Recuerdos del exilio

Marysa Navarro Aranguren vive en los Estados Unidos, aunque nos visita a menudo. Es una historiadora navarra, vasca y feminista que ha vivido fuera de su país casi toda su vida, porque su provincia quedó en manos de los generales que se sublevaron contra la República el mismo 18 de julio de 1936 y sus padres tuvieron que irse al exilio. El siguiente texto forma parte de un trabajo que presentó en una serie de Conferencias en Homenaje a los Asesinados y Represaliados en el Magisterio de Navarra que tuvo lugar en el Archivo General de Navarra en setiembre de 2016. Está basado en notas que ha ido tomando en los últimos ocho años en los que ha tratado de reconstruir la historia de su familia o, como ella dice, nuestro exilio.

 

El 18 de julio de 1936, cuando se produjo el golpe de Estado contra el gobierno de la Segunda República Española, mi familia vivía en Pamplona, la capital de Navarra. Mi padre, Vicente Navarro Ruiz, era un hijo de agricultores, que a los 12 años se fue a estudiar con los Padres Misioneros Claretianos, una orden española de misioneros y educadores. En 1912, su vocación religiosa lo llevó a hacer sus primeros votos, pero el verano del año siguiente, antes de renovarlos y con pena de sus profesores porque era muy buen alumno, abandonó el Seminario y se fue a casa de sus padres. Había decidido hacer la carrera de magisterio libre y ayudar al maestro del pueblo.

Hilda López. Pintura. De la serie "Los adioses".

Cuando terminó sus estudios, en 1921, se fue a Aoiz, un pueblito escondido entre los Pirineos. Allí trabajó durante nueve años, pero también encontró tiempo, según su alumno y amigo Miguel Gil Isturiz, “para casarse con la moza más guapa del pueblo”. En 1928 nació en Aoiz mi hermano Alberto, enfermo con el síndrome de Down, y al año siguiente, mi hermana Teodora, a quien siempre llamamos Dorita. En 1930, mi padre fue nombrado director de un grupo escolar y dos años más tarde, después de presentarse a oposiciones para desempeñarse como inspector en Madrid y ganarlas, mi familia se fue a vivir a Pamplona, donde yo nací en 1934.

 

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Mi padre fue uno de los docentes que a partir del 18 de abril de 1931 iniciaron con enorme entusiasmo la transformación de una España republicana en un país más democrático, socialmente más justo, más acorde con los cambios que corrían por los demás países europeos. En el campo educacional, querían que en Navarra la educación fuera laica y al alcance de toda la población. Querían eliminar el analfabetismo, elevar el nivel educacional de la población adulta e infantil, crear instituciones coeducacionales, modernizar la enseñanza e incorporar las últimas innovaciones pedagógicas.

La militancia de mi padre en el partido de Izquierda Republicana, su participación activa en la reforma educacional de Navarra, su pertenencia a la Federación de Trabajadores de la Enseñanza, o sea la FETE y la UGT, Unión General de Trabajdores, junto con su membresía en la Liga de los Derechos del Hombre y su nombramiento como Secretario de la Comisión Mixta Provincial de Navarra, creada por la Dirección General de Primera Enseñanza en 1933 para iniciar el proceso de laicización, fueron causas más que suficientes para ser “depurado” cuando se produjo el golpe militar. Fue destituido el 2 de setiembre de 1936. Le retiraron los títulos de maestro e inspector, le prohibieron ejercer su profesión, le pusieron una multa y le incautaron los pocos bienes que tenía.

Para esa fecha el ya no estaba en Navarra. Se había ido de casa el sábado 21 de julio de 1936. Nos dio un beso y, abrazando a mi madre que no podía contener las lágrimas, le dijo “no te preocupes Luisa, que esto no dura el verano”. Salió de casa con una gabardina que llevó durante la Guerra Civil y muchos años de exilio porque yo me acuerdo muy bien de ella, acompañado por mi tío Rufino Aranguren, hermano de mi madre. Se fueron en el Iraty, un tren suburbano que iba hasta Aoiz, donde vivía mi tío. Mi padre se bajó antes y esperó que él viniera a buscarlo en un taxi. Pasaron por Aoiz, con mi tío Rufino escondido, y alguien reconoció a mi padre, pero llegaron a Burguete, o sea la frontera con Francia, sin incidentes. Mi padre pasó la noche en el Hotel Burguete y de madrugada el dueño y su hijo lo pasaron a Francia. Volvió a España el mismo día, por Irún y se fue camino a San Sebastián primero y a Bilbao después. Allí colaboró con el gobierno de Euskadi como Inspector de Primera Enseñanza y fue designado vocal del comité directivo de la UGT de Navarra en Vizcaya.

