Los sentidos de la investigación

A veces la mejor manera de apreciar los problemas y desafíos en un ámbito específico, en este caso el de la investigación sobre las relaciones de género, es tomar distancia de la situación actual, referirse al pasado y anticipar un futuro deseado.

 

La parte central de la investigación realizada por las mujeres de mi generación coincide con el resurgimiento del movimiento feminista en América Latina, en mi caso desde Perú y en un contexto de profundo compromiso con el cambio social que fue vivido con muchas emociones y expectativas en las transformaciones futuras. La mayoría de las integrantes del movimiento feminista pertenecía o venía desde las izquierdas latinoamericanas y luchaban junto a otros nuevos movimientos por la recuperación de la democracia y contra las desigualdades y las injusticias de todo tipo.

 

 

En este clima y desde distintas posiciones, una generación nueva de mujeres atravesaba los límites que separaban a las clases sociales para develar la experiencia y protagonismo de los grupos sociales dominados. En ese tiempo, muchas mujeres de mi generación quedamos abismadas ante el manto del silencio y la naturalización con que se aceptaba el poder masculino en los partidos, en la academia y para que decir en la familia y en las relaciones cotidianas. Nos resultaban inaceptable los papeles secundarios asignados a las mujeres en la política, los liderazgos intelectuales masculinos indiscutidos y la asignación exclusiva de la crianza y de cuidado a las mujeres, así como la doble moral con que se medían los comportamientos de mujeres y hombres.

Provistas de las herramientas que teníamos y en un camino a veces serpenteante, nos sumergimos a revisar nuestras propias experiencias y la de otras mujeres, traspasando límites sociales para organizar un movimiento que, luego de muchas disquisiciones y distancia crítica con nuestras filiaciones iniciales, definimos y autodefinimos como feminista. La salida de las mujeres de sus espacios domésticos debido a la crisis, la represión política a la izquierda, la disminución de la brecha educacional y el ingreso de las mujeres al mercado de trabajo permitieron tomar distancia con las inercias y rutinas, y asumir nuevas perspectivas develando las múltiples expresiones de los abusos de género.

Para ello fue vital organizarnos e ir creando redes, lo que nos permitió ser visibles y adquirir fuerzas, producir conocimientos y argumentos que nos cohesionaran. Confrontamos el papel de las instituciones, la familia, la educación, el mercado, la política, la cultura y el Estado en su papel recurrente de generador y reproductor de desigualdades de género.

Y en este camino fuimos desmontando falsas dicotomías entre lo objetivo y subjetivo, lo privado y lo público, el sujeto y objeto de conocimiento, las búsquedas de causas externas únicas para explicar la realidad social, cuestionando de esta manera el paradigma predominante de conocimiento de los años 70 y 80.

 

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A fines de los 80 y gracias a la contribución del movimiento feminista, toma fuerza otro paradigma de conocimiento más comprehensivo, situado, crítico de la universalidad abstracta, que plantea el carácter construido y situado de las relaciones sociales. Bajo la influencia de historiadoras como Michelle Perrot y Joan Scott y de filosofas como Nancy Fraser y Judith Butler, entre muchas otras, nos interesó entender cómo se producía, reproducía y transformaba las desigualdades de género y su articulación con otras desiguales ancladas en la raza, la etnia, la edad. Aún más nos interesaba esclarecer las relaciones dialécticas entre las dinámicas de género y los procesos sociales más amplios. A muchas investigadoras nos interesó investigar el papel de las normas institucionales y del discurso en la construcción de las diferencias de hombres y mujeres, los mecanismos y normas que regulan las interacciones sociales y cómo éstas se interiorizan en la formación de identidades de género.

