Irreverentes y autónomas

Lo que sigue es el prólogo del libro “Apuntes para la memoria feminista. Uruguay 1983-1995”, que publicará Cotidiano Mujer, organización integrante de la Articulación Feminista Marcosur.

 

Ahora que todo es tan rápido que existe un segundo y desaparece; que se atiborran de información tanto el amor como el odio pero byte a byte se olvidan; ahora que se vive tanto el presente que el futuro no tiene tiempo ni de soñarse ¿por qué Cotidiano Mujer publica un libro sobre cómo era ser feminista en el Uruguay de los años 80, en el de los últimos 30 años? Para no perderse. Para no confundir lo intrínseco con lo anecdótico, que también vale. Para dejar constancia de que los derechos conquistados no cayeron del cielo, no son “servicios estatales”. Son derechos.

“Venimos de un feminismo nacido de la resistencia al terrorismo de Estado, al autoritarismo y a la vejación del cuerpo en la tortura y la cárcel. Un feminismo que tenía escasos conocimientos teóricos pero mucha rebeldía antiautoritaria y que asumió la escritura de un texto con borrones, con tachaduras, con diferentes letras, con subrayados contradictorios, pero irreverente y autónomo”, dice Lilián Celiberti.  

Ahora que el 8 de Marzo casi no necesita explicarse y que en la mayoría de las escuelas y liceos del país se habla de los derechos de las mujeres, sepamos que hasta no hace mucho había quien preguntaba “¿Y por qué los hombres no tienen un Día?”. Ahora que las estudiantes chilenas ocupan las universidades y las argentinas tiñen de verde el país. Ahora que en Uruguay hay matrimonio igualitario, aborto legal y cambio de género. Ahora cuando miles y miles de mujeres inundan las calles de toda la región gritando que “América Latina va a ser toda feminista”, recordemos cuánto costaba llenar una calle con  nuestras consignas, cuán pocas eran las que se atrevían a proclamarse feministas o a participar de las primeras marchas del orgullo gay. Pero hagámoslo festejando las multitudes del hoy, la fuerza desplegada, la inteligencia irreverente de las nuevas generaciones y la diversidad del movimiento feminista.

En esos años, soñábamos con que alguna vez se diera el “cambio cultural”.

No nos fijábamos mucho en cuántos feminismos había y nos llamaba la atención que en Europa discutieran tan encarnizadamente sobre si el feminismo “de la igualdad” o el “de la diferencia”. En Uruguay como en varios países de la región, aunque el debate se centrara en discrepancias doctrinarias, las fuimos olvidando mientras participábamos del fin de las dictaduras y de la reconstrucción de democracias que, otra vez, y hasta tanto el cambio cultural no llegara, dejaban afuera a las mujeres.

Tal vez por eso, nuestras estrategias se dedicaban a “hacer visible lo invisible”: a llevar al debate público la violencia doméstica de la que nadie reconocía su existencia y mucho menos la necesidad de votar una ley en su contra; a denunciar el acoso callejero, el abuso sexual y la violación en el matrimonio. A cuestionar al prostituyente pero no a las trabajadoras sexuales. A demandar que de la Universidad egresaran más mujeres. A que se reconociera que si había igualdad ante la ley debíamos tener derecho a cobrar el mismo salario por realizar las mismas tareas y, ya que estábamos, a acceder a todos los puestos de trabajo a los que accedieran los varones.

Hasta hace pocos años, todo eso era invisible. Tan invisible como el cambio cultural que seguía sin llegar. Invisible como las tareas de la casa que ningún hombre asumía, invisible como los derechos de las trabajadoras rurales y las trabajadoras domésticas o la doble discriminación de las mujeres negras. Como la participación política y la representación en los espacios de poder. Tan invisible como el derecho a decidir sobre nuestro cuerpo y exigirle al Estado que legalice el aborto.

¿Eso era una práctica hegemónica occidental? Todo ese feminismo estaba desestabilizando, como se dice ahora, al “sujeto abstracto masculino” pero no creo que lo hiciéramos “reproduciendo las cegueras coloniales”. Si el conocimiento es situado, lo hicimos como podíamos en ese momento histórico y esas luchas ayudaron a abrir el espacio para que emergieran más sujetos políticos, más demandas, más feminismo.

O sea que finalmente el famoso cambio cultural llegó y está aquí, a la vuelta de la esquina. Por eso los reaccionarios, reaccionan. Están en la fuerza imparable de tanta gente, mujeres y hombres en las calles acompañando a todas esas muchachas que cantan lo que cualquier fundamentalista sabe: que “el patriarcado se va a caer, se va a caer”.

Que se caiga.

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Medea, por Ximena Aragone