Antes de cruzar a Francia, mi padre le mandó un mensaje a mi madre: “Saca dinero del banco y vete a Aoiz con tu hermano”. Mi madre le obedeció y nos quedamos en Aoiz hasta el 21 de agosto, día en que vinieron los requetés a detenernos. Nos llevaron a Pamplona y estuvimos más o menos un mes en el convento de las Ursulinas, luego nos llevaron a las Josefinas y finalmente a las Oblatas.

Cuando salimos, fuimos a vivir con una amiga de mi madre, esperando saber algo de mi padre para decidir qué hacer. Un día mi madre recibió una notificación de la Cruz Roja y en un tren, a las cinco de la madrugada, cruzamos el frente junto con unas 30 personas en un canje con unos niños navarros que se habían quedado en San Sebastián cuando estalló la guerra. Nos llevaron hasta Bilbao, nos reunimos con mi padre y nos pusieron en un amplio piso que compartimos con otra familia, frente a la estación de ferrocarril. Allí íbamos corriendo cuando empezaban los bombardeos de los aviones enviados por Hitler y Mussolini, a refugiarnos en un túnel hasta que pararan, yo colgada con todas mis fuerzas del cuello de mi madre y ella, con su otro brazo agarrando a Alberto, ayudada por Dorita.

Para esa fecha el gobierno de Euskadi había empezado ya a evacuar niños y niñas de Bilbao. Mi padre ayudaba en la organización de esos viajes y Dorita tuvo que irse cuando le tocó el turno, a pesar de que mi madre no estaba de acuerdo. Se fue de Santurce en el último viaje del Habana, el 12 de junio de 1937, junto con 4.500 niños y niñas de distintas edades y 72 personas encargadas de su cuidado. Pararon en Burdeos, donde bajaron tres mil niños y niñas para quedarse en Francia o ir a Inglaterra. El resto se subió al Sontay que zarpó esa misma tarde y llegó a Leningrado el 22 de junio de 1937, para iniciar una estadía que fue muy larga para la gran mayoría. Para Dorita estuvo lejos de ser corta, pues duró diez años.

 

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Hilda López. Pintura. De la serie "Los adioses".

Mientras tanto, mis padres también habían logrado salir de Bilbao antes de que la ciudad cayera en manos de las tropas fascistas. Mi madre, Alberto y yo salimos de Santander y desembarcamos en Burdeos, donde nos vacunaron y nos mandaron a un pueblo pequeño, cerca de la frontera con Suiza, llamado Saint Rambert en Bugey. Mi padre también llegó a Santander donde se puso a la disposición de la Consejería de Cultura hasta que fue evacuado a Francia. Pero volvió a España una vez más, a Valencia, donde estaba el gobierno republicano. A principios de 1939, derrotada la República, salió de España para nunca más volver y entrar en un campo de concentración francés, de donde lo sacó el gobierno de Euskadi en el exilio.

Mis padres volvieron a reunirse en septiembre de 1939. Habían estado separados más de un año y desde que mi padre había salido de Pamplona habían pasado largas temporadas sin saber el uno del otro. Desde su llegada a Saint Rambert, mi madre, que no había salido casi de Navarra, estaba en un país cuya lengua no hablaba, sin poder entender una ni una sola palabra, en compañía de un chico que no hablaba casi español y una chica que durante un largo tiempo pareció ser muda (yo no hablé hasta pasados los cuatro años). De más está decir que los primeros meses fueron muy difíciles para ella, encerrada en un cuarto en el que vivíamos los tres.

“Lo peor era cuando llegaba la noche”, me contó en una ocasión: “Nos acostábamos y me ponía a llorar, pensando ¿dónde estará Dorita?, ¿qué comida le darán?, ¿comerá lo que dan? –era tan mala comedora–, ¿y dónde estaría el papá?, ¿por qué se habría metido en camisas de once varas?, ¿qué hacía yo en ese lugar en que no podía hablar con nadie? Le daba vueltas y vueltas, llorando y llorando, queriéndome morir una y mil veces, pero al final me dormía y a la mañana siguiente como no me había muerto, empezaba otro día”.

