"La apuesta política es fuerte"

Laura Leonelli Morey

Con 36 años, está al frente de un área de gobierno sin precedentes, al menos para las ciudades de América Latina, que lleva un nombre sin eufemismos, sin necesidad de versiones de mayor aceptación o edulcoradas como “género”, “diversidad”, “derecho de las mujeres”, “familia” o “minorías”. Laura Pérez Castaño es concejala de “Feminismos y LGBTIdel Ayuntamiento de Barcelona. La denominación parece exceder lo semántico: implica una posición política e ideológica, pero también un modo de gestionar distinto que incluye la planificación y ejecución de políticas públicas urbanas concretas. La economía del cuidado o el transporte son dos ejemplos. La apuesta política es fuerte pero coherente con las posiciones de la alcaldesa, Ada Colau, una feminista declarada. La entrevistada es, además, titular del área de Cooperación Internacional. La superposición de sus cargos es estratégica; busca impulsar el municipalismo a nivel internacional desde una visión feminista.

 

—¿Es difícil instalar en la agenda internacional el tema del derecho a la ciudad de las mujeres?

—En términos de relato o de narrativa en general se acepta, no hay resistencias. Somos parte de redes como Metrópolis, en la que presido Metrópolis Mujeres, y en ciudades tan diferentes como Teherán, Montevideo, Buenos Aires, que he visitado y son parte de la red, el relato se acepta. Las resistencias aparecen cuando hablamos de políticas públicas en términos concretos. Barcelona tiene una agenda de justicia de género que habla desde transversalidad dentro de la institución, que implica, por ejemplo, obligar a cualquier empresa que contrata con el ayuntamiento a tener ciertas estrategias de lucha contra el acoso sexual o contra la brecha de género o segregación vertical. Pero también, desde el Ayuntamiento, reconocer a mujeres en premios que históricamente han sido otorgados a hombres, o aplicar planes de igualdad internos a nivel de recursos humanos, y hacia el exterior, incluir la mirada de género en el mundo de la cultura, la educación, la prevención del sexismo, o el urbanismo con perspectiva de género. Cuando hablamos de estas políticas, hay muy pocas ciudades que realmente se están tomando en serio qué implica la seguridad con mirada de género, por ejemplo, o qué dificultades encontramos las mujeres a la hora de asumir ese derecho a la ciudad.

 

 

—¿En cuáles temas se está trabajando más a nivel internacional?

—En Metrópolis, en el de seguridad porque es un eje que nos une bastante a las ciudades que estamos allí. Evidentemente el espacio público desde la mirada de Barcelona es muy diferente a la de las ciudades como Teherán, pero encontramos puntos comunes y los estamos trabajando. La movilidad es otro eje de labor conjunta. Las mujeres nos movemos diferente en la ciudad.

 

—¿Cuáles son esas diferencias?

—Una de ellas es que utilizamos más el transporte público. Por ejemplo, es importante dónde están ubicadas las paradas de los autobuses. Las mujeres tenemos el rol de cuidadoras todavía y ese trabajo reproductivo marca cómo nos movemos. Lo hacemos más a pie, en transporte público, tenemos más movimientos durante el día. Dejas el niño o la niña en el cole, luego pasas por el mercado, vuelves a la casa a dejar la compra, todo eso a pie. Luego, si tengo que acompañar a una persona mayor u otro miembro de la familia al hospital, cojo el transporte público. El hombre todavía tiene una movilidad vinculada a lo productivo, relacionada a ir y volver del trabajo, y se mueve más en transporte privado. Cuando apostamos a los autobuses de barrio –que el anterior gobierno de Barcelona había retirado– estamos intentando ampliar la red, dar mejores servicios, con menos tiempo de espera para las mujeres.

 

—En definitiva no es posible una buena política pública de transporte sin perspectiva de género, que tenga en cuenta las necesidades de las usuarias.

—Totalmente. Tendrá un impacto diferente en los tiempos que utilizan mujeres y hombres. También el transporte nocturno, la inseguridad y la percepción de inseguridad que tenemos las mujeres con los niveles de acoso sexual en el espacio público, las violaciones, tiene mucho que ver con cómo nos movemos por la noche. El tema de transporte es una de las líneas estratégicas en Metrópolis, también relacionado con el clima y la sostenibilidad de la ciudad. En este tema hay mucha conciencia, en especial a partir de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Implementamos las agendas globales en las ciudades, en el ámbito urbano, entonces hay más sensibilización de ir hacia un planeta que sea sostenible con políticas tendientes a la reducción del transporte privado, con mayor inversión al transporte público. Creo que en esos espacios nos encontramos todos bastante cómodos.

 

—Para América Latina es raro, no sé para Europa, que exista un área de “feminismos”. ¿Cómo fue se llegó a ese nombre? ¿Qué implica que sea de feminismos y no “familia” o “mujeres”?

