Óleo de una campesina guaraní

  • Fotos: Gio Guggiari <br />Imágenes intervenidas: gliphos
Fátima Rodríguez - Gio Guggiari
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Fátima Rodríguez - Gio Guggiari

Cristina Olazar, es una mujer que sintetiza y expresa la sabiduría del campesinado paraguayo y la memoria de los pueblos ancestrales. La dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989) la expulsó de sus tierras en 1976. Quemaron sus chacras, su escuelita campesina, sus casitas, su almacén y sus sueños. Eran 29 las familias que vivían en comunidad en San Isidro de Jejuí, al norte de Paraguay, y desde ese momento quedaron sin tierra. Se refugió de manera clandestina junto a los indígenas Paî Tavyterâ en los montes de Amambay, frontera entre Paraguay y Brasil. Comenzó así un viaje de descubrimiento de su propia identidad. Hoy, más de 40 años después de aquel atropello, Cristina recrea su sueño de comunidad en Tekove Rayhu, una granja agroecológica en las afueras de Asunción.

Cristina, la que ama a la vida

Tempranito, a las cinco de la mañana, empieza la jornada en Tekove Rayhu, nombre en guaraní que significa «amor a la vida». Con un mate y una conversación, se planifica el día. Cristina, con sus 73 años, rodeada de sus gallinas, su gato «Aña» y su perro «Toby», desgrana porotos frescos para el almuerzo. Su casa está rodeada por un bosque de dos hectáreas reforestadas con especies que fue trayendo del norte. «Treinta años ya tiene este bosque y es la base de mi sistema de producción agroecológica, porque allí se genera la materia prima que servirá de cobertura en mi chacra, para proteger la tierra del calor y para nutrirla», dice.

Cristina pertenece al movimiento campesino que revolucionó Latinoamérica de la mano de lo que llamaron la «Teología de la liberación». En Paraguay, el movimiento se dio en llamar Ligas Agrarias Cristianas en la década de los 70. Ella reconoce que nunca fue católica pero que le seducía la idea de «vivir como hermanos y hermanas en comunidad».

En San Isidro de Jejuí, ubicado en San Pedro, Paraguay, 29 familias, la gran mayoría de ellas con hijos, habían desarrollado un modelo autónomo de subsistencia colectiva. Una chacra abundante, un almacén de consumo y una escuela por fuera del sistema educativo oficial con la peculiaridad de alfabetización desde la lengua guaraní, formaban parte de ese modelo comunitario. Cristina era pytyvohára, una especie de ayudante o guía con quienes los participantes, niños y adultos, experimentaban con métodos alternativos de lectoescritura, dando valor y sentido a su propio teko, el modo de ser, sentir y ver el mundo en la cultura campesina.

«Fueron los años más felices de mi vida, sentíamos la armonía, la tranquilidad y la seguridad de que estando juntos nada nos faltaría. Todo lo que proponíamos las mujeres, lo experimentábamos y aprendíamos con mucha alegría. Pasaron los años y nuestras comunidades empezaban a ser referencia en distintos puntos del país, la dictadura stronista puso su foco sobre estos grupos comunitaristas porque sonaban mucho a ‘comunistas’», cuenta Cristina.

En las Pascuas de 1976, violentamente destrozaron aquel sueño colectivo. «Ingresaron disparando y quemando todo. Nadie tuvo tiempo de mirar por última vez lo que desaparecía para siempre en las llamas de la cobardía, corrimos a refugiarnos en el monte, algunos fueron heridos, otros apresados y, por supuesto, torturados», recuerda.

Desde ese momento, Cristina vivió en la clandestinidad. «Mi experiencia como maestra / pytyvohára en la escuelita campesina, me permitió trabajar en un proyecto de alfabetización indígena en lengua paî tavyterâ. Vivimos varios años en ese lugar, sumergidos en la selva del Amambay, frontera con el Brasil. Allí nació y creció mi primer hijo. Allí renací yo misma». La convivencia con el pueblo Paî Tavyterâ le ayudó a recordar y comprender «cuanto de indígena hay en la cultura campesina, cuánto sentido y cuánta belleza compartimos los distintos pueblos e identidades, cuánta potencia y resistencia tienen las mujeres de este territorio olvidado, cuánto conocimiento de la tierra se pierde en la escuela paraguaya, y cuánta fortuna significaba no pertenecer para poder ser lo que somos».

«Mboriahu Ryguata», un modelo de desarrollo

Su mirada crítica hacia la educación colonizadora, permitió a Cristina encontrar un camino propio de lucha y dedicar gran parte de su vida a sistematizar la memoria campesina e indígena, creando materiales de educación popular y promoviendo un pensamiento decolonial a partir del análisis de la realidad en acción-reflexión colectiva.

Cristina idealiza y reivindica el modelo de desarrollo de Paraguay antes de la Guerra Grande del 70, Paraguay contra Argentina, Brasil y Uruguay. Específicamente el periodo del Dr. Gaspar Rodríguez de Francia (1814-1840), quién según ella reconocía al modelo comunitarista tradicional e histórico de este territorio cultural. A los ojos de Cristina, «un modelo de producción, recolección e industria comunitaria basado en los conocimientos y la fuerza de trabajo de las mujeres guaraní, que han tenido en diferentes momentos de la historia una participación importante».

Destaca también el periodo de posguerra, señalando que el Paraguay diezmado de su población masculina, difícilmente habría podido sobrevivir de no haber sido porque las mujeres eran capaces de producir lo que precisaban para vivir. «Y eran capaces justamente porque eran descendientes guaraníes, con saberes vinculados a la tierra y a la producción». Paradójicamente, sus saberes ancestrales que fueron la fuerza motora de esa resistencia cultural, son desvalorizados hasta hoy y son parte de la estigmatización que padecen las mujeres campesinas.

En este sentido, Cristina refiere a la herencia campesina del «mboriahu ryguata», que desde su interpretación, representa una forma de resistencia a los modelos de desarrollo colonialistas, capitalistas, extractivistas. «Mboriahu quiere decir que se es pobre frente a un modelo de sociedad de mercado, porque no se puede consumir productos importados, pero en realidad se tiene todo lo que se necesita si se tiene un pedazo de tierra para cultivar», dice. «Este modelo de producción agrícola, industrial y cultural se enfrenta al modelo de mercado y al sistema de bienestar basado en el consumo. Ryguata, significa estar caminando, satisfechos en las necesidades, tener todo lo que se necesita para el bienestar y producir ese bienestar comunitariamente, sin tener dependencia de productos que no se pueden producir, necesidades impuestas que desvalorizan la producción campesina», explica.

Cristina pasa gran parte del día en su chacra, rodeada de sus hijos y nietos, donde produce fundamentalmente porotos, maíz y mandioca. Tekove Rayhu está en Villeta, a 40 kilómetros de la capital paraguaya. Su sistema económico promueve prácticas de reciprocidad, de «jopoi» o don, así como la «minga» o ayuda mutua y el trueque. Tekove Rayhu y Cristina han inspirado a que jóvenes profesionales de la ciudad elijan volverse a la experiencia de campesinización. Un biólogo, una comunicadora, una abogada y un ingeniero en Ecología Humana han decidido dejar la ciudad y habitar Tekove Rayhu, con el compromiso de recrear aquel modelo comunitarista que tantas mujeres campesinas intentaron construir en el Paraguay y en Latinoamérica bajo las dictaduras.

Fotos: Gio Guggiari

Imágenes intervenidas: gliphos

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