Sobre el disenso como catalizador o paralizador de los feminismos en movimiento

 

Febrero. Las asambleas se suceden, las gremiales se organizan, las calles se alborotan, los medios desorientan, la contrarrevolución antifeminista desea paralizar, las colectivas investigan formas de hacer y pensar, el sujeto del feminismo está en debate, hay murgas de mujeres, se crean falsas oposiciones entre feminismo y libertad (la libertad de quién, es la pregunta), las transformaciones subjetivas no escuchan moción de orden, las pasiones militantes buscan ser alegres, el cruce de luchas arma diálogos entre lenguajes que no siempre se entienden, el empoderamiento avanza, el 8M se acerca, se hacen leyes que quedan en nada, se elaboran políticas que cambian vidas, se rechaza a “la política” para inventar otra o se le reclama que sea otra (urgentemente!), por momentos la escucha logra apagar el caos de ansiedad y se abren agujeros para situarnos en el presente.

La acumulación y crecimiento del movimiento feminista lo enfrenta al problema de la representación, lo enfrenta al problema del disenso, lo enfrenta al desafío del pluralismo y los diferentes estilos de hacer, de distinguir lo que son diferencias ideológicas innegociables de aquellos espacios en los que con un poco de flexibilidad el espacio se ensancha y el feminismo enamora y cuida la vida de más mujeres.

La creciente visibilidad también hace que los significantes que los diferentes feminismos producen vayan ganando peso y se disputen la atención de los medios y del poder. Esto involucra inclusive a los movimientos y grupos que se posicionan explícitamente en contra de orientar su acción hacia la aparición o negociación en ese espacio conocido como “sistema político”. ¿Cómo abordar de formas no capitalistas la acumulación del potencial del movimiento feminista y de las herramientas del 8M y del Paro Internacional de Mujeres?

Los feminismos tienen el desafío de ser una articulación entre dos planos que construyeron su historia como si fueran autónomos: la micro y la macro política y todas las confusiones derivadas de esa dicotomía útil y a la vez perversa, real y a la vez falsa.

Los feminismos son tejido conjuntivo entre la política de la vida cotidiana y la política como forma de movilización y acción colectiva en el espacio público.

 

Una vez que reconocemos que estos planos de acontecimiento de la política no se anulan entre sí, es de esperar que tampoco lo hagan los movimientos que priorizan en su ideología y accionar la adscripción a uno de ellos. Están entonces las colectivas que se niegan a identificarse, institucionalizarse y consolidarse, pues entonces dejarían de ser política de la vida cotidiana, política de los afectos, redes que no necesitan formalizarse para existir. Y están las colectivas que se institucionalizan e identifican para ganar peso en espacios donde sólo así son visibles; es decir en el espacio de la política extracotidiana, ese donde se pone en escena el poder y se definen actos decisivos para la tragedia contemporánea que viven tantas mujeres.

La analogía con el teatro es en algún punto injusta pero - además de considerar que la palabra espectáculo define a nuestra cultura/política desde hace más de 60 años - al mismo tiempo apunta al carácter de representación y al juego de apariciones que constituye el juego político gubernamental, legislativo, judicial. Analizar la performance de sus actoras con ojos de quien observa a redes autónomas o a agentes actuando espontáneamente en la vida cotidiana es errarle a la perspectiva crítica (aunque sin duda hay muchas cosas criticables en estos movimientos, sobre todo lo difícil que resulta involucrarse en dichos ambientes sin mimetizarse un poco con ellos).

Del otro lado, observar a los movimientos feministas autónomos que apuestan a politizar las formas de vida, a la invención de otras formas de política, a la experimentación colectiva y sensible por sobre la búsqueda de estrategias efectivas como si se estuviera mirando a jugadoras de War o inversoras financieras / actores de teatro como si fueran de cine a las que se critica porque no están “bien organizadas” para la conquista, es también aplicar un marco ideológico a un movimiento que tiene otro sustancialmente diferente. Esto que vive el feminismo es también una dificultad de la izquierda, pero quizás se hace más visible en el feminismo porque está en construcción y cada bloque y cada viga llevan mucho debate, fuerza, desentendimiento.

Somos obreras de un proyecto cuya forma final no sabemos y esta ingeniería de alianzas y afectos requiere mucho de improvisación, mucho de sensibilidad, de escucha. Requiere de saber qué lugar tiene más sentido para una. En lo personal no quiero ir a debatir leyes ni reglamentos (que bien nos haría que de veras funcionaran) sino estar en la calle, discutiendo y construyendo creativamente lejos del tóxico mundo de la alta política, pero le agradezco a las compañeras que se metan en ese baile porque las mujeres que encuentro en la calle necesitan protección legal, necesitan ayuda económica, necesitan asistencia y empatía médica, necesitan empoderarse y ser protegidas en los espacios nada feministas de los que no se elige de un día para el otro estar afuera (por ejemplo: la pobreza). A su vez el feminismo no existe si no es en el día a día, en el tejido denso de la vida cotidiana y las relaciones de todos los días.

Las disputas a nivel micro generan movimientos a nivel macro; las batallas a nivel macro generan tensiones en las micropolíticas que hacen a nuestras vidas. Sino pensemos en las polémicas sobre las políticas culturales de género y en los cambios que se dan en las casas, en los trabajos, en los movimientos. Nada puede evitar ese desborde.

