Izquierdas y feminismos. Una reflexión desde El Salvador, entre claros y oscuros

A casi diez años de gobiernos del Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) en El Salvador, se vuelve necesaria una reflexión acerca de las relaciones entre los gobiernos de izquierda y los movimientos feministas de este país centroamericano. Para algunas feministas que celebramos aquella victoria el 15 de marzo del 2009 y al día siguiente acudimos al XI Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe en el centro histórico de la Ciudad de México, aún resuena el debate regional “A 7 años de ′Las Feministas y los partidos de izquierda en el gobierno′”[1], entre escepticismo, lista de agravios, éxitos, y entusiasmo al enlistar nuestras alternativas y retos. Llegado este momento nos preguntarnos: ¿Qué queda de todo aquello?

 

 

Es difícil pensar en la relación entre izquierda y feminismos sin una mirada a los caminos recorridos. El FMLN formó parte de los movimientos de liberación nacional que en América Latina enarbolaron un proyecto que trascendía y cuestionaba el orden socioeconómico injusto y prometía la construcción de una nueva sociedad sobre bases más justas. El sueño de esta transformación social enfrentó una enorme resistencia y represión que cerró posibilidades a cualquier tipo de cambio político sin recurrir al alzamiento armado y a las luchas revolucionarias. Casi doce años de guerra civil dejaron una enorme huella de dolor y heridas que, pese a los Acuerdos de Paz firmados en 1992, aún están pendientes de cerrar, principalmente por los altos niveles de impunidad.

 

Las mujeres que integramos las filas guerrilleras nos sentíamos identificadas en aquel “pueblo” que sería reivindicado cuando los sueños de victoria se hicieran realidad. Pero algunas, las que nos fuimos identificando con los ideales feministas, paulatinamente o de repente, nos dimos cuenta de que no necesariamente estábamos allí, que hacía falta especificar las medidas políticas que no postergaran más los cambios en favor de las libertades, la justicia y la democracia también para nuestras vidas.

 

La lectura del documento que puso fin a la guerra fue la constatación de que nuestras voces e intereses, aunque hubieran estado difusos, sencillamente no estaban presentes, que se hacía necesario construir nuestras organizaciones y movimientos desde la autonomía. Este paso no fue fácil, precisamente por la incomprensiva descalificación de sectores de la izquierda que se convertía en partido político.

 

Cuando el primer presidente de izquierda salvadoreña juró que gobernaría con la Constitución de la República en una mano y con la biblia en la otra, empezamos a advertir que el sueño de un ejercicio gubernamental respetuoso del Estado laico se iba alejando. Las numerosas ocasiones en que hemos sido testigas de violaciones a los principios de respeto a la religiosidad, la espiritualidad y la libertad de creencias individuales, a la separación de los asuntos del Estado con las iglesias y a la no discriminación por parte de funcionarios gubernamentales, han generado tensiones que no siempre se han resuelto a favor de la democracia y la cultura laica.

 

Asumir el gobierno en plena crisis económica y financiera mundial diluyó las posibilidades de cumplimiento de promesas electorales, al mismo tiempo que favoreció la concentración de medidas enfocadas en el alivio de problemas de sectores sociales más desfavorecidos. Pero como señalamos al cumplirse los primeros 100 días de gobierno, “incorporar como parte del rumbo estratégico la igualdad entre mujeres y hombres no es un asunto sólo de presupuesto. Es sobre todo un asunto de visión, voluntad política y de compromiso”[2]. Y ese rumbo, a nueve años de gobiernos de izquierda aún está pendiente, aunque no podemos decir que lo estamos esperando.

 

 

Alcances de las alianzas

Sabíamos que, aunque gobernaban algunos de “los nuestros”, trataban de alejarse de aquellos sectores que representaban demandas “más molestas” o al menos algunas que ponían en cuestión sus nuevas alianzas con sectores empresariales y eclesiales, pactos privilegiados en el afán de la “estabilidad social y el fortalecimiento de la institucionalidad”. Las palabras democracia y participación ciudadana se escuchaban poco en los discursos institucionales.

 

Algunos sectores del feminismo, cargados de cierto pragmatismo para no dejar que nos consumiera la frustración, y reconociéndonos en nuestro aporte a ese cambio de gobierno, nos afirmamos en la idea que estos no eran monolíticos, –eso ya lo habíamos aprendido con la derecha– y que había funcionarias y funcionarios con los que podíamos establecer otra calidad de interlocución. Así lo hicimos con las ministras de Salud, en especial con la doctora María Isabel Rodríguez[3] quien siempre reconoció el aporte de las organizaciones de mujeres y feministas a la conquista de derechos y a la construcción del nuevo Hospital Nacional de la Mujer que ahora lleva su nombre, después que en el gobierno de derecha anterior habían “desaparecido” los fondos para construirlo.  

 

Paradójico pero similar resultado tuvimos con las diferentes direcciones de la Policía Nacional Civil, adonde acudimos y convencimos de la necesidad de institucionalizar una política de género y la creación de servicios especializados para la atención a mujeres, niñas y adolescentes que enfrentaban situaciones de violencia. En este ámbito, el gobierno también avanzó en el apoyo a la aprobación de la ley integral especial contra la violencia hacia las mujeres, y en la creación de otros servicios como Ciudad Mujer.

