Privilegios de la blanquitud

Schuma Schumaher

Para Maria Aparecida Bento (2002) hay un silencio sobre el lugar que los blancos ocupan en las relaciones sociales en América Latina*. Su papel en las desigualdades no es reflejado ni problematizado. El foco del debate han sido los negros y en el caso del feminismo, las mujeres negras. Aparecida Bento identifica “un pacto, un acuerdo tácito entre los blancos de no reconocerse como parte absolutamente esencial de la permanencia de las desigualdades raciales en Brasil”. En general, atribuimos a la esclavitud la situación actual de la población negra. En mayo de 2017, durante el evento “Feminismo, Racismo, Blanquitud: opresión y privilegios” en Río de Janeiro presenté o texto “Blanquitud” cuyos fragmentos centrales se reproducen a continuación.

 

Confieso que pasé dos semanas pensando sobre mi lugar en este mundo heteronormativo, patriarcal y racista. Pensando en qué momento me descubrí blanca y, por lo tanto, independientemente de la clase social, portadora de privilegios sedimentados por una sociedad colonialista y forjada en la superioridad racial blanca.

Una película pasó por mi cabeza sin cesar durante varios días. Me acordé de mis compañeras negras que, de una manera desafiante, enfrentaban cotidianamente el “descompromiso” del feminismo con el tema racial. Cuántas veces, insistentemente, ellas nos recuerdan que la tan nombrada hermandad, sororidad y búsqueda por la igualdad –que colocan a las mujeres en el mismo barco– no es inclusiva, pues entre nosotras mismas la desigualdad de raza, de clase y de orientación sexual (estructurante de las relaciones sociales) es latente y continúa siendo un desafío que debe ser superado.

 

Provengo del feminismo de la década de los 70. Esa época, desde el punto de vista de la acción concreta, el llamado movimiento feminista brasileño, estuvo marcado por la lucha en favor de la redemocratización, la búsqueda de los derechos de ciudadanía e igualdad. A pesar de que las organizaciones feministas contaran con aliados en algunas esferas, en su conjunto, el movimiento abrigaba mujeres de tendencias políticas diferentes que buscaban una total autonomía con relación a los partidos. Los diferentes grupos defendían prioritariamente la ampliación de la ciudadanía y el derecho a la sexualidad, y aspiraban reafirmar la identidad de las mujeres, diferenciándolas de las visiones que pretendían sobreponer las luchas generales de la sociedad a la especificidad de la condición femenina.

Vengo de ese feminismo. Un feminismo que no se consideraba excluyente, que incorporaba muy tímidamente (ya fuese en el discurso o en la práctica) el enfrentamiento al racismo. La tensión y los conflictos no fueron pocos. Pero valió la pena. Fueron las mujeres negras, las feministas negras que ennegrecieron (como lo explica Sueli Carneiro) el pensamiento y la acción de lo que llamamos hoy de movimiento feminista brasileiro.

Y yo, blanca en el color y en el nombre, fui quedando atenta, más sensible, despertando para una conciencia crítica e incómoda con la tragedia del racismo. Pero la incomodidad no era suficiente para librarme del privilegio de ser blanca. ¿Cómo desnaturalizar lo que parecía natural desde que me entendía como persona? ¿Cómo concientizarme de que muchas veces yo misma me beneficiaba del racismo? ¿Cómo tener conciencia crítica de esa violencia? ¿Cómo ser solidaria con el dolor de otro/a? ¿Cómo determinar el dolor que no sentimos? ¿Cómo describir, intensificar, medir, aquello que el otro o la otra siente?

 

 

Sumergida en la inquietud, fui a leer, a oír con más atención, a acercarme a la lucha de las mujeres negras y a convivir más con ellas. Mi primer sentimiento es que yo no quería ser racista. Ninguna de las veces, en ningún momento, ¡nunca! Y así comienza otra etapa de mi vida. En mi lucha dentro del feminismo incorporo definitivamente el enfrentamiento contra el racismo, aunque de manera sesgada, pues no tenía la dimensión del sistema de valores y comportamientos que la blanquitud comprende y disemina. En ese sistema racista puedo no ser el verdugo, pero jamás seré el objetivo.