 

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El aislamiento lingüístico de mi madre, acentuado por su falta de comunicación con mi hermano y conmigo fue penoso. Al principio, cuando iba de compras, por ejemplo, y no veía lo que quería se volvía a casa sin comprar nada. La situación mejoró cuando yo empecé a ir a la guardería y aprendí cada vez más francés. Se me soltó la lengua y me convertí en su traductora. Me llevaba de compras con ella para pedir las cosas y enseñarle como se llamaban.

Vivíamos de una subvención que nos daba un sindicato de maestros y de los trabajos de costura que mi madre empezó a conseguir y que con los años se fueron convirtiendo en una verdadera profesión para ella y la salvación de la familia cuando nos reunimos con mi padre, pues fue la única que pudo trabajar cuando llegaron los alemanes. Además, ni corta ni perezosa y haciendo prueba de un poder de iniciativa admirable, se puso en contacto con el gobierno de Euskadi en el exilio. Consiguió no solo la dirección de mi padre en Valencia sino también saber dónde estaba Dorita a quien encontró en una colonia de niños españoles en Odessa. Mi hermana empezó a recibir frecuentes cartas de mi madre y también de mi padre porque mi madre recibía una carta de Dorita y la mandaba a mi padre a Valencia, además de contestarla. Este la contestaba también y se la mandaba a mi madre para que ella se la enviara a Dorita. Ella dice que era una de las pocas que recibían cartas en la colonia, pues había muchos huérfanos y huérfanas además de los chicos y chicas que habían perdido contacto con sus padres por causa de los bombardeos. A veces, las chicas le pedían que leyera una y otra vez las cartas de su madre y las escuchaban llorando.

La partida de mi padre a Francia, nuestra estadía en Bilbao, la ida de mi hermana a la Unión Soviética y sobre todo los meses que vivimos en Saint Rambert, fueron produciendo una transformación en mi madre. Mi padre no estaba ahí para tomar decisiones. Ella tenía que hacer lo que debía sin sus consejos y resolver los problemas que se le presentaban sin consultar a nadie. En una ocasión me dijo: “Mira hija, cuando vivíamos en Pamplona, si tu padre me hubiera dicho ‘Luisa, agarra a los hijos y vamos por este agujerico que iremos bien’ pues yo os hubiera agarrado y habríamos entrado en el agujerico; pero después de la guerra si tu padre me hubiera dicho lo del agujerico yo le hubiera contestado: ‘espera un poco, Vicente, que me lo tengo que pensar’”. Contestación, creo yo, muy sabia, de una mujer inteligente, que había reflexionado sobre su vida y aunque quería a su marido al que también admiraba y respetaba, ahora era capaz de plantarse frente a él para explicarle lo que ella pensaba. Cosa que no había hecho cuando Dorita se marchó a la Unión Soviética y de lo cual se arrepintió toda la vida, aunque pudo corregirlo cuando surgió la oportunidad de irnos a México antes de que estallara la Segunda Guerra Mundial. Tengo entendido que le dijo a mi padre que ella no se movía de Francia hasta que no volviera Dorita, porque no quería perderla yendo tan lejos. Y en Francia nos quedamos.

 

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La transformación de mi madre fue muy clara desde que nos reunimos con mi padre en 1939. Ahora, la que explicaba las cosas en un francés altamente hispanizado pero entendible –desde luego con buena voluntad– era mi madre. Ante el asombro de mi padre, ella hacía entender en su francés chapurreado mientras que él, que había estudiado francés, solo conseguía que lo miraran con incredulidad.

Nos instalamos en las afueras de Bayona donde había ya muchos refugiados. La cuestión era estar lo más cerca posible de la frontera para cruzar en cuanto se pudiera. No he podido reconstruir todavía cómo sucedió esto, pero mi padre y Ramón Díaz Delgado, otro exiliado que había sido profesor del Instituto de Pamplona, fueron nombrados directores de una colonia de niños españoles evacuados por el Foster Parents Plan to Aid Spanish Children. Esta era una organización anglo-norteamericana de ayuda, de las muchas que vinieron a España para apoyar a la República cuando empezó la Guerra Civil. Cuando se produjo la retirada, sacaron a los niños de la colonia que tenían en Puigcerda y los llevaron a Francia donde organizaron seis colonias entre Biarritz y Bayona.

