Feminismos, cambio cultural, conservadurismo e izquierdas

El rol político de los feminismos los ubica en la arena política, donde encuentran a conservadurismos e izquierdas en disputa, y esa irrupción produce conmociones en ambas veredas, movilizando todo el espacio político.

 

Los feminismos se han vuelto masivos y están permanentemente movilizados en la región. Crecen, denuncian, protestan, demandan, exigen, invaden las redes, marcan agendas. Su vitalidad es tanta que hoy no es factible ignorar su presencia. Resulta imposible no verlos cuando un 8 de marzo reúnen a 300.000 mujeres en las avenidas de Montevideo, y en Paraguay, país con una historia que solidificó el silencio y la represión, están en las calles con movilizaciones que hasta hace poco tiempo resultaban impensables para una sociedad en la que no resulta fácil expresarse en libertad y superar atavismos. Tampoco se puede ya minimizar la agenda feminista en nuestras latitudes cuando el Ni Una Menos contra la violencia hacia las mujeres resuena en toda América Latina y millones de mujeres exigen la legalización del aborto en una marea verde que invade plazas y calles de la Argentina. Además, resulta claro que los feminismos han optado por impugnar no solo el patriarcado sino todo sistema de dominación, como lo evidenció el #EleNao surgiendo de las gargantas feministas resistiendo al fascista Bolsonaro en todo Brasil.

 

No hay modo hoy de negar que el movimiento feminista es una fuerza social de las más potentes en el continente, con acciones decididas para visibilizar sus demandas, defender a sus compañeras y exigir justicia. Los feminismos han sabido colocar sus temas en la agenda social y política y hoy está extendida la exigencia de cese de la violencia contra las mujeres, de los feminicidios, del acoso y las violaciones, y los Estados desarrollan políticas para redistribuir los cuidados y establecer medidas a través de las cuales se comparta el poder político. Con toda su diversidad, sus disputas internas, sus diferencias en temas difíciles como la prostitución, los feminismos muestran redes sólidas, construidas a lo largo de décadas de luchas en toda América Latina, posicionan con fuerza sus miradas y sus propuestas en la agenda pública, social y política, y ponen en jaque al patriarcado.

 

Los feminismos y sus luchas impactan de forma directa en la política. Al haber vislumbrado que el campo social no es una construcción homogénea ni el producto de un diálogo tranquilo y pacífico, sino más bien un campo de batalla diverso, donde se lucha y se cambia de acuerdo a las relaciones de poder, los feminismos se colocaron en el foco político buscando desmantelar lo que Mouffe (2007), al referirse a las configuraciones sociales específicas, describe como “construcciones precarias y pragmáticas, que pueden ser desarticuladas y  transformadas como resultado de la lucha agonista entre adversarios”. Los feminismos pudieron además construir una sujeta política feminista diversa, encontrando los hilos comunes que enlazan diferentes discursos y prácticas discriminadoras para las mujeres y para quienes integran otros colectivos humanos excluidos, posicionándose en un lugar central de la lucha para lograr cambios sociales integrales. Este rol político de los feminismos los ubica en la arena política, donde encuentran a conservadurismos e izquierdas en disputa, y esa irrupción produce conmociones en ambas veredas, movilizando todo el espacio político.

 

 

Los conservadurismos ante los feminismos

Las formas, consignas y contenidos de las avalanchas feministas generan una profunda irritación en los sectores conservadores. Su esfuerzo por mantener el estatus quo, los roles de género, las estructuras de dominación, los mandatos que han inventado y legitimado por siglos se ven confrontados en sus teorías y prácticas. Las feministas no pueden más que ser vistas como sus enemigas cuando, sin titubear, desbaratan cuanto sexismo encuentran a su paso. Cambian el lenguaje y aparecen chiques, niñes, nosotres, todes, desafiando a quienes se erigen en guardianes de rancias disposiciones académicas. Van a los tetazos por las calles, marchan y cantan demandando que los cuerpos de las mujeres se respetan, aunque paseen desnudos. “Muerte al macho” gritan las paredes después de una marcha feminista, pidiendo nuevos sujetos masculinos que abdiquen del viejo machismo, compañeros para caminar al lado y construir a la par, sin violencia, autoritarismo ni jerarquías. “Abortá el patriarcado” claman carteles exigiendo acabar con las semillas del sistema que ha oprimido a las mujeres por siglos. No queda títere con cabeza cuando las feministas interpelan lo que la acumulación de disposiciones decididas por hombres ha convertido en “tradicional”, y con una arrogancia sin límites ha categorizado hasta como “natural”.