La vuelta a la democracia en muchos países latinoamericanos desde mediados de los 80 en un contexto de globalización, así como la convocatoria de parte de las Naciones Unidas a los gobiernos a participar de conferencias mundiales en las que también integraron a las organizaciones de mujeres de la sociedad civil y los partidos en una función de lobby para incluir temas referidos a los derechos de las mujeres y de vigilancia sobre los gobiernos, contribuyeron a la generación de agendas y plataformas de acción global. La IV Conferencia sobre la Mujer de 1995 se constituyó en una verdadera agenda internacional que favoreció la coordinación entre organizaciones de mujeres y la construcción de redes trasnacionales del movimiento feminista. Mujeres de distintas procedencias y latitudes compartieron ideas, vivencias y la agenda de luchas contra la dominación de género y los privilegios masculinos. El movimiento devino global, diverso y complejo. Por otro lado, en los encuentros feministas afirmaron sus espacios propios y su agenda de carácter autónomo.

En el proceso de recuperación de la democracia el movimiento feminista lucho por la igualdad de género como una dimensión de esta y desplazó su atención hacia el papel reproductor del Estado y las instituciones de las desigualdades de género a través de normas institucionales, de los marcos jurídicos, de las políticas públicas y de los discursos e imágenes que transmite la sociedad.

 

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A partir de los años 90 la ideología neoliberal se ha extendido. Ella propiciaba el achicamiento del Estado, las feministas, en cambio, como afirma Sonia Montaño, rescataron la centralidad de este en el otorgamiento de derechos y exigieron su compromiso con la superación de los mecanismos responsables de la generación de desigualdades. Las organizaciones ejercieron un papel vigilante y propositivo, propiciaron la incorporación de acuerdos globales favorables a la equidad de género en las agendas institucionales del Estado y presionaron para radicalizar las medidas pro igualdad. Apoyaron la creación de institucionalidades de género, propusieron cambios en los marcos jurídicos, participaron de las reformas constitucionales y promovieron el liderazgo de mujeres. Apoyaron la formación de organismos de género y de programas en los partidos y en las universidades.

En el campo político formado en torno de la igualdad de género convergían las investigadoras de dentro y fuera de la universidad, funcionarias de Estado, y organizaciones de mujeres. Las investigadoras comparten la voluntad de comprender los procesos y dinámicas sociales para transformar la sociedad, critican las formas dominantes de producción de conocimiento, fortalecen los colectivos de mujeres al interior del cual se investiga, difunden nuevas ideas con la intencionalidad de participar de los debates culturales y generar nuevas subjetividades colectivas.

 

Entramado académico

En el momento actual, la hegemonía e imposición de los paradigmas neoliberales y de la lógica de mercado han permeado las distintas instituciones y el discurso público, socavando la orientación societal y crítica de la investigación en general y también la de género que se realiza dentro de las universidades y centros de estudios.

Los cambios en la organización del trabajo capitalista globalizado, la inclusión de estrategias destinada a profundizar y generalizar la flexibilidad laboral, elevar la productividad e incluir nuevos criterios de gestión y evaluación incorporados en las instituciones universitarias y centros de estudios, ha debilitado los colectivos y aumentado la competencia en las distintas escalas jerárquicas al interior de las universidades y centros de investigación.

La planificación estratégica, la aplicación de marcos lógicos, los indicadores de producción, los criterios de evaluación, necesarios en una actividad colectiva, se han transformado en una pesada cadena que fomenta el individualismo y a la vez tiende a homogeneizar las formas de actuar. Las evaluaciones del trabajo ponen a prueba no sólo el resultado del mismo sino también a la persona que lo realiza, quien es exhortada a producir cada vez más, a mostrar sus competencias y distinguirse de los otros, invadir los espacios y tiempos de fuera del trabajo, para obtener reconocimiento y acceder a nuevas oportunidades.

La calidad y profundidad crítica de la reflexión, sus proyecciones sociales, se subordinan a consideraciones de productividad lo que conlleva el riesgo de transformarla en el objetivo final de la investigación. Las personas son presionadas a transformarse en empresarios de sí mismos a quienes se valora por su capacidad de identificar oportunidades, tomar riesgos y adaptarse a las exigencias del sistema.