La colonia a la que fuimos a vivir estaba en las afueras de Bayona en una enorme casona llamada Le Bridon, rodeada de un hermoso parque. Había unos treinta niños y niñas entre los que estábamos Alberto y yo, contentos porque vivíamos con nuestro padre y nuestra madre que también trabajaba en la colonia. Nos daban clases de español y matemáticas, nos hacían leer y jugábamos felices en el parque durante los recreos y los fines de semana. Cuando se fueron acercando los alemanes, muchos de los niños fueron repatriados pero la encargada del Foster Parents Plan en Francia, Esme Odgers, se llevó a Inglaterra un grupo que no tenía familiares, en uno de los últimos barcos que salieron de Saint Jean de Luz.

Cuando llegó la ocupación alemana mi familia se fue a vivir a Le Boucau, un pequeño pueblo donde había una fábrica de altos hornos, cerca de Bayona, donde nos quedamos hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Fueron los años más duros del exilio, años de hambre y de frío. Las cartas de racionamiento no nos alcanzaban pues Alberto siempre tenía mucha hambre y mi padre, fumador empedernido, nunca tenía suficientes cigarrillos. Mi madre era una maga que conseguía comida y tabaco, o lo que podía pasar por tabaco, en lugares misteriosos. Vivíamos apretujados en dos cuartos, con mi padre sin poder conseguir trabajo. Se las agenció para trabajar en dos períodos, uno bastante corto, de carpintero en un astillero alemán. Lo despacharon cuando lo sorprendieron martillando un clavo. Su segundo trabajo, también con alemanes, fue en un matadero. Estuvo unos meses pues parece que se daba más maña ordeñando vacas y arreándolas por las calles de Bayona que de carpintero. A nuestra madre no le hacía ninguna gracia que mi padre trabajara en el matadero pero Alberto y yo estábamos encantados. Todas las tardes lo esperábamos en la ventana para ver si llevaba la gabardina abultada pues eso quería decir que traía una botella de leche y algún salchichón escondidos.

 

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Sin poder trabajar, mi padre se puso a estudiar inglés. Lo hacía mientras cuidaba a Alberto y vigilaba la comida que mi madre preparaba cuando se iba a las casas a coser. Cuando no tenía unas jaquecas terribles, estudiaba con un diccionario y unas revistas que había traído de Le Bridon, pues no teníamos libros. Todas las noches escuchábamos un programa de la BBC en francés que daba noticias de los distintos frentes y él seguía los movimientos de las tropas aliadas en unos mapas marrones que doblaba con sumo cuidado. A veces nos leía un diccionario o algún capítulo del Quijote, los dos únicos libros que tenía. Cuando mi madre se enteraba de que podíamos conseguir carbón o leña en algún lugar, iba a buscarlos con ella en una carreta prestada que empujaban entre los dos. Pero él estaba casi siempre en casa, con su cara triste y su aire dolorido no sé si por su vida o por sus jaquecas.

Muchos domingos venía a comer con nosotros José Alfaro Cillero, un tafallés exiliado cuya familia se había quedado en España. Si teníamos tortilla, él se traía un huevo: una patata más siempre había. La conversación de los mayores indefectiblemente giraba alrededor de lo que no comíamos y ellos añoraban como buenos navarros los pimienticos de la Rivera, las guindillas, las pochas, los melones, los melocotones y el jamón. Indefectiblemente, pasaban luego a recuerdos de la guerra, rememorando una y otra vez las circunstancias en que murieron fusilados, amigos, compañeros o conocidos, sin dejar de mencionar a los “cabrones” que se pasaron al otro bando. A media tarde, vestidos con ropa dominguera, emprendíamos el camino a Bayona para que mi padre y Alfaro fueran al Café du Teatre. Era quizás el café más elegante de Bayona y allí se encontraban con otros exiliados, también vestidos de traje dominguero, para pasar la tarde discutiendo el pasado mientras saboreaban el único café que podían darse el lujo de beber en toda la semana, por lo menos la gran mayoría. Mientras tanto, mi madre, Alberto y yo nos íbamos a casa de los Díaz Delgado. Allí nos esperaban su esposa y sus dos hijas para pasar la tarde. Al anochecer, llegaban los señores del café y nos íbamos andando a casa.

