Mujeres en lucha, mujeres en peligro

Fátima E. Rodríguez

María Máxima Segovia sabe que las balas que mataron a su prima María Esther “Mami” Riveros eran para ella. Lo sabe porque los sicarios preguntaron por su nombre. Dos balas en las costillas y otra en el corazón anunciaron en marzo “el primer asesinato de una mujer en la lucha por la tierra” en Paraguay.

Las mujeres construyen un rancho en medio del sojal y avanzan con pequeños cultivos hasta que vienen los tractores, destruyen el rancho y plantan de vuelta la soja. Cuando se van los tractores, ellas vuelven a levantar las casitas. / As mulheres constroem um rancho no meio do cultivo de soja e avançam com pequenos cultivos até que vêm os tratores, destroem o rancho e plantam de volta a soja. Quando os tratores vão embora, elas voltam a levantar os barracos. Foto: Jessi Insfrán

 

María Máxima y Mami fueron inseparables desde la niñez. La muerte de su prima, integrante de la comisión Mujer Paraguay San Juan Poty, fue un mensaje claro para María Máxima: la lucha por esas tierras debía cesar. Pero ella no se deja vencer por el miedo. Veintisiete familias –la mayoría encabezada por mujeres– la apoyan, la guardan y la aguardan en las tierras tomadas en la zona de Puente Kyjhá, departamento de Canindeyú, ubicado a unas seis horas al noreste de la capital paraguaya, en la frontera con Brasil.

Desde su escondite, María Máxima busca vincularse con organizaciones de derechos humanos y de mujeres. Y cuando se siente segura, se reúne con sus compañeras de la comunidad y viaja a Asunción para gestionar los papeles de esas tierras que han costado la vida de su prima. Las demás pelean en el territorio. Ellas construyen un rancho en medio del sojal y avanzan con pequeños cultivos hasta que vienen los tractores, destruyen el rancho y plantan de vuelta la soja. Cuando se van los tractores, ellas vuelven a levantar las casitas.

 

—Esta lucha es de muchas mujeres: Gloria, Mirian, Ña Lula, Mirna, Mabel, Ña Benita, Ña Celestina, Lilian, Sany, Loli y yo. Íbamos y veníamos a Asunción desde 2012 para gestionar los papeles, revisar los archivos, buscar los documentos. Entre 2014 y 2015 logramos que nos reconozcan como comisión y en la madrugada de verano del 27 de febrero de 2016, un montón de hombres brasileños –lo sabemos porque hablaban en portugués– llegaron encapuchados al campamento e intentaron violar a mis compañeras y quemar las carpas, pero no pudieron con nosotras– cuenta María Máxima.

Cuando asesinaron a María Esther “Mami” Riveros, en la prensa apareció la foto de su cédula con el apellido de su ex marido, pero a María Máxima le gusta recordarla con sus fotos haciendo locuras alegres, como la de su perfil de Facebook. / Quando assassinaram María Esther “Mami” Riveros, na imprensa, apareceu a foto de sua cédula de identidade com o sobrenome de seu ex-marido, mas María Máxima gosta de se lembrar dela com suas fotos fazendo loucuras alegres, como a do seu perfil do Facebook.

 

Después de aquel episodio, las mujeres se volvieron más fuertes. Reforzaron la seguridad e hicieron presión en todos lados. Lograron que algunos parlamentarios las escucharan en Asunción. Decidieron avanzar en la ocupación de manera más formal y dividirla en diez hectáreas para cada familia. Los brasileños –Walter Antonio De Souza había logrado inscribir que ocupaba las tierras pero en los documentos de “situación” de hecho figuraba Jean Carlos Dalazein además de otras personas de nacionalidad paraguaya– consiguieron una orden de desalojo que se llevó a cabo el 17 de agosto de 2016. Las mujeres volvieron a tomar las tierras días después y consiguieron documentos que mostraban que los títulos usados para el desalojo eran falsos. Un año después lograron que el Instituto Nacional de Desarrollo Rural y de la Tierra (INDERT) les adjudicara ocho lotes de diez hectáreas cada uno y la promesa de que el resto se iría legalizando posteriormente. Hasta ahora, es promesa no cumplida.

 

—El miedo es grande. Tuve que entregar a mis hijos más pequeños a su padre porque más que por mí, temo por ellos. Vivimos separados por primera vez. Ahora estoy viviendo en varios lugares, en movimiento, no paso más de dos semanas en un lugar, por mi seguridad, por vivir.