 

No resulta fácil para las derechas ver cómo se deja en evidencia la falsedad e hipocresía de las creencias, mitos, leyendas y moral que construyeron las sociedades para consolidar su orden patriarcal. Quienes tuvieron el monopolio de la demarcación de las reglas reaccionan con dureza y hasta con furia. Insultan agreden, trolean en las redes, inventan terminologías como la ideología de género, colocan todos sus temores y demonios juntos y asignan a las feministas el rol de brujas que los agitan. En este marco, lidian con aquello que hace tambalear sus certezas desde sus carencias analíticas y empáticas, y la forma que encuentran es convertir a las feministas en el nuevo enemigo interno de las sociedades. “Feminazis, asesinas” son agresiones a través de las cuales evidencian todas las rabias surgidas al verse desafiados por aquellas a quienes consideraban secundarias, acompañantes, depositarias de sus cuitas, amables y sumisas reproductoras.

 

Más duro aún resulta para el conservadurismo constatar que los feminismos constituyen una fuerza transformadora que está cambiando las sociedades, moviéndolas desde sus cimientos. Hoy ya no es posible un consenso de silencio ante una publicidad en la cual se oferta un producto con mujeres como “adorno”, ni que un “all male” panel pase desapercibido; se cuestionan los estereotipos sexistas, el acoso ya no es visto como simple “piropo” y no hay posibilidades de sostener que las mujeres constituyen una categoría inferior a los hombres en el ejercicio de la ciudadanía. Estas modificaciones en el imaginario, consolidando profundos cambios culturales, las lograron los feminismos con la crítica, ese ejercicio indispensable para revolucionar las ideas. Externa e interna, la crítica es el motor de las transformaciones culturales imprescindible para cualquier tipo de revolución como ya lo expresó Gramsci al afirmar que “toda revolución ha sido precedida por un intenso trabajo de crítica, de penetración cultural, de permeación de ideas a través de agregados humanos al principio refractarios y solo atentos a resolver día a día, hora por hora, y para ellos mismos su problema económico y político, sin vínculos de solidaridad”. Los feminismos han sido capaces de producir esa agregación humana, esos vínculos de solidaridad y hacer que la crítica se convierta en propulsora de la transformación del orden de género.

 

En los procesos de producir transformación los feminismos crean, generan teoría, nombran: machismo, patriarcado, feminicidio, son términos que hoy resuenan en artículos, investigaciones, medios de comunicación. Desmontar, transformar, construir de nuevo, esa es la secuencia que despierta temor en quienes querrían que nada cambie. A esto se suma que los feminismos nunca terminan de transformarse ellos mismos. A medida que surgen identidades, espacios geográficos, miradas comunes, se produce un nuevo debate que los revive, los complejiza y los consolida en toda su diversidad. Esos cambios vuelven a los feminismos inasibles: están en todas partes y quienes se sienten sujetas de los feminismos son muchas. El “enemigo” de los conservadurismos es escurridizo y cuesta ubicarlo y acorralarlo. La estrategia conservadora apela a estrechar el círculo y se ancla en afirmaciones que parecerían incontestables al invocar bienes y valores comunes como la vida o la familia “Mis hijos son míos”, “Con mis hijos no te metas”, “Salvemos las dos vidas” repiten sin parar. Y aunque la indiferencia conservadora ante las muertas por violencia de género, los asesinatos de mujeres trans, los abusos de niños y niñas devela rápidamente la falacia de estas proclamas, a través de consignas colocan a las feministas como principales enemigas de la familia, los valores y la tradición de las sociedades de la región. La batalla de sentidos entre conservadurismos y feminismos se encuentra en pleno desarrollo.

 

 

Y las izquierdas, ¿dónde se posicionan ante las luchas feministas?

Los feminismos de la región, además de desafiar la universalidad de lo masculino, y denunciar las categorías patriarcales, han politizado las desigualdades y colocado como central la búsqueda de democracia en lo público y en lo privado. Estos feminismos diversos, con opiniones y posicionamientos hasta contrapuestos con relación a diferentes temas, impugnan el orden de género y, de forma cada vez más extendida y contundente, dicen con voz potente que el sistema de dominación patriarcal no opera solo, sino que se entrelaza con otros como el capitalismo, el racismo, el etnocentrismo, la heteronormatividad. La crítica feminista busca así ser sistémica: cuestiona el modelo de sociedad en su conjunto, sus bases económico productivas extractivistas, su paradigma político neoliberal, racista y colonial con los Estados y los cuerpos, su cultura política que sostiene viejos poderes y crea nuevos con las mismas bases autoritarias, verticales y clientelares, su prescripción de sexualidades y relaciones interpersonales obligatorias.