Durante la ocupación alemana nuestras vidas se vieron alteradas ocasionalmente por la presencia en Bayona de visitantes navarros, amparados por las buenas relaciones que tenían Franco y Hitler. Se interrumpían entonces los cafés del domingo y algunos exiliados desaparecían por unos días. En una ocasión mi padre tuvo que pasar unas semanas fuera de casa por la llegada de un visitante de Pamplona, que había preguntado por él.

 

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Estando aún los alemanes en Francia nos acercamos a la frontera con España en tres ocasiones para encontrarnos con familiares de mi padre, entre los que no faltaban sus hermanas Isidora y María y mi prima María Teresa. Llegaban cargadas de paquetes y cestas llenas de delicias navarras añoradas, periódicos y algún dinero. Pasábamos juntos el día, como si estuviéramos merendando en el campo y no hubiera patrullas recorriendo el lugar, sin pensar en la pena que sentíamos todos cuando llegaban las despedidas o que ésa podía ser la última merienda que comíamos juntos. La visita a Dancharinea, de más está decir, se hacía del lado francés. Las que cruzaban el riachuelo eran las tías, por si acaso.

A pesar de todas nuestras desgracias y sufrimientos, el estar tan cerca de España y ser navarros representó una ventaja para mí. Yo fui la única que salió ganando en el exilio. A partir de 1943, mis padres empezaron a mandarme a Navarra todos los veranos (creo que en un primer momento lo hicieron para que me alimentara mejor). La primera vez que fui lo hice legalmente, por el puente internacional entre Hendaya e Irún. Una persona me acompañó a tomar el autobús a Pamplona, donde me pusieron en otro autobús que iba a la Ribera y en Peralta, me esperaba milagrosamente mi prima María Teresa. Las otras veces que viajé, lo hice por el monte.

Una vez en España, repartía mi tiempo entre Funes, donde tenía mucha familia por parte de mi padre, y Aoiz, en casa de mi tío Rufino y mi tía Evarista. En 1946, incorporé Tafalla a mis vacaciones pues Don Pepe Alfaro había vuelto a España ese año. Allí conocí a su familia que me recibió muy cariñosamente e hice muy buenas relaciones que duran hasta hoy. En Funes me paseaba de casa en casa, comiendo varias meriendas de pan y jamón y saboreando chocolate, jugando con mi prima Pilarín y peleando con su hermano José, mirando derecho, muy al frente, cuando se acercaba un hombre con boina roja (cuidado, carlista, peligroso), contestando las interminables preguntas de mis tías sobre mi padre, divirtiéndome en las fiestas, aprendiendo a bailar la jota y la purrusalda y sobre todo aprendiendo a conocer y querer este país y esa tierra, a pesar de lo malos que eran los navarros con nosotros. Mi exilio, que lo tuve a pesar mío y sin haber dado razón alguna para él, no fue una grieta que me separó irremediablemente y dolorosamente de mi país, como aconteció con mi padre y mi madre. Muy al contrario, me dio un país, porque aunque vivía en Francia, yo no era francesa, no pertenecía al lugar en que vivía, los locales me lo hacían sentir por mi nombre, porque además de francés hablaba español, y porque era hija de mis padres. El exilio me unió visceralmente y por el resto de mi vida a un país y una tierra que hasta esos veranos había sido solamente una entelequia para mí.

Alberto, el ser más dulce y cariñoso que he conocido, se murió cuando terminó la ocupación alemana, en 1945. Dos años antes, mis padres lo habían llevado a una institución en Pau donde podía vivir en mejores condiciones que con nosotros. Se enfermó cuando los alemanes emprendieron la retirada hacia Alemania y volaban las líneas de ferrocarriles. Llegaron demasiado tarde a Pau.

 

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El final de la guerra cambió nuestras vidas. Para empezar mi padre se hizo cargo de una escuela de la República en Biarritz. Nos mudamos a esta ciudad, a una casa espaciosa, con salones donde mi padre daba clase, y era una vivienda cómoda para nosotros. Se reavivó la actividad política de los exiliados y en 1945 surgió el Consejo de Navarra, una organización de vascos/navarros y navarros/vascos apoyada por el gobierno de Euzkadi en el exilio y de la cual mi padre fue un muy activo secretario hasta 1948.