 

Somos las nietas

Por otra parte, aunque desde una perspectiva de corto plazo el feminismo es un movimiento en emergencia, si miramos no sólo hacia atrás sino hacia adelante podemos ver que viene de lejos y llegará a lugares que no sabemos. Es de esperar que en 10 años el feminismo haya cambiado tanto la política y la cultura que pensar demasiado apegadas a sus dificultades y dudas en el presente - como si la unidad del movimiento fuera ahora o nunca - es desaprovechar la historicidad del movimiento. Y además lleva demasiado rápido a la frustración de que las cosas no son exactamente como queremos.

Los feminismos se mueven en Uruguay sobre el mapa de una torta política toda trozada y delimitada, y tienen el desafío extra de no ser chupado por ese bizcochuelo movedizo, pero al mismo tiempo la necesidad de formar parte del “sistema” o campo político, de cruzarse con otras luchas como la anticapitalista, la antirepresiva, la antimanicomial. ¿Cómo hacerlo pero insistiendo en formas singulares de hacer política? ¿Cómo construir subjetividades militantes que sin desconocer las posiciones y disensos existentes puedan practicar más allá de las chicanas y mezquindades una política en femenino?

Estas palabras que suenan quizás razonables -al menos para quien escribe- se vuelven demasiado tibias si una piensa en que la urgencia del feminismo no viene tanto (o no sólo) de consolidarse como movimiento político sino de las vidas vividas en el esquema de dominación patriarcal y las violencias que pasan por el género y por nuestros cuerpos.

Mis proposiciones también resultan ingenuas si vemos que además de su articulación interna, los feminismos de diferentes vertientes sufren ataques y amenazas y rechazos permanentemente. ¿Cómo organizar una subjetividad colectiva no crispada ante esta situación?

Pero la percepción de una situación también se compone colectivamente. Y el desafío es construir una situación en la que nos percibamos fuertes, con pocos pero profundos objetivos comunes y diferenciando lo urgente de lo que no. Para esto se necesita un descentramiento kinético colectivo, generosidad y escucha. Se necesita mirar hacia afuera del movimiento para no perdernos en las lógicas internas que tanto criticamos a la “rosca política machirula”. Se necesita quizás pensar en feminismos en movimiento más que movimiento feminista.

Quizás ahí está la pista para que bajando las expectativas de consenso armónico a la interna podamos ver todo el terreno que tenemos para movernos juntas.

Los desafíos y desacuerdos no son sólo tácticos. En sus diferentes debates y acciones los feminismos ya están debatiendo la esencia del feminismo y disputando su ontología: ¿es un movimiento de mujeres, o de todxs quienes se piensen feministas? ¿incluye a las trans y nombra la singularidad de las lesbianas o alude a todas como “mujeres”? ¿es un movimiento de izquierda o no necesariamente? ¿es inherentemente anticapitalista o podría existir un feminismo basado en una alianza interclasista entre mujeres similar a la que ya existe entre hombres? ¿Incluye a los hombres o no y cómo? Estas preguntas están en movimiento y encontrándose todo el tiempo. Sin embargo poner como precondición para la articulación entre los feminismos llegar a un acuerdo sobre su ontología, puede paralizar al movimiento.

Como en una danza o una marcha, no es necesario que todas compartamos los mismismos sentidos, las causas y las consecuencias de estar ahí haciéndola. Sin embargo algo sí es suficiente para que estemos ahí haciéndola. No se puede policiar la experiencia del activismo colectivo; son demasiadas vidas diferentes, demasiadas distancias de clase y de raza y de ideología y si le pedimos todo eso corremos el riesgo de obstruir al movimiento (desde adentro).

Una vez en una entrevista, me dijeron que todo colectivo es el fracaso de un movimiento y pienso que hay una gran verdad en ello (Erroristas, Argentina junto a la Liga Tensa). Y es cierto que necesitamos colectivas pero la idea de una ola feminista abre un horizonte ancho y brillante que además permite desatrincherarnos de nuestras posiciones sin dejar de tomar posición, sino situándonos en un mapa más complejo y abierto.

Para avanzar hacia el paro y detener las posibles parálisis los feminismos necesitan combustible, cuerpas, apoyo gritado y otras veces silencioso o escuchante, necesitan hablar de sus contradicciones y como todo actor necesitan recuperar energía.

Las fuentes de energía militante pueden venir de dos lados; de reciclarse permanentemente buscando en las creencias y el colectivo el sentido de seguir haciendo, aun siendo difícil; o del odio que mueve la rosca de las enemistades y de los procesos de identificación por antagonismo.

La primera no es fácil de encontrar pero los feminismos saben que el amor es la única energía renovable y que la rosca a largo plazo solo lleva a secarse políticamente.

¿Cuándo la fragilidad se vuelve fuerza? Cuando descubrimos en las diferencias complementariedad, cuando pensamos en los feminismos como un proceso múltiple de transformación, cuando nos reconocemos desde las diferencias y aun así confiamos en que la lucha nos une sin hacernos uniformes.

Humedad y amistad hacen subir la marea.

 

 

* texto publicado en latfem.org, Lobo Suelto! y La Tinta

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