 

La existencia de la crítica feminista tiene como una de sus bases clave la diversidad de mujeres que agrupan los feminismos: mujeres del campo y la ciudad, indígenas, intelectuales, académicas, trabajadoras, con diversas orientaciones sexuales e identidades de género. Fortalecidos con esas alianzas, los feminismos van corriendo los bordes de la democracia con su interpelación permanente y levantan banderas contra la opresión de género, pero también contra la opresión política, económica, racial. Patriarcado no. Capitalismo tampoco”: los feminismos comunitarios y populares lo dicen con claridad. Los feminismos socialistas elevan fuerte la consigna: “No hay socialismo sin feminismo”. Al confrontar no solo al patriarcado, sino también al capitalismo y a otros sistemas de dominación, una buena parte de los feminismos de la región –quizás todos–, incluidos o no en partidos o movimientos políticos, hablan desde dentro de las izquierdas, desde el interior de los proyectos que luchan contra la dominación política y económica. Izquierdas y feminismos, con sus encuentros y desencuentros a lo largo de la historia, han estado y continúan estando, en consecuencia, estrechamente vinculados. Ambos han sido protagonistas de luchas sin treguas, de desafíos frontales, de apuestas casi utópicas que han puesto su aporte para superar la opresión de clase en el caso de las izquierdas, y la opresión de las mujeres en el caso de los feminismos. Las luchas emancipatorias tienen a ambos, feminismos e izquierdas, del mismo lado de la historia.

 

Entonces, ¿por qué las izquierdas no han acompañado el proceso de crecimiento y lucha feminista? ¿Por qué cuando apoyan las demandas feministas lo hacen tibiamente y con reticencias en lugar de hacerlas suyas? ¿Cuál es la razón por la que líderes principales de izquierda de la región que alcanzaron el poder estatal fueron ciegos a las demandas feministas, e incluso las obstaculizaron, como Tabaré Vázquez de Uruguay y Rafael Correa de Ecuador lo hicieron con relación a la legalización del aborto? ¿Por qué al menor descuido los líderes masculinos de las izquierdas emiten expresiones machistas como lo han hecho José Mujica y Evo Morales, evidenciando que no realizaron esfuerzos suficientes por comprender las bases conceptuales que mueven a los feminismos y las propuestas de transformación del orden de género de nuestras sociedades? ¿Por qué espacios de izquierda regionales como el Foro de Sao Paulo, defienden a alguien que de manera tan flagrante ha traicionado la revolución sandinista como Daniel Ortega, quien empezó persiguiendo feministas y hoy masacra a su pueblo? ¿Cuál es la razón por la cual las izquierdas no son capaces de estar codo a codo con los feminismos en sus luchas emancipatorias y defender su agenda?

 

Probablemente un elemento central de la suerte de indiferencia con las luchas feministas es que las propias izquierdas han contribuido a crear el imaginario machista y patriarcal. El conjunto de ideas, símbolos y representaciones que constituyen las construcciones culturales de los mandatos de género y su traducción práctica que colocó a las mujeres en el rol de las compañeras necesarias para la revolución (pero no para dirigirla ni para decidir sobre sus cuerpos) ha tenido un importante aporte de las izquierdas. Si bien pueden identificarse parte de los discursos feministas en expresiones de líderes de izquierda de América Latina, con facilidad se descascaran y emergen los pensamientos y acciones machistas, como lo muestra Fernández Cordero (2016), en su artículo Izquierdas y feminismos, hitos contemporáneos. Si bien está esbozada, la autocrítica de las izquierdas sobre esta deuda con las mujeres aún no ha sido lo suficientemente extendida como para acabar con sus remanentes y menos para repararla con un compromiso decidido con las luchas feministas.

 

 

Por otra parte, no debe descartarse el persistente cuestionamiento teórico de las izquierdas a los feminismos sustentado en el debate redistribución versus reconocimiento pues hay quien sigue colocando como axioma que con la solución de los problemas de distribución se solucionarán los problemas de género, de exclusiones por causas raciales, étnicas, de orientación sexual e identidad de género. La idea de que con la derrota del capitalismo tendrá vigencia de manera automática una sociedad igualitaria con plenos derechos para las mujeres, las personas afro descendientes y otros colectivos excluidos continúa vigente para varias izquierdas. Este pensamiento asume que la lucha feminista, con la centralidad que otorga a la búsqueda del reconocimiento, es un obstáculo o incluso un método dilatorio para el camino a la redistribución. Fraser (1995) ya había respondido acabadamente a este falso dilema, al colocar la necesidad de pensar las luchas por el reconocimiento y la redistribución en términos de soporte mutuo. En sus palabras, esto implica la tarea de “imaginar cómo debemos conceptualizar el reconocimiento cultural y la igualdad social de manera que cada uno apoye al otro en lugar de devaluarlo. (…) Significa también formular teóricamente las maneras como se entrelazan y apoyan mutuamente en la actualidad las desventajas económicas y el irrespeto cultural (…) Se necesita redistribución, pero también reconocimiento ejes de injusticia que son simultáneamente culturales y socioeconómicos”.

