Ni príncipes ni perros

Manuel de la Iglesia Caruncho

Si hay un libro de ficción que narra con toda claridad, y también con toda crudeza, cómo se construye la masculinidad dominante es la primera novela de Vargas Llosa, La ciudad y los perros, una de las obras más sobresalientes de la literatura escrita en castellano en el Siglo XX. La ciudad y los perros cuenta la vida de los cadetes que estudiaban en el cuartel-escuela Leoncio Prado, situado en Lima, donde el propio escritor había cursado algún año de su juventud. Allí, en aquel centro de estudios, no hay lugar para lo que no sea machismo, violencia, bebida y juego –a escondidas, pues no lo permiten las ordenanzas–, doble moral… Y, por señalar algún rasgo medianamente positivo, camaradería –medianamente porque, como bien sabemos, puede justificar un espíritu de cuerpo mal entendido que conduce a proteger crímenes horribles–.

En el Leoncio Prado, un cadete puede canjear el castigo de un teniente que le deja sin pase de fin de semana a cambio de una patada en el trasero propinada por un forzudo sargento capaz de lanzarle por el aire, como una pelota, ante el regocijo del oficial justiciero. Y si cuando se presenta esa oportunidad de canje, gracias a que el teniente está de buen humor, alguien no la recibe alborozado, quedará inmediatamente estigmatizado pues, ¿en qué cabeza cabe, a quien no sea una señorita, rechazar un pase de fin de semana a cambio de recibir un puntapié, por doloroso que éste sea?

Allí, en el Leoncio Prado, quien muestra una masculinidad diferente, menos competitiva, más pacífica, es tomado por un débil y será objeto, en el mejor de los casos, de burlas y chanzas, y quedará marcado como un esclavo que tiene que seguir las órdenes de los machos alfa. Allí, el rey es el más fuerte, el que mejor pelea, el que muestra menos miedo; será digno de todo respeto y ni los veteranos se atreverán con él. Allí se intercambian favores, no se regalan: si alguien se roba un examen, no lo comparte, lo vende; si alguien con dificultades de redacción quiere escribir a su enamorada, no pide ayuda, la paga. A dos soles la carta con palabras melosas. Allí, en el Leoncio Prado, en el transcurso de unas maniobras, el chivato capaz de delatar y, por tanto, de traicionar a un compañero, hasta puede morir de un balazo “accidental”.

Así se forja, en el extremo, la masculinidad a la que fuerza una sociedad machista, pues son los padres –no las madres– quienes deciden enviar a sus hijos al Leoncio Prado, pero no necesariamente para que sigan la carrera militar, sino para eso, para que los conviertan en hombres. Y no sólo mandan a los malos estudiantes o a los rebeldes, para que los enderecen, sino también a los “débiles”, a los pusilánimes, a los que muestran maneras poco varoniles. Por si acaso.

 

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Si La ciudad y los perros es un buen ejemplo de las limitaciones que muestra el cultivo de la hombría tal y como la entienden las sociedades machistas –y, ¿cuál no lo es?– y de sus consecuencias, no sólo para las mujeres que padecerán las relaciones con esos varones, sino también para los propios hombres, obligados a mostrar su faceta más dura, sin permitirse otros rasgos, llamémosles más humanos, como la bondad, la tristeza, el miedo, el dolor o la generosidad, otra obra maestra, en este caso del cine, nos permite profundizar también en estos asuntos, pero ahora desde el lado de las feminidades: Moulin Rouge de John Houston. Allí se muestra hasta el desgarro la tragedia de Toulouse Lautrec, un pintor brillante y un hombre sensible, inteligente, de fino humor y buen corazón, pero que se ve desdeñado por las mujeres a las que ama debido a la discapacidad causada en su infancia por un accidente. Un tullido, aún lleno de cualidades, incluso de linaje noble –al que renuncia por diferencias con su padre– no puede ser el príncipe azul que esperan las muchachas en edad casadera. A él, como le repiten, nadie lo podrá amar. Aprovecharse de él, de su dinero, de su buen corazón, tal vez, pero amarlo… ¡ni hablar! Hasta tal punto Lautrec se llega a considerar un espanto que, cuando se encuentra a una mujer diferente, capaz de admirarlo y de amarlo, capaz de quererlo por lo que es y no por su envoltorio, capaz de sentirse a gusto con él por los gustos compartidos y amenas conversaciones, a pesar de las miradas, de su atención y de sus insinuaciones, las que ella le prodiga a él, Lautrec no lo cree posible, tantas veces lo han rechazado, y la acaba empujando, con un humor ácido y cínico que también posee y que brota de su descreimiento y su dolor, a casarse con otro pretendiente.

