman la PEA, es decir, a la población económicamente inactiva, la que no hace nada, la que está en su casa o estudia o tiene alguna discapacidad.

Quizá este sea el marco conceptual sexista por excelencia. En los países en desarrollo se sabía desde siempre la aportación de las mujeres a la economía, los miles de esfuerzos cotidianos que éstas realizaban por tener un ingreso por mínimo que fuera, el trabajo doméstico que llevaban a cabo por un ingreso precario legiones de mujeres que se encontraban y encuentran en esa situación. A nadie sorprende que “los inactivos” resultaran ser mayoritariamente mujeres. La etiqueta que recibía todo ese trabajo, englobado en la inactividad, era útil, adecuada, práctica y no había problemas porque las estadísticas siempre son objetivas y neutras.

Mi recomendación es que cuando escuchen que alguien les dice que un determinado proyecto estadístico es neutro lo vean como un proyecto muy sospechoso y lo analicen con lupa. La neutralidad generalmente se refiere a que el proyecto fue concebido con un marco conceptual añejo, estereotipado e insensible a la realidad de las mujeres. Un proyecto así debe ser revisado con los lentes de género, y pasar el filtro de las preguntas clave: ¿esto es igual para mujeres y hombres?, ¿se presentan los mismos resultados?, ¿no hay brechas de desigualdad?, ¿no hay diferencias en cómo unos y otras acceden, permanecen, avanzan?, ¿se considera la situación específica de las mujeres?, ¿están contemplados todos los aspectos que enfrentan ellas, que enfrentan ellos?

 

¿Y el trabajo no remunerado?

El andamiaje conceptual que prevaleció por décadas para identificar a la población económicamente activa y separarla de la población económicamente inactiva, acabó por invisibilizar los aportes a la economía, particularmente la economía doméstica de las mujeres. Con él se construyeron las encuestas de empleo y se fueron mejorando, robusteciendo, ampliando sus temas; se incorporaron preguntas para captar disponibilidad, subocupación, empleo secundario, empleo precario, prestaciones laborales, tipos de contrato, horas trabajadas, jornadas extraordinarias.
 

Pasaron años para que se revisara este andamiaje conceptual y metodológico y fueron necesarios muchos estudios para hacer visible el trabajo que realizan casi todas las mujeres en sus propios hogares, trabajo que permite el funcionamiento familiar, comunitario y social, así como la reproducción poblacional y de la fuerza de trabajo, pero que como no recibe remuneración, se consideró irrelevante.

No se partió de un concepto amplio de trabajo, ni se le consideró un trabajo con valor económico y social. Tuvieron que pasar años para que las oficinas de estadística lo consideraran importante. ¿Cómo pasamos a concebir el trabajo de una manera amplia, que incluyera tanto el trabajo remunerado dentro del mercado, como el trabajo no remunerado que se realiza sin remuneración en los hogares, principalmente por mujeres?

Fueron los mecanismos para el adelanto de las mujeres en América Latina quienes impulsaron, decidida y firmemente, la elaboración de las Cuentas Satélite del Trabajo no Remunerado en los Hogares, cuentas totalmente vinculadas a los Sistemas de Contabilidad Nacional que se dieron a la tarea de estimar el valor del trabajo no remunerado, principalmente realizado por mujeres en y para sus hogares. Los resultados fueron desde el punto de vista de los economistas “sorpresivos”; desde la perspectiva de las estudiosas de los mercados de trabajo feministas fueron “realistas.

El valor del trabajo no remunerado de los hogares en México equivale, según el año para el que se estime, a entre 20 y 24 puntos del Producto Interno Bruto (PIB). Si se analiza la distribución del PIB por sector de actividad, se observa que la industria manufacturera es la que más puntos le aporta al PIB con entre 16 y 17 puntos porcentuales; el sector salud, importantísimo, se ubica alrededor de dos puntos, el sector educativo contribuye con casi cuatro puntos, y el complejo sector financiero con 4.5 puntos porcentuales. Para todos estos sectores se cuenta con políticas públicas y esquemas de protección, fomento y crecimiento. Tenemos políticas financieras, económicas, educativas de salud e industriales, pero no tenemos políticas públicas para coadyuvar con el trabajo familiar no remunerado, carecemos de servicios nacionales de cuidados y ni siquiera se protegen los derechos laborales de las trabajadoras domésticas remuneradas.

Apenas ahora se empieza a pensar en ello y nuevamente son los mecanismos para el adelanto de las mujeres quienes exigen la visibilización plena de estos temas, y por supuesto la generación de estadísticas, oportunas, precisas y útiles para el diseño y el monitoreo de estas urgentes políticas.

 

La perversa neutralidad

Permítanme regresar en el tiempo, cuando los países se estaban preparando para asistir a la Cuarta Conferencia Mundial de la Mujer (Beijing, 1995). Muchos de ellos se dieron cuenta de que no tenían suficientes datos desagregados por sexo, de que no podían ver las diferencias entre mujeres y hombres, ni analizar las brechas de desigualdad. No solo no contaban con los datos desagregados por sexo, sino que los marcos conceptuales neutros que sustentaban la captación de la información, lograban invisibilizar la situación en la que se encontraban las mujeres. En esos años había totales: total de niños inscritos en el nivel básico, total de derechohabientes a la seguridad social, total de profesores de primaria, total de personas ocupadas, total de empleadores.

