Carlos Basilio Muñoz, rara avis

Antes que nada, Carlos Basilio Muñoz Martínez (20 de octubre de 1966-26 de diciembre de 2017) fue un intelectual. Sociólogo, profesor de la Universidad de la República, investigador, autor –de trabajos académicos, obras de ficción, poemas y canciones–, estudiante avanzado de la licenciatura en Letras e incipiente en la de Filosofía. Su producción académica se especializó en género y diversidad sexual, juventud, drogas y sida, entre otros temas.

 

Carlos[1] era gay y la discriminación que sufrió desde siempre por ese motivo orientó y determinó su postura y búsqueda a nivel intelectual. Así se presentaba en su ensayo pionero –y por el que posiblemente sea más recordado– Uruguay homosexual: culturas, minorías y discriminación desde una sociología de la homosexualidad en 1996:

 

 

 

Intento brindar una perspectiva alternativa… a las visiones tradicionales de la homosexualidad, con por lo menos una ventaja: como investigador y como homosexual, nunca podría verme como un científico de túnica blanca examinando un mero ‘objeto’ de estudio. Las personas homosexuales que conozco y respeto son ‘sujetos’ con tanto derecho a opinar como yo mismo”.

 

El contexto en el que se publicó Uruguay homosexual es importante para confirmar lo revolucionaria que fue esa presentación de sí mismo, quizás la primera de ese tenor en nuestro país. En 1996 no existían leyes que ampararan a la población LGTB uruguaya. Recién en 2006, con la reglamentación de la ley 17.817, se legisla tímidamente contra la discriminación por orientación sexual e identidad de género. Las normas específicas sobre identidad de género y matrimonio igualitario tendrían que esperar hasta 2009 y 2013, respectivamente. La palabra “homofobia”, que hoy en día es aceptada incluso por el diccionario de la conservadora Real Academia Española, era considerada un anglicismo casi desconocido por el mundo de habla hispana de entonces, como lo señala el propio libro. A la marcha del “orgullo homosexual” de 1996 en Montevideo fueron un par de centenares de personas, muchas de ellas con las caras tapadas. La visibilidad no era bienvenida.

Que un profesor universitario se presentara en esas circunstancias como investigador gay era adentrarse en un territorio desconocido e inhóspito. Los y las docentes homosexuales de entonces se cuidaban de aparentar una heterosexualidad que el resto daba por supuesta, pero que ellos no sentían, por el temor a que se les confundiera con lo que Carlos acuñó como el monstruo homosexual. Entre otras características, la mentalidad imperante adjudicaba a ese monstruo una hipersexualidad que encerraba un potencial peligro para los jóvenes a su cargo.

 

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Pero Carlos ya había salido públicamente del clóset a sus 28 años en una entrevista televisiva en 1994, dos años antes de la publicación de Uruguay homosexual. Al día siguiente, sus alumnos del liceo de Paso Carrasco –el único año que dio clases en secundaria– lo esperaron a su llegada para felicitarlo por su valentía, ya que en el Uruguay de hace más de dos décadas los referentes positivos de la homosexualidad eran prácticamente inexistentes, mucho más en los medios de comunicación masivos. En la sala de profesores, sin embargo, no recibió ni un saludo de sus colegas. Eran los gajes del oficio de alguien que se definía a sí mismo como una rara avis y que no temía ser encasillado como provocador si esto le daba visibilidad a la temática y abría las puertas a los “homoestudios” en la academia uruguaya.

 

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Carlos tenía una excelente relación con sus estudiantes. Era generoso en el tiempo que les dedicaba fuera del horario de clases para orientarlos y en la minuciosidad que demostraba al corregir sus trabajos (en muchos de esos escritos se reiteraban sus comentarios alentadores, del tipo “me encanta cómo escribís”). Su espíritu juvenil se reflejaba en su forma de vestir, llamativa para lo que suele esperarse de un profesor terciario: camperas de cuero negro, remeras estampadas con el símbolo de Superman o de la planta del cannabis, championes, lentes de sol. También cultivó su cuerpo y alcanzó una apariencia que por momentos podía resultar intimidante. Quienes lo vimos partir hacia Estados Unidos en 1992, flaco y pelilargo, para cursar una maestría en la Universidad de Boston, casi no lo reconocimos a su regreso a Montevideo a fines de 1993, musculoso y rapado, quizás emulando a su admirado Michel Foucault.