—La anterior concejalía se llamaba “mujer”, ni siquiera mujeres en plural. Veníamos de un concepto muy de los ochenta, hablar de mujer, de un tipo de feminismo, incluso el partido político de gobierno no se identificaba como feminista. Se hacían políticas para “la mujer” y desde un área estanca y cerrada, sin una mirada transversal. ¿Cuáles eran los temas? La violencia machista y algún tema de igualdad en las empresas. Era también un gobierno de derechas que tenía una mirada muy empresarial. Tuvimos un debate interno; cuando lo planteamos al equipo técnico del ayuntamiento no lo veían muy claro. Además, trabajar feminismos, en plural, tiene que ver con que hay diferencias y diversidad de maneras de entender el feminismo con perspectivas muy diferentes. Por otra parte, LGTBI era un área que estaba en derechos civiles. Para nosotras era importantísimo poder trabajar los temas conjuntamente porque la lucha contra el machismo también impacta en los colectivos LGTBI; la idea es darle una lógica de mirada de género a las dos políticas. En su momento, el equipo técnico decía que el feminismo no está bien visto, que nos iban a criticar. Pero teníamos claro que era una apuesta política de todo el gobierno. Tenemos una alcaldesa, Ada Colau, que constantemente reivindica al feminismo.

 

—No es habitual que un gobernante se reconozca abiertamente feminista.

—Es que tenemos un equipo de gobierno que se lo cree y que sabía que esto estaba entre las políticas más importantes a trabajar y visibilizar. El presupuesto y el equipo han aumentado muchísimo. Hemos internalizado servicios que eran externos porque entendemos que son esenciales. Y luego el discurso. La alcaldesa es la primera en asumirse como feminista, y eso hace que los equipos gerenciales y técnicos entiendan que es un tema trascendente.

 

 

—¿Hubo resistencias?

—El primer mes tal vez hubo una sorpresa de tener un área de “feminismos y LGBTI”. Dos años después tenemos un equipo de urbanismo que cada vez que hace una obra, nos consulta; cada vez que se hace un programa hay una revisión nuestra. En el área de Comunicación, a cada acción le buscamos un eje del antimachismo. Tenemos el hashtag #BCNantimaclista (barcelona antimachista). Vamos construyendo desde el imaginario colectivo que el machismo no tiene cabida en la ciudad.

 

—¿Conoces otro gobierno que tenga un área de feminismos?

—No sé… Esperemos que cada vez más se reconozca al feminismo como la lucha de las mujeres por sus derechos en un contexto de desigualdad y no como un enfrentamiento con nadie. Todavía tenemos que explicar que no es lo contrario a machismo y recibimos insultos como el de “feminazi”.

 

—En el mundo, incluida América latina, hay un crecimiento del movimiento feminista. Y por otra parte, aparecen gobiernos cada vez más conservadores.  

—Cuando se decidió que asumiera el área de relaciones internacionales fue para dar un mensaje. Que asuma una mujer joven, que somos la minoría en esos espacios donde te minimizan, te sexualizan o hacen bromas, era dar un mensaje. Cuando hablo de urbanismo en reuniones internacionales, hablo de urbanismo y género, igual que con educación, el derecho a la ciudad y todos los otros temas. La idea es que se vea y que se muestre que tiene un sentido lo que estamos haciendo, no es una reivindicación sin políticas concretas.

 

—¿Qué políticas públicas de Barcelona te parecen más importantes desde esta mirada?

—La de economía de los cuidados. No hemos encontrado ningún referente parecido y, de hecho, a la hora de diseñarla nos costó mucho. Es difícil que se la entienda como parte de la economía. De hecho, mi gran reivindicación era no quedarme con esta política en el área de feminismos o en servicio de atención a las mujeres sino que sea asumida por el área económica. Los cuidados tienen una relación económica que impacta directamente en el ámbito productivo, no sólo en lo privado, y por lo tanto esa área es la que debe asumir la política de cuidados. Por lo tanto, hay que pensar, por ejemplo, políticas de formación y motivación de padres para que se impliquen en el cuidado de los niños o de adultos mayores, con programas específicos para hombres que tienen paro de larga duración (seguro de desempleo) con el objetivo de que asuman los cuidados de personas mayores. O cómo promovemos que en el ámbito económico haya programas de movilidad para personas que les cuesta bajar de su casa para ir al hospital. Es decir, cómo descargamos de esas tareas de cuidado a las mujeres. Habrá un espacio de cuidados en la ciudad, para asesorar a las familias que necesitan cuidados remunerados o que tienen una necesidad de un material muy caro, como una silla de ruedas. También se las pondrá en contacto con trabajadoras organizadas, sindicatos o cooperativas del sector de cuidado remunerado. Porque está el problema de las condiciones laborales en las que están estas trabajadoras. Es una de las políticas más innovadoras, en unos años veremos el impacto que habremos tenido.

 

—¿Cómo fue tu encuentro con los feminismos? 

—Me “desperté”, todas tenemos un despertar, ¿no? Fue en América Latina. Trabajé en Ecuador con dos mujeres que tenían un máster en género. Ellas me motivaron a entender ciertas diferencias y que si no se pone la mirada específica pasan desapercibidas.

 

—Y ya no se puede ver el mundo con otros ojos.

—Es que ya todo el mundo espera que hagas un comentario relacionado. Veo una peli y un amigo comenta “me vas a decir que esta escena es sexista”, pues sí, lo es, por esto y por aquello. Llega un punto en el que no se puede mirar la vida de otra manera.

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Medea, por Ximena Aragone