¿Para qué diferenciar hombres y mujeres, si niñas y niños tenían las mismas oportunidades de ir a la escuela? ¿Si ellas y ellos podían estudiar lo que quisieran? ¿Si con esos datos era suficiente para conocer la realidad nacional? ¿Si las profesoras eran hasta mejores que los profesores? La pregunta de las dependencias responsables de generar información era ¿para qué? ¿Por qué no les bastan a esas mujeres estos datos?

Se sabía que las poblaciones indígenas se encontraban en mayor rezago educativo que las no indígenas, pero no era tan claro que las mujeres indígenas tenían menos posibilidades que los hombres indígenas de asistir a la escuela, que su promedio de escolaridad era menor que el de los varones indígenas de su misma comunidad, y que sus probabilidades de continuar sus estudios eran mucho menores que la de sus pares varones. Tampoco era claro que las mujeres con rezago educativo eran entre un diez y un 30% más que los varones de su misma edad y tamaño de la localidad. Y tampoco era evidente que, en el Sistema Nacional de Investigadores, de cada diez, siete son varones.

No se tenía datos de las causas de la inasistencia escolar de las mujeres porque los cuestionarios no consideraban las situaciones que les impedían asistir a la escuela, pero sí se preguntaba sobre las causas de inasistencia de los varones: tenía que trabajar, tuvo que colaborar con las tareas agrícolas, no le gustaba estudiar. No se preguntaba si la familia le impidió estudiar, si tuvo que hacerse cargo de las tareas domésticas o si dejó la escuela por estar embarazada. La perversa neutralidad invisibilizaba los porqués de las mujeres, y con ello obstaculizaba el diseño de políticas públicas adecuadas para su acceso y permanencia en el sector educativo o laboral, por ejemplo.

Algo que ya sabían desde hacía muchos años las investigadoras feministas, las constructoras de las agendas de género, los movimientos de mujeres, las trabajadoras remuneradas, las mujeres en su gran diversidad era que nada era igual para ellas cuando se veían en relación con los varones, ni los derechos, ni las oportunidades, ni las responsabilidades, ni los comportamientos sociales aceptados. Era evidente que en esa igualdad formal ellas tenían un claro destino: abnegación, obediencia, sumisión, la esfera doméstica, el mundo hogareño, lo privado, el servicio a los demás, la atención a los otros, la dependencia, y para eso debían ser domesticadas, educadas, tuteladas.

Todo era anecdótico, no había estadísticas que permitieran ver las diferencias, porque nadie las quería ver, no estaba en el radar de las prioridades, eso no era importante. Cuando se empezó a exigir que se generaran estadísticas de género, cuando regresamos de Beijing, varias oficinas nacionales de estadística decidieron que era una idea de las trasnochadas feministas y que para cumplir con la Plataforma de Acción de Beijing lo único que había que hacer,[6] era sustituir la palabra sexo por género, con eso quedaba todo arreglado y se satisfacían las extrañas solicitudes de las mujeres.

Hoy da vergüenza ver los formularios que preguntan por género, en lugar de poner escuetamente sexo, pretendiendo estar a la vanguardia y con ello generar información con enfoque de género, mostrando la supina ignorancia que aún impera en el tema que nos ocupa. La desagregación por sexo es una condición necesaria pero no suficiente. De lo que se trata cuando hablamos de estadísticas de género es de reformar toda la generación de datos, toda la integración de información estadística, de revisar todos los proyectos estadísticos desde la óptica de su utilidad para medir, cuantificar, caracterizar y conocer la realidad de hombres y mujeres: desde la elaboración de los marcos conceptuales, las clasificaciones y los cuestionarios, hasta los criterios de validación, la presentación de los resultados, los esquemas analíticos y los indicadores. Se trata de poder ver cada tema desde como lo viven las mujeres y como lo hacen los hombres.

 
 

En suma, producir o integrar estadísticas con perspectiva de género es construir nuevos esquemas, ampliar y mejorar los marcos conceptuales, reformular los proyectos estadísticos, revisar y rehacer las clasificaciones para que éstas estén completas y permitan visibilizar a hombres y a mujeres. Se trata de desagregar por sexo pero también de caracterizar con amplitud considerando las diferencias, y a los diferentes grupos de mujeres y hombres: indígenas, adultas mayores, niñas, niños y adolescentes, jóvenes, etcétera, desde diferentes dimensiones: inclusión, no discriminación, derechos humanos, igualdad sustantiva.

Recuerdo una reunión con ingenieros civiles que afirmaban como la más absoluta de las verdades: “en este tema no hay manera de que incorporen el género porque no voy a hablar de ‘la carretera’ y ‘el carretero’”. Paciencia: lo que pedimos es que cuando se planee la construcción de la carretera, desde su diseño se tomen en cuenta factores como el beneficio para los hombres y las mujeres, cómo un camino permite que las mujeres accedan a diferentes servicios, a la educación, a la salud, al registro civil, a tramitar su luz, a acceder a las comunicaciones. Cómo un puente contribuye a tener agua más fácilmente o no, cómo contribuye a que se comercialicen lo que producen, o a comprar lo que sus familias necesitan. Cómo un camino contribuye a disminuir la muerte materna por emergencia obstétrica, o a tener atención médica en caso de urgencia o de manera preventiva.

