“Se nos olvida que la función de la naturaleza es producir diferencia”*

La bióloga transgénero Brigitte Baptiste, directora del Instituto Alexander von Humboldt, participó en un conversatorio sobre la biodiversidad y la identidad de género en la FILBO. Hablamos con ella sobre los prejuicios, la ciencia y las maneras en que debe evolucionar la sociedad colombiana.

 

El primero de mayo, el auditorio del pabellón de Francia en Corferias, país invitado de honor a la Feria Internacional del Libro de Bogotá, recibió a Brigitte Baptiste, la directora del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt. La bióloga, conocida en Colombia por ser una mujer abiertamente transgénero, discutió con el actor francés Éric Massé sobre los límites del concepto de género, la increíble diversidad tanto biológica como identitaria de la vida y la emancipación femenina. Desde sus respectivos campos –la ciencia y el arte–, ambos abordaron la manera en que entendemos la masculinidad y la feminidad desde la cultura.

Para Baptiste, la naturaleza es el mejor ejemplo de la variedad de género y sexualidad. Contó un chiste que le oyó a dos niños en la Feria: “¿cuál es la diferencia entre un colibrí y una colibrí?” “Si acaricias al niño se pone contento, se acaricias a la niña se pone contenta”. Con una risa, no sólo ilustró lo distinto que se ve el género en distintas especies. También introdujo uno de los temas recurrentes de la charla: el lenguaje.

Para la bióloga, la naturaleza está llena de ejemplos a seguir. “Lo más importante que se nos olvida de la naturaleza es que su función es producir diferencia. Es indispensable para la evolución, porque todo está en cambio constante, desde el clima hasta el paisaje. Puede ser lento o brusco, pero de todas formas la naturaleza es lo más creativo que puede haber. Me causa perplejidad cuando tratamos de llamar a los comportamientos humanos naturales o antinaturales, porque cómo podemos juzgar lo natural en lo humano, con qué criterio. Por ejemplo, la tecnología no es muy natural, ni mucho de lo que hacemos. ¿Es natural tener religión? ¿O este auditorio?”.

Tras la charla, nos sentamos con Baptiste para hablar sobre los prejuicios en la ciencia y el lenguaje y lo que le falta a la sociedad en Colombia.

 

En el conversatorio usted mencionó varias formas de lenguaje, desde el idioma como tal al vocabulario científico. El español, como el francés, es un lenguaje que siempre marca el género. ¿Qué efecto tiene esto sobre la sociedad?

—Tiene un tremendo peso cultural, porque es un dispositivo que identifica en todo momento la condición biológica de la persona. Siempre se hace la asociación estereotípica de ella o él y le cierran espacios a esa persona en sus actividades en todos los ámbitos. De hecho, a mí me pasa con frecuencia. La condición “híbrida” que represento por ser una persona trans hace que las personas tengan problemas para referirse a mí en términos de ‘ella’ o ‘él’ y les causa una profunda desazón. Algunas por respeto, porque quisieran saber leer e interpretar mi voluntad y respetarla, otras porque al contrario les cuesta trabajo y no están dispuestas a ni siquiera aceptar mi existencia. Se me hace muy curioso porque si hay algo que es absolutamente contingente y cambiante es el lenguaje, los nombres de las cosas son solo nombres de las cosas. Si la gente piensa que el idioma es algo estático y puro que siempre hace referencia a la realidad pues realmente denotan un nivel muy básico de comprehensión de lo que es la cultura.

 

—En la charla se habló sobre cómo la ciencia se ha visto viciada por teorías machistas o prejuiciosas. ¿Qué papel juega ahí el lenguaje?

—Ese es el debate de fondo entre modernidad y postmodernidad porque construimos las ciencia positiva basada en categorías aparentemente muy claras y muy contundentes para poder dar razón de la realidad. En la medida en que entendemos la naturaleza del lenguaje, que evoluciona y cambia, se convierte en algo mucho menos firme para describir la realidad y el conocimiento. Ahí aparece un sentimiento crítico sobre el poder de nombrar la realidad pero ya pasó el momento de la crisis de los años ochenta y noventa cuando los filósofos, sobre todo franceses posmodernos, llevaron la polémica al extremo de plantear la imposibilidad del conocimiento objetivo. Hay ciertas categorías que se han ido consolidando y tienen mucha solidez en el presente y no se diluyen por el hecho de que el lenguaje evolucione o cambie. De todas maneras sabemos que muchas cosas si tienen que volver a pensarse y que se pueden renombrar. Los científicos no deberían temerle a este ejercicio, ya que siempre, en teoría, estamos dispuestos a escuchar dudas sobre la identidad de las cosas y los fenómenos que estudiamos porque lo que importa es la coherencia y la consistencia de los modelos explicativos por encima los nombres de las cosas. El universo es tremendamente diverso y flexible, mucho más de lo que nos generaría tranquilidad.

—Uno de sus últimos apuntes es que la ciencia, en particular la biología, ayuda a demostrar lo variada que es la vida y ayuda a descomponer los prejuicios que existen en la sociedad. Pero a menudo los argumentos discriminatorios surgen de las emociones, no de la razón. ¿Cómo combatirlos?

—Reconociéndonos como personas emocionales. No deberíamos convertirnos en personas que rechazan los sentimientos porque los datos empíricos de la realidad no parezcan respaldarlo o no entren en consonancia con lo que creemos. Una vez hecho ese reconocimiento estamos en mejor capacidad de crear cierta distancia de los hechos y ponerlos en su propio valor. Por ejemplo, a mi mamá le parece terrible la existencia de los depredadores grandes que muestran en documentales de naturaleza. No es capaz de ver al jaguar que se come al chigüiro. Pero una cosa es que ella se solidarice con la víctima y le parezca que el ejercicio de la violencia natural es impresionante y otra cosa es que no lo acepte como parte de la realidad y este dispuesta a hacer brigadas en defensa de los chigüiros y protegerlos contra los jaguares porque entonces sabe perfectamente que los chigüiros sobrepoblarían su ecosistema si no hay algo que se los coma. Entonces hay unos hechos que somos capaces de reconocer y aceptar aunque nos causen incomodidad. A nadie se le pide que se convierta en homosexual para entender a un homosexual, pero una persona puede aceptar que no se siente cómoda pensándose a sí misma en relaciones con personas de su mismo sexo y mantener una posición de respeto pero no necesariamente de empatía con esa condición. Otra cosa es la persona que actúa abiertamente de manera homofóbica o violenta contra otros. Para que haya respeto necesitamos poder manejar esas diferencias. Tenemos todavía el deber de implantar la noción de respeto como eje central de la ética en la sociedad, porque persiste una tremenda inequidad. Es necesario el respeto a la diferencia, a todas las diferencias, porque a veces creemos que la gran diferencia es solo entre hombres y mujeres pero esas identidades se entrelazan con muchas otras como la edad, la etnia, la raza, etc.

 

—Para cerrar, ¿cómo una mujer trans en Colombia, si ha visto avanzar en el país la temática de género?

—Ha habido una visibilización y una oportunidad de debate público sobre el tema de género que está progresando y es muy importante. Se ha avanzado en el ámbito de derechos también gracias a la Corte Constitucional y en general a una interpretación muy apegada a la carta de derechos humanos y la carta laica de la constitución colombiana. Pero no veo en la cultura un avance similar. Veo al contrario una polarización y una resistencia que es realmente amenazante. Eso me preocupa mucho.

 

* Texto tomado de Revista Arcadia.

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