Una lección de estilo

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Mario Jursich Durán

Apenas un segundo después de que Rodrigo Londoño, alias «Timochenko», dijera que «ofrecía perdón» a todas las víctimas del conflicto, las redes sociales ya estaban estallando. «¿Ofrezco» —tuiteó indignado el ex presidente de la Corte Constitucional, José Gregorio Hernández—. «¿Es decir, que van a perdonar a las víctimas?». «¿Ofrezco?» —lo secundó el periodista Herbin Hoyos—. «¿Es decir, que también van a cambiar el español como parte de los acuerdos?».

Rodrigo Londoño [Timochenko]. Foto tomada de http://www.pulzo.com.En un país donde la gramática es un sucedáneo de la política, estas discusiones no sorprenden a nadie. Entre 1886 y 1930, el casi medio siglo que los historiadores llaman «hegemonía conservadora», cinco gramáticos llegaron a la presidencia de la república y un sexto —el también poeta Guillermo Valencia— fracasó dos veces en el intento por serlo, cosa que nos convierte en la única nación del mundo gobernada durante cincuenta años por filólogos.

Una circunstancia así, tan atípica, tan extravagante, tenía que dejar forzosamente huellas en la cultura. En el caso nuestro, además de convertir al presidente poeta o literato en una institución nacional, creó el triple mito de que en Colombia dizque se hablaba «el mejor español del mundo», de que Bogotá era la «Atenas sudamericana» y de que el gobernante ideal era alguien capaz de encauzar tanto los desafueros de un país como las sonoras turbulencias del idioma.

Naturalmente, ya nadie cree en esa ripiosa mitología, pero su prestigio sigue gravitando en la conciencia pública. De allí que cada cierto tiempo, y por causas que van desde la publicación de un libro de poemas por parte de un senador hasta la frustrada firma de la paz en Cartagena, los nexos entre gramática y política vuelven a encender el amor a la lengua que, supuestamente, nos caracteriza a los colombianos.

Aquí no pienso detenerme en la más bien aburrida discusión sobre si el uso dado por Timochenko al verbo ofrecer era correcto o incorrecto; en su lugar prefiero recordar que el líder máximo de las Farc nació en Calarcá (Quindío) y que ese dato tiene una importancia no discernible a primera vista. Timochenko, como tantas personas del Viejo Caldas, se formó bajo el influjo de lo que burlonamente llamamos «el grecoquimbayismo»: un movimiento político-cultural formado en los años treinta por partidarios de Mussolini, cuyos rasgos distintivos eran la inclinación a comparar cualquier acontecimiento nacional con la historia de Grecia y Roma, a ventilar esos paralelos en altisonantes discursos y a utilizar una retórica tomada de las traducciones latinas de Miguel Antonio Caro.

Que Timochenko se alimentó de ese bagaje salta a la vista cuando se revisan sus comunicados a la opinión pública. Todos desconciertan por su retórica de otros tiempos: cabría suponer que de peripatético griego u orador romano, pero tal vez sea más justo decir que de gramático cachaco del siglo XIX. No es sólo que al jefe guerrillero lo seduzcan las anáforas («Así no es, Santos, así no es»), la inversión de los reflexivos o el uso de la segunda personal de plural («¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes que estaban en sus tierras mansas y pacíficas?», le pregunta al presidente Juan Manuel Santos, haciendo suyas unas célebres palabras de fray Antón de Montesinos.) Se trata sobre todo de que Timochenko cita a los mismos autores y las mismas obras que citaban los gramáticos del siglo XIX —Homero, la Ilíada, Jorge Manrique, los clásicos españoles del Siglo de Oro—, si bien no agota su repertorio en ellos. También trae a cuento a Carlo Collodi, el autor de Pinocho, o a Jack London, el padre de Colmillo blanco, y hasta se da el lujo —que también se daba Miguel Antonio Caro— de citar frases en latín: «Ego vox clamantis in deserto».

Estas cuestiones no son tan exóticas como aparentan. Dado que en Colombia la política y la gramática han sido una habitual pareja de baile, no es imposible imaginar a Timochenko y muchos de sus correligionarios leyendo en las selvas del Catatumbo las Instituciones oratorias de Quintiliano o buscando afanosamente en las páginas rosadas del Larousse una cita en latín para apuntalar un argumento. Esa impresión es reforzada por el hecho de que, con la regularidad de un taladro neumático, el comandante fariano insiste en interpretar los acontecimientos del presente bajo la luz de la historia griega y romana:

El gobierno del que usted hizo parte —le enrostra a Juan Manuel Santos— se negó a abordar (la paz) diez años atrás, condenándonos a todos a esta Troya sangrienta que sin toma de Ilión se apresta a repetirse.

¿Se sorprenderá alguien si digo que Miguel Antonio Caro y José Manuel Marroquín utilizaban el mismo pasaje, sólo que para aludir a la Guerra de los Mil Días? A ojos de unos y otros, de los gramáticos del siglo XIX y de los guerrilleros comunistas del XX, la contienda aquea y el conflicto colombiano son iguales, como si la historia, con sus estructuras y arquetipos, con sus cursos y recursos, retornara una y otra vez.

Explico lo anterior porque, a mi juicio y contra lo que se ha dicho, Timochenko no utilizó en su discurso la fórmula «ofrecer perdón» con el ánimo de ofender a las víctimas, sino justamente con el propósito contrario: ser deferente con ellas. Educado en una tradición que privilegia el lenguaje eufemístico, cabe suponer que a sus oídos —como a los de cualquier grecoquimbaya— «ofrecer perdón» sonaba más elegante, más majestuoso, más castizo, más de estadista que el simple y sencillo «pedir perdón».

En un libro poco leído, Diccionario del argentino exquisito (1971), Bioy Casares observó que «Para dar más prestigio a una acción, para conferir un ascenso (nominal siquiera) a una persona o a una cosa… o nada más que por afición a la pompa, echamos mano de optimizar, consubstanciados, los recaudos que hacen a mi función, empleado de casa de renta, con mi proverbial modestia me retiré a mis aposentos. Porque somos extremadamente exquisitos preferimos equívoco a error, subsiguiente a siguiente, disenso a desacuerdo y descienda por la parte trasera a baje por atrás».

Yo añadiría que ese favorecimiento del circunloquio es típico de la gente que ha vivido en guerra. Incapaces de llamar a las cosas por su nombre, amigos de hacer que las mentiras parezcan verdades, los secuestros retenciones y el asesinato una acción digna de encomio, les resulta imposible pedir perdón con llaneza, sin acudir a rebuscadas fórmulas lingüísticas. Si algo me resulta frustrante en la victoria del no en el pasado plebiscito, es justamente que se haya perdido la oportunidad de enseñarle a Timochenko una lección de estilo. No llegaré al extremo de sugerir que la paz elimina los eufemismos del discurso político (eso es falso), pero sí a decir que crea un clima favorable no sólo al uso de la palabra justa, sino a eso tan preciado que recomendaba Bioy: a no ser tan exquisitos. Espero que todavía estemos a tiempo para que el comandante de las Farc y todos los demás aprendamos la lección.

Imágenes intervenidas: gliphos

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