Con la ayuda del gobierno vasco consiguió también ubicar a mi hermana Dorita de quien no habíamos tenido noticias directas durante la guerra. Cuando los alemanes invadieron la Unión Soviética las colonias españolas de Odessa fueron evacuadas hacia el interior del país en un proceso que desgraciadamente se alargó porque las locomotoras eran requisadas para mandarlas al frente y los trenes permanecían parados durante meses hasta que pudieran mandar otras. El viaje fue en invierno y en condiciones muy precarias. Se enfermaron muchos niños y algunos murieron.

Cuando finalizó la guerra, los trajeron de nuevo cerca de Moscú. Los trámites para su salida de la Unión Soviética fueron lentos y complicados pues el contexto internacional se hacía cada día más difícil, pero el gobierno de Euzkadi en el exilio finalmente consiguió la salida de Dorita. Un avión la llevó de Moscú a Praga, donde pasó una noche, y luego en un tren fue de Praga a París. Al día siguiente una señora española la puso en el tren a Biarritz. A eso de las ocho de la mañana tocó el timbre de nuestra casa. Mi madre abrió la puerta y se encontró con una joven que no conocía y que le dijo: “¡mamá!”.

Su reencuentro con nosotros no fue fácil. Si bien había pasado unos años muy duros durante la guerra, su presente era mucho más agradable. Dorita estaba contenta con su vida. Vivía cerca de Moscú, donde iba al ballet y de visita a casa de los Velasco, un maestro navarro, amigo de mi padre; era su último año en la colonia, entraba a la universidad en unos meses y tenía un novio español. Por otro lado, sabía que sus padres querían que ella volviera, que estaban ansiosos por verla y tenerla con ellos. Ella también quería verlos finalmente porque había pasado toda su vida en la Unión Soviética pensando en ellos. Para Dorita no había habido verdadero exilio, tal y como lo vivieron mis padres. Después de los primeros meses no se había sentido sola o abandonada pues siempre había estado acompañada y cuidada. Además, no tenía recuerdos claros y precisos de lo que había dejado en Pamplona. Lo único que echaba de menos era su familia y la posibilidad de vernos finalmente le provocaba angustia y alegría, pero también una gran pena.

 

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Para muchos exiliados el final de la guerra auguró el fin de la dictadura de Franco. Mi padre pasó unos años convencido de ello y en preparación para lo que pensaba inevitable. Decidió que me prepararía para nuestra vuelta a España, rindiendo pruebas libres en Navarra, cuando iba a pasar las vacaciones. Dejé los estudios en francés y estudié con mi padre ingreso, primero y segundo año, examinándome en el Instituto Quintiliano de Calahorra, acompañada fielmente por mi prima María Teresa.

En 1948, cuando volví de España, mi padre me anunció que nos íbamos a Uruguay, donde mi madre tenía dos hermanas que habían emigrado a ese país hacia muchos años. Con dos hijas en Francia, veía nuestro futuro incierto, especialmente en un momento en que la hospitalidad francesa para con los españoles no era muy generosa. La tentación de vivir en un país donde se hablaba el castellano, un país democrático, donde teníamos respaldo familiar cuando en Francia aumentaban las dificultades, fue irresistible. Yo no quería ir a Uruguay, mi hermana nada dijo y mi padre, pero sobre todo mi madre, feliz de ver a sus hermanas ganaron la partida y nos fuimos.

Mi madre fue feliz en el Uruguay. Para ella el exilio terminó cuando llegamos a Montevideo. Pero para mi padre continuó. En los años cincuenta, los más fríos de la Guerra Fría, ya nadie pensaba en la República Española, ni se preocupaba por ayudar a los exiliados, con la excepción de México, claro está. Guiados por su anti-comunismo, en 1955, Estados Unidos patrocinaba la entrada de la España franquista, aliada de Hitler y Mussolini, en las Naciones Unidas y su pasado fascista se hundía en el olvido.

Mi padre volvió a ser maestro en Uruguay, pero no le reconocieron sus títulos y pudo volver a enseñar solamente en instituciones religiosas. Murió en el exilio, el 17 de diciembre de 1964, soñando con volver a su Navarra republicana. Cuatro años antes había sido indultado de la pena que le impuso el Tribunal de Responsabilidades Políticas pero nadie se lo informó.

 

Mayo de 2017

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