 

La persistencia de la cultura política caudillista, autoritaria, vertical en el propio seno de las izquierdas es otro factor que las aleja de los feminismos, al ser éstos ámbitos en los que se manejan permanentes cuestionamientos a los liderazgos únicos y a las jerarquías. Los feminismos prefieren la horizontalidad y hasta la dispersión de los liderazgos: nadie es dueña de la campaña por el aborto legal, del paro de mujeres, ni del Me Too, y ante los intentos de que alguien se alce como propietaria de la palabra o de las construcciones se producen debates y revueltas que muestran la intolerancia a esos estilos. Estos cuestionamientos y prácticas colisionan con izquierdas que buscan líderes salvadores y caudillos, evidenciando además lo poco que se ha hecho para cambiar los componentes de la cultura política que construyen autoritarismo. Esto provoca que los feminismos hagan de espejos en los cuales las izquierdas tienen dificultad para mirarse.

 

El otro aspecto que inevitablemente debe analizarse cuando se trata de la relación feminismos/izquierdas es el poder: el temor a la pérdida del mismo en el seno de las izquierdas, y la conflictiva relación de los feminismos con el poder. Por un lado, un aspecto duro pero que debe estar presente en el análisis es que cuando se piensa en redistribución la aplicación no puede ser solo para el ámbito económico y social, sino también para el ámbito político y eso significa redistribución de poder. En el seno de las izquierdas, al igual que al interior de los sectores políticos conservadores, la redistribución de poder es vista como “menos lugares” para los hombres y a nadie resulta fácil ceder poder, excepto cuando se tiene la convicción profunda de que acabar con la concentración de poder y volverlo democrático es un imperativo del compromiso con la igualdad. Por otro lado, el análisis de las relaciones sociales de dominación indica que el cuestionamiento de las supuestas verdades constituye un paso indispensable para la transformación de un orden social. Es decir, entender que aquello aceptado como “verdad” en una época y en una sociedad determinada es el resultado de relaciones de poder de grupos humanos que crean o perpetúan un sistema de dogmas, conjunto de valores, códigos morales y comportamientos tolerables, posibilita pensar en la factibilidad de transformaciones sociales. Por tanto, cuando se impulsa la modificación de un orden social existente, se trata en realidad de la disputa del poder. Y así como a las izquierdas les cuesta pensar que ese poder podría ser constructivo tanto para ellas como para los feminismos y que sería justo ejercerlo en igualdad, a los feminismos les sigue resultando difícil colocarse en  el rol de quienes están disputando poder.

 

 

¿Un horizonte de acuerdos y lucha conjunta?

Los feminismos están fuertes hoy en la región, constituyen un movimiento de cambio y tienen la capacidad de contener en su seno debates que sacuden paradigmas. Lo hacen en tiempos y espacios en los cuales los conservadurismos también se mueven con rapidez, se reorganizan, se reconfiguran y ganan espacios en el poder político. Mantener derechos conquistados y avanzar implica que la lucha continua es necesaria, solo así los nuevos conceptos que pueden sostener los cambios podrán inscribirse en las esferas en las que se manifiesta el poder. Foucault hablaba sobre los espacios de micro-poder, y son esos dominios dispersos, diferenciados y a veces ocultos en los que se ejecuta el poder los espacios en los que es necesario incidir para modificar conceptos, verdades y comportamientos que apunten a construir sociedades socialistas, despatriarcalizadas y descolonizadas.

 

Difícilmente la irrupción en todos estos recovecos en los que se manifiesta el poder pueda abarcarse si además la disputa es con quienes debieran estar a la par. En tiempos de consolidación del discurso anti derechos y de la expansión de los fascismos, resulta imperioso identificar los factores de desencuentros y abordarlos. Quizás así exista la posibilidad de que las luchas contra la opresión de género, clase, raza y etnia, de hecho, profundamente imbricadas, se encuentren de forma más permanente y caminen hacia un horizonte que se construya de forma compartida.

 

Referencias

Fernández Cordero, laura 2016 Izquierdas y feminismos, hitos contemporáneos en Nueva Sociedad 261 Buenos Aires: Friedrich Ebert Stiftung En http://nuso.org/articulo/izquierdas-y-feminismos-hitos-contemporaneos/

Foucault, Michel Power/Knowedge Selected Interviews and Other Writings 1972-1977 New York: Pantheon Books, En http://freudians.org/wp-content/uploads/2014/09/Foucault-BodyPower.pdf

Fraser, Nancy 1997 ¿De la redistribución al reconocimiento? En https://newleftreview.org/article/download_pdf?language=es&id=1810

Gramsci, Antonio Antología 1ra edición. 5ta reimpresión. Buenos Aires: Editoria Siglo XXI

 

Mouffe, Chantal 2007 En torno a lo político Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica

 

COMIC
AGENDA FEMINISTA
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Medea, por Ximena Aragone
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