 

Algunas conclusiones

En suma, se trata de reconstruir cada uno de los proyectos estadísticos con perspectiva de género y de generación; de contar con sistemas estadísticos que visibilicen no solo a las mujeres, sino a los diferentes grupos: indígenas, personas con alguna discapacidad, migrantes. También es necesario atender las necesidades de información de las personas con mayores vulnerabilidades, desventajas, pero también los grupos emergentes. Y todo esto desagregado por sexo.

 

Algunas pequeñas recomendaciones de enorme impacto para que las oficinas de estadística incorporen la perspectiva de género en todos sus proyectos de integración, generación o explotación de información, así como en sus procesos y clasificaciones:

 

  1. Es importante que las oficinas de estadística tengan cuadros muy bien formados que manejen tanto la teoría de género como sus esquemas analíticos, que sepan cómo se inserta esta perspectiva en sus instrumentos de recolección de datos y que capaciten a todas las personas que intervienen en ellos, para garantizar la producción de mejores y más útiles estadísticas, que permitan el diseño de políticas públicas adecuadas.

 

  1. Es mucho más importante que los mecanismos para el adelanto de las mujeres cuenten con cuadros especializados en la generación, análisis y explotación de las estadísticas nacionales para que puedan hablar con sus oficinas de estadística en sus propios términos, con su propio lenguaje. Producir estadísticas con perspectiva de género es absolutamente necesario.

 

  1. Se tienen que revisar y reformular todos los proyectos estadísticos, los de larga tradición y los nuevos, todos. Incorporar la perspectiva de género permitirá tener mucha información útil a un costo reducido. Hay que hacer cambios, es cierto, pero los beneficios lo justifican ampliamente.

 

  1. Es indispensable garantizar que las estadísticas coadyuven con las agendas de género: las estadísticas de violencia contra las mujeres, organizadas en sistemas que articulen encuestas y registros son de la mayor importancia. Las de uso del tiempo son tan relevantes hoy como las de ocupación y empleo; las de salud y las de educación son de enorme relevancia, y lo mismo sucede con las estadísticas económicas. La agenda de género para los países de América Latina y el Caribe está claramente especificada en la Estrategia de Montevideo y ahí están presentes todos los temas de la agenda.

 

  1. Finalmente, déjenme decirles que las estadísticas nacionales, los datos que requieren los Estados para sus políticas públicas y para darle seguimiento a sus acciones, son un proceso en constante evolución y cambio.

 

Primero, se necesita mucho trabajo para poder consolidar un proyecto estadístico. Hay que supervisarlo integralmente, detectar sus debilidades, realizarlo y evaluar sus resultados, mejorarlo. Cada proyecto exige mucho cuidado.

Segundo, la realidad cambia. Muchos proyectos estadísticos tienen que irse modificando porque la dinámica realidad va cambiando. Instrumentos que mostraron gran efectividad en el pasado tienen que renovarse, reformarse y a veces abandonarse, pasar al cajón de las estadísticas históricas, no se aferren a ellas.

Tercero, hoy como nunca antes, tenemos más necesidades de datos, necesitamos más información, y hay muchos más temas que cuantificar, dimensionar caracterizar, monitorear, evaluar. Para la agenda de género en el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible es una gran oportunidad porque estos sí consideran la dimensión de género y la necesidad de alcanzar la igualdad entre mujeres y hombres.

Por todo lo anterior, los mecanismos para el adelanto de las mujeres tenemos que fortalecernos en la parte técnica, metodológica, operativa y analítica para poder establecer alianzas virtuosas con las oficinas nacionales de estadísticas. Necesitamos más y mejores estadísticas, necesitamos estadísticas desagregadas por sexo y con enfoque de género, necesitamos más, mejores y nuevos indicadores. Es urgente que los mecanismos para garantizar el avance de las mujeres coadyuven a generar e integrar la información que se necesita para acelerar el paso hacia la igualdad entre mujeres y hombres. No tenemos que hacer más, pero las mujeres latinoamericanas y caribeñas no merecen menos.

 

 


[1] Declaración de los jefes de Estado sobre el Crecimiento de la Población, Dignidad Humana y Bienestar, y Resolución de la Asamblea General de la ONU sobre Crecimiento Demográfico y Desarrollo, ambas en 1966.

[2] Pronunciamientos en la ONU el día de los Derechos Humanos. 1967 y Conferencia Internacional de los Derechos Humanos. Teherán, 1968.

[3] INEGI, Encuesta Mexicana de Fecundidad, 1979. Página 50.

[4] En México se levantó entre 1975 y 1976 y los resultados se publicaron en 1979.

[5] Realizada en México en 1975.

[6] Estamos en el segundo lustro de los noventa.


 
 
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