Una izquierda feminista y popular (y viceversa) en Perú

Corren tiempos de renovado protagonismo en la larga lucha de las mujeres por lograr el pleno ejercicio de sus derechos. El proceso no es nuevo: en una sociedad controlada por hombres blancos, letrados y adinerados, ha sido y es una constante, inacabada y abierta. El derecho a la educación, a elegir y ser elegidas, a participar en política sin ser relegadas o acosadas, a llevar una vida libre de violencia, entre tantos otros, no fueron conseguidos de la noche a la mañana. Ha costado organización, movilización y la férrea voluntad de millones de mujeres, militantes, activistas y ciudadanas en general que, desde organizaciones sociales, políticas, sindicales, y también en su cotidianidad, se rebelaron contra la tradicional estructura patriarcal… y lo siguen haciendo.

 

En Perú, la lucha de las mujeres se encuentra profundamente enlazada a la dinámica de los movimientos populares y ciudadanos que irrumpieron las primeras décadas del siglo XX, reclamando por una mayor democratización de la tradicional sociedad peruana. Justamente, el feminismo entendido como un movimiento social y una corriente crítica de acción y pensamiento a favor de la emancipación y autonomía de las mujeres, fue parte constitutiva de estos movimientos, encontrándose en esta apuesta transformadora con los partidos de izquierda cuyas propuestas contenían discursos y plataformas a favor de mayor justicia e igualdad.

 

 

 

No obstante, si bien se avanzó en importantes conquistas y se abrieron espacios decisivos para el protagonismo de las mujeres, los partidos de izquierdas, por lo general, reprodujeron estructuras y lógicas machistas, manteniendo una dirección eminentemente masculina y sobreponiendo una visión ideológica clasista, que prioriza la lucha de clases ante cualquier otra, de modo que el feminismo era considerado una agenda subsidiaria, a atender una vez que la contradicción principal fuera resuelta.

 

Sería largo explicar acabadamente, en estas pocas palabras, la compleja relación entre feminismo e izquierda sostenida en las distintas dimensiones de la vida política y social del siglo XX, sus tensiones, distancias y cercanías. Sí vale destacar la construcción de un denso tejido organizativo sostenido por mujeres que multiplicaron iniciativas para garantizar la reproducción de la vida en las zonas urbano-populares a través de comedores populares y comités del Vaso de Leche, que activaron colectivos feministas de estudiantes e intelectuales o impulsaron organizaciones de mujeres campesinas. Logró configurarse así un movimiento feminista popular muy potente con capacidad de interpelar al Estado, con líderes como María Elena Moyano, que encontraba su clara representación política en la izquierda de la época.

 

Desde mediados de los noventa, el conflicto armado interno, la crisis de los partidos de izquierda y la implementación del modelo neoliberal por parte del fujimorismo, erosionaron el tejido social construido. Se impuso así una lógica clientelar impulsada desde el Estado fujimorista, que minó decisivamente el vínculo entre izquierda y feminismo. En adelante, se impuso la cooptación de las organizaciones populares de mujeres vía programas asistencialistas, así como un repliegue del feminismo más politizado al trabajo desde las ONG impulsando proyectos de desarrollo en los marcos de la cooperación internacional. Tanto la izquierda como el feminismo se distanciaron de los sectores más empobrecidos, incapaces de conectar con las dinámicas de un mundo popular que sufría profundas transformaciones signadas por la arremetida neoliberal y su discurso emprendedurista que precariza de la vida de las mujeres, exacerbando la cosificación y la violencia.

 

 

 

En este difícil escenario irrumpen hoy nuevas generaciones de mujeres que cuestionan abiertamente el orden patriarcal y denuncian la dominación ya no sólo desde las condiciones materiales, sino también desde las diversas violencias que se despliegan sobre ellas limitando su autonomía y normalizando situaciones de subordinación. Siguiendo a Rita Segato, se trata de distintas violencias que las fuerzas patriarcales imponen para el disciplinamiento, y que sostiene pedagógicamente el engranaje de dominación de toda la sociedad y de las mujeres en particular. La izquierda, como proyecto alternativo a este neoliberalismo violento y patriarcal, debe enfrentar este sistema de dominación tomando al feminismo como parte constituyente y constitutiva, identificando en la reivindicación de las mujeres un motor para la construcción de una sociedad más justa y emancipada.

 

En esa línea, los movimientos y colectivos de mujeres, y sobre todo los auto identificados como feministas, tienen el desafío de conectar con las demandas de las mujeres de los sectores empobrecidos por el neoliberalismo, que seguro votaron al fujimorismo, y que muchas desprecian por “recibir sus tappers” o defender “Con mis hijos no te metas”. La desconexión entre izquierda, feminismo y sectores populares persiste y es urgente revertirla generando dinámicas y empatías entre feministas, mujeres trabajadoras endeudadas y sobrepasadas por la doble o triple jornada, estudiantes que denuncian el machismo y acoso naturalizado, niñas y jóvenes que enfrentan violencia sexual y se les niega el derecho a abortar y decidir sobre sus cuerpos… en general todas quienes vivimos la dura realidad de ser mujer en el Perú neoliberal de nuestros días.

 

En este tiempo en que el régimen corrupto sostenido en la Constitución de 1993 muestra su decadencia y arrastra a todos los partidos que lo defendieron, quienes aspiramos a un país sin privilegios, más justo y emancipado, tenemos la oportunidad de (re) construir una propuesta de poder y gobierno feminista y popular, desde abajo para todos y todas.

COMIC
AGENDA FEMINISTA
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Medea, por Ximena Aragone
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