 

María Máxima es madre de seis. Se sabe “mbarete” (fuerte en guaraní) y decidida. Con Mami hacían la dupla perfecta en la lucha, porque ella era bromista, alegre, de risas fuertes, de vestirse como quería, de hacer reír a todos. “Extraño mucho a mi prima”, dice. Han pasado meses y la justicia paraguaya no ha encontrado rastro alguno del asesino. María recuerda cada minuto de ese día:

María Máxima Segovia no dura dos semanas en un lugar. Se mueve por su vida y por la lucha de sus compañeras por un pedazo de tierra. / María Máxima Segovia não passa duas semanas em um lugar. Movimenta-se por sua vida e pela luta de suas companheiras por um pedaço de terra. Foto: Jessi Insfrán

 

—Vivíamos cerca. Su casa estaba a menos de mil metros de la mía. Ella tenía un vehículo y yo una moto. Íbamos y veníamos todos los días. Ese sábado, como otras veces, me levanté temprano y fui a tomar mate en su casa, nos reímos, conversamos y cuando terminamos nuestro ka´ay (mate caliente) volví a mi casa. A la media mañana, Mami me llamó de vuelta para tomar tereré (mate frío), pero yo no quería ir. Así que fui a llevarle la yerba y volví. Al rato ella vino para lavar su ropa. Estuvimos juntas toda la mañana. Después del mediodía salí hacia la capital departamental para ir a una reunión con unos senadores que venían de Asunción y ella quedó con mis hijos en mi casa. Mis hijos se encerraron a dormir la siesta y ella fue. Aproximadamente a las 14.00 recibo la llamada de un vecino que me dice que unos extraños en moto rondaban mi casa y pido a un joven vecino, que vaya a dar aviso a mis hijos de que no salgan. Este muchacho fue entonces a mi casa y luego fue a avisar a Mami. Se sentaron a tomar tereré y al rato llegan dos encapuchados en moto y le preguntan si ella es “Ña María”, ella responde que no e intenta correr. Disparan al muchacho y a Mami. Al muchacho no le acertaron, pero Mami quedó tendida en el piso. El muchacho la auxilió pero no llegaron al hospital.

 

Mami tenía 56 años y María Máxima la recuerda como la persona que animó a todas las mujeres a organizarse. Vendía sillones de cable que sus hijos hacían en San Lorenzo, cerca de la capital de Asunción, pero tenía el sueño de la tierra propia, con animales y la vida tranquila de campo. Por eso se unió a las mujeres. María Máxima, más que nunca, está convencida de que, pese a la muerte de su prima, no dará “ni medio paso atrás”.

 

—Nosotras nacimos en esta zona, aquí vivimos nuestra niñez. Nuestros padres fueron saliendo de la zona y nosotras, ya de grandes, decidimos regresar a “guerrear” para conseguir nuestras tierras. Fuimos a enterrar a Mami en Minga Porâ (Alto Paraná), dónde aún viven mis padres, pero aquí le hicimos su cruz donde cayó.

 

Días antes del asesinato de Mami, María Máxima dio una entrevista a un informativo nacional denunciando que recibía constantes amenazas y también que reconoció la voz la de Adelina Blanco, la suegra del intendente de la ciudad de Puente Kyjhá, Néstor Ariel Araújo. María Máxima sabe que estas personas son poderosas porque pertenecen al partido de gobierno, pero también que su lucha es de muchas.

Mujeres de la organización “Mujer Paraguay San Juan Poty” duermen en una oficina pública esperando documentos del Instituto Nacional de Desarrollo Rural y la Tierra (INDERT). / Mulheres da organização “Mulher Paraguai San Juan Poty” dormem em uma repartição pública esperando documentos do Instituto Nacional de Desenvolvimento Rural e da Terra (INDERT).

 

Las distractoras, las invisibles

“Las luchas de las mujeres campesinas en Paraguay no se cuentan como se cuentan las de los hombres”, suele decir Maguiorina “Magui” Balbuena, una campesina que ha luchado desde la época de la dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989).

La Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay (Codehupy) en su informe de 1989-2013 releva que fueron ejecutados 115 campesinos luchadores por el derecho a la tierra. Los datos actualizados de Base IS (Investigaciones Sociales) y el Centro de Documentación y Estudios (CDE), dos organizaciones que realizan seguimientos a temas campesinos, señalan que María Esther “Mami” Riveros es la víctima número 122 en la lista de ejecutados durante la democracia. Los casos de judicialización de mujeres por su lucha por la tierra todavía requieren mejor sistematización.

En la causa de la Masacre de Marina Kué en Curuguaty tres mujeres campesinas fueron condenadas a seis años de prisión cada una. La justicia paraguaya adujo que ellas actuaron como “objetos distractores que buscan crear un clima de confianza” para posibilitar la masacre porque estaban en el lugar de la masacre con sus hijos. Las organizaciones feministas se manifestaron contra esta condena.

El relato de la lucha de las mujeres no aparece demasiado en los medios de comunicación y la historia de María Máxima Segovia no es la excepción. “No existe forma de saber cuántas mujeres fueron procesadas y judicializadas por haber luchado por la tierra o por haber liderado ocupaciones. Pero las historias se van recuperando desde los espacios feministas”, dice Magui Balbuena, quien también había sido imputada por cerrar la ruta pidiendo que se esclarezca el Caso Curuguaty. En Marina Kué participaron una docena de mujeres de la ocupación, según una sobreviviente. María Dominga Mora, una de ellas, murió unos años después de tristeza y de cáncer. Una comisión vecinal lleva su nombre porque fue “la primera mujer en la ocupación de Marina Kué”. Su historia aún no es tan conocida. María Máxima Segovia dice que quiere vencer y vivir.

María Máxima Segovia. Foto: Jessi Insfrán

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