 

No podemos negar que en algunos casos las feministas hemos logrado interlocución al más alto nivel de las instituciones; aunque no siempre han respondido favorablemente, sí han escuchado nuestras demandas y propuestas, no sólo para las mujeres, sino para el beneficio de amplios sectores de la población. Sin embargo, ningún espacio nos ha sido regalado, cada derecho, cada medida ha sido conquistada.

 

Los puntos más críticos han estado relacionados con las demandas feministas vinculadas a los derechos sexuales y reproductivos, donde las alianzas gubernamentales con poderes eclesiales han puesto en evidencia el déficit de su compromiso con la libertad y la vida de las mujeres. Baste recordar como el ex presidente Mauricio Funes destituyó a la directora del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer (ISDEMU) por los compromisos que había asumido con el Consenso de Brasilia[4], increpándole su adhesión a una declaración que reconocía la necesidad de promover cambios a favor de la despenalización del aborto. En este campo, los gobiernos de izquierda han sido sordos a los llamados específicos de diferentes instancias internacionales, pese a que les hemos recordado que tienen obligación de cumplir con sus compromisos y que también gobiernan para las mujeres[5].

 

 

La participación de feministas en los gobiernos de izquierda

El cambio en el ISDEMU trajo consigo un quiebre y una división entre las organizaciones feministas. Para quienes apoyaron la medida se abrieron los espacios directivos y otras instancias participación. Para las más críticas, en cambio, llegó el cierre de posibilidades para participar y se instaló una interlocución bajo sospecha que llega hasta nuestros días.

 

La dispersión y falta de unidad en el movimiento se profundizó por el fenómeno de la cooptación de líderes feministas que de manera individual decidieron probar suerte en las instituciones. Es justo reconocer que como movimiento feminista no nos planteamos una negociación con el gobierno o su partido para una inserción colectiva de feministas. Esto ha significado que cada una que decidió incursionar en instancias gubernamentales lo hizo por su cuenta y a riesgo personal, lo cual debilitó no sólo a las organizaciones sino también a quienes sentían que desde el gobierno no podían identificarse con algunas de las demandas del movimiento, sobre todo aquellas más incomodas y transgresoras, la despenalización del aborto en primer lugar, que apenas puede mencionarse en algunas oficinas gubernamentales.

 

Cabe destacar que el feminista no es el único movimiento debilitado en el ejercicio de exigencia hacia las instancias de gobierno. Otros movimientos sociales también enfrentan situaciones parecidas por razones similares y por otras, derivadas de la imposición de medidas neoliberales que despojan a la gente de sentidos de derechos.

 

 

Punto de quiebre

El Salvador hoy es una sociedad más desigual, aunque el índice de Gini indique lo contrario; los factores de la desigualdad no siempre pasan por estos indicadores[6]. La agudización de desequilibrios territoriales, la profundización de la violencia social, y la falta de oportunidades laborales y de desarrollo personal afectan de manera particular a la población joven de sectores empobrecidos, en especial a las mujeres adolescentes y jóvenes.

 

Si bien las organizaciones feministas hemos logrado que se reconozca el embarazo en niñas y adolescentes como un problema social, con apoyo de la intervención de instancias como el Fondo de Población de Naciones Unidas, en el gobierno no se reconoce como emergencia nacional el incremento de embarazos en niñas de hasta nueve años. La maternidad libremente elegida es un derecho que hoy, las salvadoreñas no pueden desear.

 

Finalmente, un punto significativo de quiebre para algunos sectores del feminismo es la posición del gobierno del FMLN en apoyo a Daniel Ortega y a su gobierno, la tolerancia a la represión y a la violación de derechos humanos en la actual crisis del pueblo y la agresión a las organizaciones feministas nicaragüenses. Por ello, a las puertas de una nueva elección, vale la pena volverse a preguntar dónde quedó el entusiasmo.

 

 

 

[1] Relatoría de taller auto convocado y realizado en el marco del XI EFLAC. Véase en: http://www.mujeresdelsur-afm.org.uy/content/7-a%C3%B1os-de-las-feministas-y-los-partidos-de-izquierda-en-el-gobierno

[2] Herrera, Morena. Ponencia Reflexiones desde una perspectiva feminista. XXIII Foro de la realidad socio-política “Segundo Montes”: 100 días de gobierno: la agenda pendiente, 9 de septiembre 2009, Auditorio ICAS, UCA.

[3] Ministra de Salud entre 2009 y 2014, durante el gobierno presidido por Mauricio Funes.

[4] Julia Evelyn Martínez, fue directora del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer (ISDEMU) entre junio 2009 y agosto 2010, cuando fue destituida y desautorizada, públicamente por haber suscrito la declaración del Consenso de Brasilia, reunión regional de la CEPAL, en aspectos referidos al aborto.

[5] Herrera, Morena. Contrapunto. Presidente Funes, no se olvide que también gobierna para las mujeres, publicado el 25 de agosto de 2010.

[6] De acuerdo a los datos el índice de Gini para 2009 era de 45,80 y para 2016 de 40,00.

COMIC
AGENDA FEMINISTA
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Medea, por Ximena Aragone
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