Con la economista feminista Mercedes D’Alessandro: «Las mujeres no están participando del diseño del futuro»

¿Cuáles son los cambios pautados por el avance de la tecnología y la automatización de los procesos productivos? ¿Qué formación necesitan hoy los adultos del mañana para su inserción en el mercado laboral? Y la del millón: ¿Qué impacto tendrán la automatización y robotización en el reemplazo de trabajadores? Las preguntas sobre «el futuro del trabajo» son muchas. Especialistas, gobiernos y entidades de envergadura como la OIT o el Banco Mundial buscan respuestas (a propósito véase también el análisis de Alma Espino). Mercedes D’Alessandro, doctora en Economía y autora del libro Economía feminista. Cómo construir una sociedad igualitaria (sin perder el glamour), entiende que es imprescindible discutir primero qué es trabajo. Además, advierte que las mujeres no están siendo un componente importante de estas discusiones, ni como objeto ni como sujeto de conocimiento.

—¿Cuál es tu evaluación del estado de discusión actual?

—En todas las conferencias internacionales, en el Fondo Monetario Internacional, en Naciones Unidas, en el Banco Mundial, en el G20 hay algún panel sobre el futuro del empleo. Se habla de la robotización, del reemplazo de los trabajadores, se está comenzando a hablar de cómo paliar esto. Incluso, una de las discusiones centrales es la del ingreso universal. Pero no se cuestiona ni se debate el concepto de trabajo en sí mismo. Está de moda de hablar de los millennials, uno se imagina una persona más o menos de clase media, cool, chequeando el celular, viendo Instagram. En Argentina, los jóvenes tienen las tasas de desempleo más altas de toda la región. Si mirás una generación después, encontrás que el 48% de los niños menores de 14 años viven bajo la línea de pobreza. Entre los denominados «ni-ni» (ni trabajan ni estudian), el 67% son mujeres que además son madres. No es que no trabajen ni estudien, sino que están cuidando de sus hijos y por esa razón no pueden trabajar de forma remunerada o estudiar. Es decir, se habla mucho del futuro del empleo pero no del presente que lo condiciona. Se descuida una discusión central: de qué manera están preparados los trabajadores hoy para ingresar a ese mundo. En Europa, en países como España, Grecia, Portugal, Italia, también encontrás niveles de desocupación juvenil altísimos. La discusión sobre el futuro del empleo está puesta sobre la parte más fetichizada de la tecnología y no en cómo hacemos para generar capacidades, desarrollo. Y, además, se piensa en que los trabajos del futuro sean creativos, interesantes, pero las reformas laborales que se están haciendo ahora para «mejorar» los números del desempleo son a costa de empeorar condiciones laborales, como la que hizo Temer en Brasil, Macron en Francia o la que quieren aprobar en Argentina. Son reformas que van hacia el pasado más que hacia el futuro, no se investigan los problemas actuales del empleo y, por lo tanto, no hay herramientas para incidir en este futuro que aventuran, que aparece más como una cosa apocalíptica, de película de ciencia ficción en las que las máquinas nos van a dominar.

Las mujeres son el soldado raso del ejército de la solidaridad: sin sueldo, sin rango y sin ascensos.

—En esta discusión que planteas como necesaria sobre qué es trabajo, un tema clave es el trabajo no remunerado, que recae principalmente en las mujeres.

—Exacto. Es otro tema que no se discute. Cuando se habla del trabajo sólo se habla de trabajo remunerado, las mujeres no entran nunca. Hanna Rosin y Heather Boushey muestran que los trabajos que no son tan fáciles de automatizar son las que requieren habilidades emocionales o contacto físico. Hay un ejemplo que se usa mucho, el de los robots de Japón, blancos, muy lindos, que hacen de todo. Pusieron esos robotitos de recepcionistas. ¿Qué pasó? Recibían a la gente que estaba con algún problema de salud o recién había tenido un accidente, y no funcionó. Porque cuando llegás a un hospital necesitás que te miren a los ojos y que te digan que todo va a estar bien.

Las habilidades «blandas» son difíciles de reemplazar con tecnología.

—Falta la dimensión humana, y hoy eso lo dan mayoritariamente las mujeres, aunque no necesariamente tenga que ser así.

—Sí, no es que buscás mujeres para que lo hagan, pero hoy estadísticamente es así. Vas a cualquier país y el porcentaje de enfermeras es mucho mayor que de enfermeros. Con base en esto, Rosin y Boushey dicen que las habilidades más difíciles de reemplazar son estas que llaman «blandas» (aunque también es estigmatizante) y están asociadas a los cuidados: enfermeras, maestras, acompañantes terapéuticas, cuidadoras en los geriátricos, la mayoría son mujeres. Por lo tanto, la conclusión a la que llegan las autoras es que si se avanzara en esta carrera de reemplazo por la tecnología, las actividades más reemplazables son las que requieren destreza física o fuerza con grúas y otra maquinaria, que tradicionalmente hacen los varones. O tareas que son muy lógicas y entonces cualquier sistema puede reemplazar con algún algoritmo. Entonces, insisto, las que son más difíciles de reemplazar son las que tienen que ver con habilidades emocionales, las que realizan las mujeres. Entonces, lo que dicen, es que en el futuro ellas van a estar mejor paradas porque van a tener más posibilidades de obtener empleo.

El trabajo silencioso, el que sólo es visible desde pequeñas ventanas robadas a la intimidad. Imagen tomada de <em>El País</em> digital.