 

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Así conducía el destino a mi generación, a tantas generaciones y en tantos países: a los hombres a tratar de ser guapos, como se llama en alguna nación de la región a los valientes y también a los temerarios, hombres de pelo en pecho, firmes, rectos y llenos de determinación; y a las mujeres a encontrar su príncipe azul, su protector, el futuro padre de sus hijos. Pero algo se torció. Y lo que más se torció fue que las mujeres, muchas mujeres, se revelaron a ese destino de subordinación. Unas colectivamente, con su activismo en organizaciones feministas; otras individualmente, en sus propias casas. Y aquí tengo que dejar mi testimonio.

En mi casa familiar, en España, jamás vi entrar a mi padre en la cocina. Ya no digamos coser un botón o planchar una camisa. Por supuesto, mi abuela, su madre, nunca se lo habría permitido. Con esos antecedentes, mi masculinidad dominante era clara. Añadamos estudios en colegio de curas, como tantos españoles, donde se practicaba aquello de la letra con sangre entra, el arreglo de disputas a puñetazos al salir de clase –¡para qué perder el tiempo hablando, si casi todo se podía resolver a piñazos! – y donde se consideraba débil y además maricón a aquel que mostrase cualquier sensibilidad; en fin, a fumar, que era cosa de hombres. Y ¿qué decir del poder, tan patriarcal? El alcalde de la ciudad era un hombre; el cura párroco, por supuesto; en el cuartelillo de la Guardia Civil, todos, el teniente al mando y los sargentos y cabos, con el pelo bien corto y sus poblados mostachos, dejaban su hombría fuera de duda. Más allá, en la cúspide del poder del Estado, el presidente del Gobierno y el Consejo de Ministros en pleno eran varones; en el Ejército, jefes, oficiales y tropa, siempre hombres. El poder, quién podría negarlo, era masculino (entre paréntesis, lo único que desentonaba en aquel mundo de machos era aquel caudillo con voz de flautín, y perdónenme la pequeña maldad que no he podido evitar).

 

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El caso es que, a los veintipocos años comencé una relación de pareja que me llevó por primera vez a compartir una vivienda. Mi compañera se pasó la primera semana de nuestra vida en común cocinando unos manjares deliciosos. Yo feliz: había encontrado una mujer hermosa, agradable, que traía un sueldo a casa –los dos éramos profesores– y que, para colmo, sabía preparar suculentos platos. Aquello era el paraíso, o un sueño. ¡Qué suerte la mía!

Transcurrida la primera semana me preguntó:

—¿Has disfrutado la comida estos días?

—Claro –respondí.

Mucho. Bueno pues esta semana, que te tocará a ti cocinar –escuché– me gustaría que te esmerases tanto como yo en la cocina. Fue la primera vez que recibí un toque de atención, amoroso, pero toque al fin. A buen entendedor, pocas palabras bastaban. Y sí, esa fue mi suerte en la vida. Encontrarme con mujeres con las que he tenido que cambiar. Una de las frases más potentes de Eduardo Galeano, y mira que tiene unas cuántas extraordinarias, es: “Somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.

 

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Pueden parecer tiempos pretéritos, pero que nadie olvide que entonces se construía la masculinidad dominante de la generación que todavía hoy controla en buena parte el poder de modificar las cosas. O de no cambiarlas. Y si no podemos ignorar la importancia del cambio individual, un cambio, por cierto, siempre inacabado, pues no podemos substraernos por completo a la herencia recibida, a la educación leonciopradina, lo otro, más esencial si cabe, es el cambio colectivo; el cambio cultural que toda sociedad tiene que experimentar y cuya primera condición es la presión y la lucha de las organizaciones de mujeres –con el apoyo de cuantos más hombres mejor– y su impacto en las políticas públicas de igualdad.

Sería muy atrevido por mi parte profundizar en este tema en una revista feminista, con tantas voces expertas alrededor, pero permítanme al menos mencionar la importancia fundamental de la educación para la ciudadanía. Una educación que tiene que empezar por reconocer la igualdad de derechos dentro de las diferencias y por respetar al diferente, pues todos/as lo somos, y contribuir a formar, desde la escuela, a personas plenas y capaces de establecer relaciones respetuosas con los demás. Y de tomar decisiones que no dependan de lo que los demás esperan de ellas, sino de sus propias convicciones.

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