Esa forma de ser y parecer conquistaba a los jóvenes, que intuían en él a un rebelde, pero descolocaba a sus pares adultos, que en ocasiones recelaban de esa singularidad que veían como frívola o desubicada. No comprendían, quizás, que era otra de sus vías para desmarcarse del establishment, de ese sentido común que pretendía marginarlo.

 

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Fuera del ámbito sociológico, Carlos también incursionó en la teoría literaria. Su trabajo Orientación sexual en la literatura uruguaya, escrito junto a Rafael Pimentel, plantea una posible literatura queer criolla, a la que divide en tres etapas:

“[1] la ‘etapa del silencio’ (hasta 1971, sólo eventuales ‘ruidos’ plantean la homosexualidad), [2] la ‘etapa de la metonimia’ (1971 a 1994, sólo aparecen referencias, principalmente en poesía) y [3] la ‘etapa queer’ (desde 1994, tematiza y problematiza explícitamente las identidades locales de orientación sexual.”

 

Ese ensayo propone el innovador concepto de trologema:

 

“Siguiendo la tradición queer de rescatar palabras del estigma, decidimos llamar ‘trologema’ a una subclase temática de ideologemas: aquellos contextualmente asociados a la tematización de la orientación sexual”.

 

Pero sus intereses no se limitaban a la academia. Fue el alma máter de la revista under Lady Ventosa; participó en la Coordinadora Anti-razzias a fines de los años 80; escribió varias obras de teatro, como Safer Sex, que tuvo éxito en la Primera Muestra Internacional de Teatro Joven de Montevideo, o El traje lila, basada en un cuento de Julio Herrera y Reissig; formó parte del circuito artístico underground de Montevideo, donde  su cuerpo fue lienzo para numerosas muestras de bodypainting; también escribió decenas de cuentos en los que, con un humor ácido y barroco, sus amigos o amigas se convertían en personajes maltratados por la vida, con títulos como La licenciada que dio el mal paso o La venganza de la tía más loca; y fue el autor de numerosos poemas y canciones.

 

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No se puede hablar de Carlos sin mencionar la causa de su muerte, esa diabetes virulenta que desde la adolescencia lo obligaba a inyectarse insulina varias veces al día. En los últimos años, la enfermedad le había complicado tanto la vida que solo se animaba a moverse en aquellos círculos que conocieran la gravedad de su situación y pudieran ayudarlo si se producía otra de sus crisis, cada vez más frecuentes.

Muchos no sabían que la diabetes lo hacía reaccionar con irritación desmedida ante incidentes aparentemente banales, lo que desconcertaba a amigos, amantes y burócratas o figuras de autoridad, estos últimos quizás sus blancos preferidos a la hora de descargar su enojo.

Me pregunto –y aquí entro en el terreno de la especulación, producto de mi propia rabia ante la injusticia de su partida prematura– si esa muerte podría haberse evitado de haber tenido el dinero para pagar una bomba de insulina. Porque Carlos tenía que trabajar para mantenerse, como la mayoría de los mortales. En sus últimos años se encargó de cuidar a sus padres enfermos, y eso no solo le impidió cumplir con el Régimen de Dedicación Total de la Universidad (RDT), con la consiguiente pérdida de ingresos, sino que seguramente repercutió en su propia salud.

En 2017 había logrado recuperar el RDT y estaba entusiasmado porque las autoridades universitarias le habían aprobado un novedoso Taller de las Emociones que dirigiría a partir de 2018. Eso ya no será posible, pero a quienes tuvimos el privilegio de conocerlo nos queda el consuelo de que ayudó a formar a varias generaciones de estudiantes con una mirada alternativa (alterativa, diría él) a la del sentido común que le había tocado vivir.

 

[1] Por la amistad que compartimos, que comenzó en el liceo en 1981, me resultaría artificial referirme a él de otra forma que no fuera por su nombre de pila.

 

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