El estadio de Danubio llevará el nombre de mi bisabuela

El estadio de Danubio en Uruguay va a llevar el nombre de María Mincheff de Lazaroff, mi bisabuela, la madre de mi abuelo Abe. Aquí mi pequeño aporte a la historia familiar, una posible interpretación del pasado, con la que no sé si todos acordarán pero que armé con años y años de cuentos y pensamientos, por lo que de todos modos creo que tiene cierto valor.

 

 

Resulta que la abuela María es un personaje complicado. En los relatos familiares nunca fue lo que se dice una abuela entrañable. Más bien era bastante jodida y de un machismo asesino, que, a pesar de saberlo manejar con entereza y desenvoltura, sufrió particularmente mi abuela Ela, esposa del Abe y receptáculo de todo el deber ser de aquella mujer búlgara de carácter autoritario. Si me quedo con esa parte de la historia, María es alguien cuya herencia es preferible no rescatar.

 

Sin embargo hay algo más, algo anterior que me resulta fascinante. Mi abuela María había venido desde Bulgaria, huyendo de Europa. Su marido había desaparecido durante la primera guerra mundial; lo habían dado por muerto y ella había vuelto a vivir con su padre junto a sus tres hijos ya nacidos (el menor era mi abuelo, que por esos entonces no se llamaba Juan sino Iván). Inesperadamente mi bisabuelo llegó de la guerra a buscar a su familia: no había muerto. Adoro imaginar con detalle esa sorpresa: el tipo volviendo por la campiña, solo, con lo puesto, para decir regresé María, niños, regresé.

 

Pero el patriarca de la casa no era él sino su suegro. En un esquema de lógica machista el poder estaba en manos del padre de María, que era quien decidía el destino familiar, así que se embarcaron desde Bulgaria hacia Buenos Aires. A mi bisabuelo no le hacía ninguna gracia esa situación de inferioridad. Lo imagino mascando bronca en la cubierta del Avon, boina en la cabeza, tabaco en la mano. Caliente con tener que obedecer órdenes, frustrado con el despojo de soldado que había vivido. Y entonces, casi al final de la travesía que terminaba en la Reina del Plata, el barco atraca primero en Montevideo. Antes de continuar camino, el abuelo Jorge y la abuela María bajan con los niños a ver el puerto y él encuentra en esa ciudad extraña un refugio posible para volver a empezar. Se enamora de la posibilidad de liberarse del yugo de la familia de su esposa para ser de nuevo el padre poderoso, y la convence (nunca sabré hasta qué grado por la fuerza) de abandonar a los demás y quedarse los cinco allí, en esa romántica ciudad abierta al río.

 

 

María tenía dudas, cómo iban a hacer, ¿quedarse solos? ¿Lejos? ¿Otra vez? Pero Jorge compró un billete de lotería y ganó. Abrió el diario de ese tiempo y vio que había dos lugares donde el dinero le alcanzaba para comprar un terreno: Carrasco y la Curva de Maroñas. Carrasco era un descampado de casas quintas; la Curva era un barrio pujante por donde pasaba el tranvía y había cierto empuje industrial. La mágica intuición del abuelo Jorge lo llevó a elegir Maroñas y sellar así el destino trabajador de mi familia. Así el resto de los Mincheff siguieron a Buenos Aires y los Lazaroff arrancaron para la Curva para ser los búlgaros del barrio, los búlgaros cuyos hijos se habían tenido que cambiar de nombre en el Registro Civil porque en ese tiempo no se podían llamar Mijail, Penca e Iván. Así mi abuelo empezó a ser Juan, a los tres años de edad, el hijo de los búlgaros de la curva de Maroñas.

Un niño más nació en Montevideo, tal vez para terminar de atar a la familia con esa tierra rebosante de sudor y de futuro. El abuelo Jorge no solo era machista; cuando yo era chica la leyenda que circulaba en forma de humor y horror a la vez era que cuando no le gustaba la comida de la abuela María tiraba los platos directo por la ventana. Incluso en medio del amor familiar ciertas formas de la violencia eran moneda corriente, costumbre y perspectiva. Pero el abuelo Jorge murió joven, cuando el Abe tenía solo nueve años, incluso antes del nacimiento de Danubio. Y ahí es cuando el recuerdo de la abuela María se tiñe de una belleza de la que no puedo renegar: la tipa dice que no a todos los nuevos ofrecimientos de casamiento (que se sabe que los hubo porque debía ser linda la viuda búlgara del barrio, con ese gesto fuerte y las caderas bien anchas), y se pone un taller de costura para encargarse sola de mantener cuatro hijos. Elige la independencia: no cargar más con poder ajeno y ser ella la matriarca, dueña de sus hijos y de sí misma. Es cierto que fue luego una déspota incurable y que alimentó en sus hijos una dependencia terrible de su misma figura. Pero qué mujer valiente, qué lo parió.

 

 

Fue en ese taller de costura –hoy para mí, casi cien años después, es símbolo de independencia femenina– que nació el nombre de Danubio. Imagino la luz cálida de una lámpara iluminando el galpón oscuro para terminar un vestido, tal vez un uniforme obrero; los niños que entran ansiosos, transpirados, embarrados de jugar a la pelota en la esquina.

 

—Mamá, ¿qué nombre le podemos poner al cuadro? Ya hay otro cuadro de fútbol que se llama Tigre.

—Pónganle Maritza, que es el río que corre por Bulgaria.

—No, mamá, Maritza es nombre de mujer.

 

Los ojos de la dama se levantan de la aguja, su mano apenas acaricia el pelo de Ivancho, evidentemente el más fuerte de sus hijos.

—Entonces pónganle Danubio, el otro río de nuestra patria.

 

Hoy el estadio tiene nombre de mujer, abuela María. Tenías razón al final. Andá a saber cuáles eran tus ternuras, qué extraño amor habrás abandonado, aquellos amaneceres de colinas verdes, la corriente del Danubio, el cielo de la tierra de uno que no se parece a ninguno. La nostalgia y la valentía son legados que se llevan con alegría porque no hay nada más hermoso que la vida cuando demuestra que la memoria tiene sentido. Salú danubianos, sepan que para honrar ese nombre no hay nada más importante que la determinación y el coraje.

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