Hasta hoy estoy buscando un lugar menos incómodo para lidiar con la blanquitud. En una posición de privilegio es difícil saber ciertamente o entender si hay cambios en la opresión. O en qué medida hubo mejoras para la población negra en el acceso a la ciudadanía. Es común oír de un privilegiado “¡ah, pero las cosas están mejorando!”. ¿Con qué propiedad yo, blanca, puedo afirmar eso?

Al adoptar la determinación académica de blanquitud (en el sentido de vivencia de los beneficios y privilegios proporcionada a una población tenida como blanca), debemos tener en cuenta que puede ser aceptada de forma silenciosa, a veces enaltecida y otras, reforzada. En ese sentido destaco las observaciones de Liv Sovik (2009): “En el debate sobre el racismo brasileño se reitera que la diferencia racial no tiene fundamento biológico. Pero la existencia de este fundamento fantasioso está tan presente en la sociedad que su falta de fundamento científico acaba siendo irrelevante”. De acuerdo con Lia Vainer Shucman (2012) también “la blanquitud es una construcción socio histórica producida por la idea mentirosa de la superioridad racial blanca”.

 

Otra observación sobre el tema viene de la activista y estudiosa negra Maria Aparecida Silva Bento (2002): “Al discutir sobre racismo, las personas blancas consideradas progresistas y críticas del racismo, en general, abordan el tema como una opresión que ‘existe en la sociedad’, y no como algo que las involucre directamente o que involucre la institución de la que hacen parte”. Y completa: “los impactos del racismo se manifiestan de modo diferente en la vida de los negros y de los blancos, no siendo común la tendencia a huir u olvidar la condición de discriminado y el de discriminador”.

Hace casi un siglo, Du Bois (primer afroamericano que recibió un título de doctor en Harvard) fue el que antevió la palabra blanquitud. En 1935, en el libro “Black Reconstrution in the United States”, Du Bois demuestra cómo la clase trabajadora blanca acepta el racismo para valerse de los beneficios. Para él, “dicha aceptación no solo genera beneficios, se compadece (del racismo) y se convierte en cómplice de (su) acción”Ya la norteamericana Ruth Frankenburg trabaja con el concepto de blanquitud como siendo “un lugar estructural desde donde el sujeto blanco ve a los demás y a sí mismo; una posición de poder no nombrada, vivenciada en una geografía social de raza como un lugar confortable y del cual se puede atribuir al otro aquello que no se atribuye a sí mismo”.

 

Por lo tanto, hablar de forma analítica de una posición de comodidad debería, por definición, abarcar la conciencia de mis limitaciones o el de cualquier interlocutor blanco. No por el reconocimiento de lo inaceptable, sino para no ser el objeto en el que el racismo prioritariamente reincide. Es decir, a lo sumo podemos hablar en términos de experiencia de blanquitud crítica (aparente no aceptación de los privilegios), desde las impresiones, no desde el dolor provocado por el racismo. Aquí reside la complejidad del tema.

Siendo la blanquitud una zona de confort, un lugar constante de privilegio social, material o simbólico que restringe el acceso del otro, debemos tener siempre mucho cuidado para no caer en la tentativa de una exención de culpabilidad de quien goza de los beneficios. En ese contexto, la blanquitud crítica debe ser reconocimiento y objeción al privilegio, pero también de la ilegitimidad/incapacidad representativa y de apropiación. ¡Solo la crítica no nos tira del lugar en que la sociedad eurocéntrica nos colocó! Dentro de ese contexto secular de segregaciones, el esfuerzo de cambio pasa por la adhesión social. Y, en ese sentido, el feminismo que se propone la interseccionalidad tiene el deber de abrazar la lucha antirracista y denunciar la cultura mentirosa de la cordialidad que limita a la ciudadanía negra y mantiene la desigualdad.

 

* Este texto fue presentado para los Debates Virtuales de la AFM, en junio de 2018.

 

 Pinturas: Tarsila do Amaral y Cândido Portinari.

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