—Lo cual no significa que no sigan siendo empleos precarizados.

—Justamente, por eso decía que no se está hablando en qué condiciones se desarrollan los empleos. Supongamos que sí, que en el futuro vamos a tener trabajo, pero ¿qué tipo de trabajo?

—¿Qué importancia tiene para para esta discusión sobre el futuro del trabajo y las mujeres apostar hoy en políticas públicas orientadas a servicios públicos de cuidado, escuelas con horarios compatibles con los laborales o licencias parentales?

—En todos los paneles internacionales, nadie habla del trabajo doméstico no remunerado, a lo sumo de estos trabajos de habilidades «blandas», que son trabajos pagos. Otra vez, ¿cómo mejoramos una situación cuando ni siquiera estamos identificando el problema? En última instancia, hablar del empleo del futuro es hablar de qué mundo esperamos tener, construir, diseñar. Falta responder qué es el trabajo, a qué llamamos trabajo y cómo se realiza. Los sistemas de cuidados públicos son esenciales, y esto ya está demostrado: en los países donde existen estos servicios y licencias de paternidad pagas mejoran muchísimo la participación económica de las mujeres, la participación de los varones en los cuidados y los indicadores de igualdad.

—¿El Paro de Mujeres logró colocar en agenda este tema?

—El Paro de Mujeres como tal pone en cuestión el concepto de trabajo, no sé si de manera consciente para todos. Cuando se llama a parar, también se llama a parar dentro de los hogares, a no lavar los platos, no hacer las compras, a que el padre cuide al hijo. Al hacer eso, estamos remarcando que el paro de mujeres trasciende las puertas de la oficina, de la escuela, del hospital, del comercio que es donde ganás el salario y que también es en el hogar. Eso es una dimensión que en otro tipo de huelgas no aparece. Y eso es muy interesante, pero creo que no se está resaltando lo suficiente.

—¿Ves posible que esta visión pueda tener presencia en las del G20, FMI, de Banco Mundial?

—Creo que de a poco se está penetrando esas agendas. Por ejemplo, en el G20, por primera vez se decidió que todos los grupos de trabajo estén presididos por una mujer. Después, hay que ver cómo los resuelven. También hay un montón de discusiones de cómo se releva esta información. En Argentina, por ejemplo, se manifestó contra la reforma previsional porque nadie toma en cuenta el trabajo de las amas de casa a la hora de la jubilación. Está en el aire el tema, pero todavía se debaten los temas de mujeres en las mesas de mujeres; en otros espacios el género aparece a veces, y cuando aparece, es de manera tangencial. En el debate del futuro del empleo, puntualmente, no veo a mucha gente hablando con perspectiva de género. Las autoras que estoy citando son de las pocas que hablan del tema.

—Dentro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, por ejemplo, está muy claro.

—Dentro de los Objetivos hay muchas recomendaciones que te piden este tipo de perspectiva, pero no se aplican. En el Presupuesto de 2018 de Argentina, si buscás la palabra «mujer», te aparece sólo tres veces en un documento de 300 páginas (risas).

—Por un lado, entiendo que en el trabajo de futuro no se podrán reemplazar aquellos puestos que suponen una dimensión humana, en el que las mujeres tienen gran participación. Pero, por otro lado, me imagino que los buenos trabajos estarán vinculados a la tecnología, área en que las mujeres están muy atrasadas.

—Así es. Hoy una de cada 10 programadores es mujer. En Silicon Valley, donde están todos los top de tecnología, sólo el 9% de los CEO son mujeres. Y entre los empleados de menor jerarquía, hay sectores donde prácticamente no están, casi no hay mujeres técnicas, ingenieras en software o programadoras. Sigue siendo un lugar de varones. De cierta manera, las mujeres no están participando del diseño del futuro, de cómo va a ser la próxima computadora, el próximo dispositivo móvil que uses, el auto en el que te transportes, cómo van a ser los puentes que van a conectar las ciudades. Y no están participando en el diseño tecnológico porque no entra en esos lugares. No sólo no está como objeto de investigación, que sería esto de qué es el trabajo, y tampoco como sujeto que investiga, que diseña, que proyecta.

—¿Cuál es hoy tu visión de futuro?

—Si es que hay futuro… (risas). Si hay futuro, tiene que ser feminista. Una edición nueva de Utopía, de Tomás Moro, viene con dos ensayos, uno es de Úrsula K. Le Guin, una escritora que hace ciencia ficción que falleció hace poco. Ella plantea que es interesante leer esta utopía que tiene Moro hace tantos años porque la utopía siempre ha sido masculina y eurocéntrica. La mayor parte de las películas sobre el futuro que tenemos en nuestra cultura dan cuenta de un futuro pensado por varones. Úrsula Le Guin tiene libros donde el sexo en el futuro es fluido, por ejemplo, no hay una separación binaria. Tiene otros en el que no hay propiedad privada, entonces no hay lenguaje para designar cuándo algo es tuyo y cuándo es mío. Su reflexión se basa en que una manera de poder disputar nosotras el presente es también disputando el sentido del futuro porque cuando queremos pensar el mundo que queremos, hacia dónde caminamos, necesitamos tener esa idea. Y no hemos tenido ese espacio o no lo hemos construido. Por eso digo que el feminismo hoy tiene que tener un proyecto, tiene que tener un manifiesto, unas utopías. ¿Cómo sería el mundo feminista que querés?

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