En las universidades y centros de estudios se han debilitado los espacios colectivos de investigación y las alianzas entre las investigadoras de dentro y fuera de la universidad y con organizaciones sociales. Se dificulta las vías de comunicación entre el conocimiento y las necesidades de transformación social y por ende, se distorsiona el sentido mismo de la investigación social.

Transformaciones positivas tan importantes como la ampliación de los niveles educativos, la democratización del acceso a las universidades, la presión por eliminar privilegios y concordar criterios que pongan fin a la falta de transparencia al interior de las universidades; como la creación de fondos de perfeccionamiento de la investigación y la generación de organizaciones y redes trasnacionales de producción e intercambio de conocimiento, corren el riesgo de ser apropiadas por criterios productivistas y mercantiles, transformando la subjetividad de las y los investigadores y el carácter crítico, público y social de la investigación.

 

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Nos detendremos a analizar los procesos de algunas instituciones chilenas relacionadas con el otorgamiento de fondos para la investigación. En la actualidad ellas se ven sobrepasadas por la demanda legítima de la masa creciente de personas que tiene calificaciones para investigar. Frente a la imposibilidad de construir agendas y líneas de investigación que orienten la investigación, delegan parte de sus funciones, entre otras, la evaluación de las propuestas en otros investigadores del país o fuera del país que difieren en sus capacidades, orientaciones, experiencias y conocimientos.

La institucionalidad no tiene actualmente la capacidad de analizar la calidad de las evaluaciones ni dirimir las contradicciones entre los evaluadores, lo que introduce un alto nivel de contingencia y arbitrariedad al proceso de evaluación y selección. Por otra parte, los criterios para postular solo tienen en cuenta los currículos de los investigadores principales y no las características de los equipos de investigación. Entre los criterios de aceptación se prioriza el número de publicaciones en revistas indexadas que actualmente están igualmente sobrepasadas, que circulan en medios muy especializados dentro de los circuitos de investigadores específicos sin permear los debates públicos y culturales. Esto lleva a que los investigadores, independientemente de lo avanzado en un proceso de investigación y del debate de lo producido en el medio nacional, traten de publicar lo antes posible sin tener una visión más integral de los problemas.

Independientemente de las ventajas que tiene ser evaluados por pares y beneficiarse de sus comentarios, las revistas proponen un formato de publicación al cual debe adaptarse la argumentación y la forma de expresar los resultados. De esta manera se aplastan las diferencias de aproximaciones a los problemas y formas de comunicarlos y se debilita la capacidad crítica de las personas. Se propicia así no sólo la competencia y el individualismo sino también la homogeneización, y se debilita la capacidad de crítica individual y social.

Otras de las consecuencias negativas son los efectos en la actividad docente en quienes la ejercen. La prioridad otorgada a la docencia, sobre todo a nivel de pregrado, pasa a un segundo lugar para investigadores y profesores presionados a publicar. Se puede caricaturizar la situación al afirmar que los intercambios entre ellos se refieren más a las revistas donde publicar que a los contenidos de una agenda de investigación.

Muchas actividades docentes son delegadas a profesores externos que rotan entre distintas universidades. Se produce así una jerarquización entre los profesores a través del levantamiento de fronteras materiales y simbólicas que se relaciona no solo a la formación sino también a la capacidad de identificar oportunidades, hacerse visible en el campo académico y establecer redes. El estudiantado, que en el pasado reciente transitaba hacia los movimientos sociales, entre ellos a organizaciones y centros de estudios feministas, son llamados a entrar a este juego.

 

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Podemos ver entonces cómo las condiciones de producir investigación en las universidades y centros de estudio, está afectando la investigación de género al debilitar el tiempo y espacio destinado a establecer relaciones entre investigadoras de las universidades y centros de investigación con feministas presentes en otros espacios políticos e institucionales y con el movimiento social de mujeres. Como hemos tratado de argumentar, la adaptación a las normas y discurso neoliberal promueve el individualismo, y disminuye la energía y motivación puesta en el trabajo colectivo y la discusión pública.

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