Prostitución: (ni) trabajo (ni) esclavitud

Prostitución sigue siendo el término más usual para denominar el intercambio de sexo por una retribución en moneda o especies o promesa de la misma; aunque probablemente sea más exacto hablar de «comercio sexual» para enfatizar, justamente, el carácter comercial de la actividad. Si usara la expresión «trabajo sexual» estaría tomando partido en considerar que la prostitución es un trabajo como cualquier otro. Si dijera esclavitud sexual estaría tomando partido por considerar que se trata de una forma extrema de opresión de género. No solo no existe una única definición, sino que reducir la problemática a una mirada dicotómica empobrece la discusión y no permite advertir las múltiples aristas y complejidades que encierra el fenómeno.

Si bien las personas en situación de prostitución son diversas, acá solo voy a referirme a las mujeres adultas.

Aún reduciendo el fenómeno solo a las mujeres adultas, el rótulo de prostitución agrupa una pluralidad de modalidades y experiencias vitales: trabajo por cuenta propia, en relación de dependencia, como resultado de haber sido tratada; prostitución VIP, escort, call girls; practicada en burdeles, whiskerías, casas de masaje o en la calle; ligado al turismo o en fiestas privadas, entre otras muchas modalidades. Ante tal heterogeneidad, las distintas expresiones tienen como único común denominador el intercambio de servicios sexuales por bienes materiales. Hablar de intercambio implica la presencia de por lo menos dos partes; es importante tener presente la figura del consumidor. Se necesitan dos para bailar el tango. El intercambio no solo es por servicio sexual, también están presentes las subjetividades en juego, y en el caso del consumidor, éste también está comprando fantasía y autoestima.

La complejidad del fenómeno aumenta cuando se incluyen las distintas valorizaciones según el lugar social desde el que se observe el fenómeno: una actividad degradante, un mal necesario, una forma de tramitar la sexualidad para muchos hombres, una manera de construir masculinidad. Su mera existencia encierra una contradicción.

«El caso de la prostitución es paradigmático en cuanto a la discordancia entre cultura ideal y cultura real. Es una de las actividades más denostadas en la cultura ideal, donde se la utiliza como el más grave de los insultos. Al mismo tiempo, en la cultura realmente operativa, su consumo resulta valorado positivamente en ciertos sectores sociales como significante de la identidad masculina y en ocasiones como rito de iniciación del macho» (Pons i Anton, 2004:119).

Los feminismos no tienen una postura consensuada, por el contrario, se han prolongado discusiones que en ocasiones llegan a posturas fundamentalistas entre quienes sustentan una posición abolicionista y quienes respaldan posiciones reglamentaristas. Gimeno (2012) desarrolla la discusión en base a lo que denomina posturas anti-prostitución y pro-prostitución. Es curioso cómo un mismo fenómeno produce discursos contrapuestos, esto muestra que el problema no se resolverá contraponiendo las distintas posturas, sino que se hace necesario avanzar en los contenidos de los universos de sentido en que se enmarcan unos y otros abordajes. Quienes sostienen que toda prostitución es esclavitud sexual y quienes sostienen que toda prostitución es trabajo sexual, parten de un diálogo imposible. No hay acuerdo en la definición del fenómeno sobre el que se discute, no obstante ambas partes se arroban tener argumentos racionales. Cada uno de los lados del debate defiende como verdad absoluta la suya, configurando dos bloques morales monolíticos y férreos anclado en la descalificación mutua (Gimeno, 2012).

Las abolicionistas consideran que prostitución es esclavitud, la prestación de servicios sexuales remunerados degrada y oprime a las mujeres porque las coloca en la posición de servidumbre sexual frente a los deseos masculinos (Aucía, 2008). Desde filas contrarias, se plantea que se trata de una actividad que abarca un amplio abanico de modalidades que deberían ser reguladas a la vez que deberían reconocerse los derechos laborales de quienes se dedican a esta actividad. En definitiva, se la considera una opción laboral.

Las discusiones se han vuelto más encarnizadas con la expansión de la prostitución en las últimas décadas como consecuencia de un cambio económico –desregularización de los mercados–, y cultural –mayor liberalización de las costumbres sexuales. A esto, hay que agregar las asociaciones del comercio sexual con el crimen organizado y el creciente poder de éste. Este contexto internacional, donde las manifestaciones de la prostitución quedan de alguna manera incrustadas en fenómenos mayores ligados a poderes que llegan a competir con algunos estados, constituye un telón de fondo que no puede perderse de vista.

Sin embargo, cuando nos detenemos en observar las situaciones de las mujeres que se dedican (por opción o por fuerza) a esta actividad, la discusión se vuelve estéril si no se toman en cuenta la pluralidad de situaciones en que están y la variedad de relaciones de prostitución (prostituta/cliente) existentes, focalizando nuestra mirada en ellas y en las diversas relaciones de prostitución que encaran, alejando el foco de análisis de lo que podríamos denominar el gran mercado internacional del sexo.

Entonces, hay preguntas que estimo necesarias hacernos a fin de tener una visión más comprehensiva del fenómeno.

1. ¿Por qué se estigmatiza a las mujeres que se dedican al comercio sexual?

Juliano (2004) afirma que no es la prostitución en sí lo que refuerza el patriarcado, sino la estigmatización que cae sobre ella. Y lo argumenta en base a que esta estigmatización constituye un antimodelo del deber ser de la mujer tan fuerte que, ante cualquier acción que se aparte de la norma, la mujer es insultada como puta. El segundo aspecto derivado de la estigmatización, es el silencio de las prostitutas, que deja sin cuestionar el status quo de las relaciones de género. A este respecto, Carla Corso plantea que si las prostitutas hablaran de sus clientes, la identidad masculina entraría en crisis1.

Dolores Juliano se pregunta «¿cómo y por qué en una sociedad en la cual se mercantilizan todos los servicios –desde el cuidado de los niños y los ancianos, o los intercambios sociales en los cuales, por ejemplo, compramos un café en lugar de hacerlo en casa, compramos la comida hecha, etcétera–; es decir, por qué en una sociedad en la cual está todo mercantilizado, la mercantilización de lo que ellas mercantilizan es la única que no está permitida?» (en Daich, 2012:98). A ello, yo agrego ¿por qué un deportista de élite puede ‘vender’ su cuerpo; por qué una prima ballerina puede estar «esclavizada» a su cuerpo; por qué un científico puede «vender su cerebro», pero una prostituta no puede vender sus «servicios sexuales»? Evidentemente hay algo en la asociación de la sexualidad con la moralidad que aparece en la concepción del trabajo sexual, el carácter moralizante asociado al sexo. Vender los servicios sexuales resulta denigrante, pero no así vender los servicios intelectuales. Ese es un aspecto sobre el que se hace necesario reflexionar. Es posible que no sea comparable, que nuestra sexualidad sea más constitutiva de nuestro ser que otros aspectos, pero igualmente estimo válido detenernos a pensar al respecto. ¿Qué nos está diciendo como sociedad la manera en que concebimos el comercio sexual? Y volvemos al estigma. Es el estigma que cae sobre el tipo de actividad que desarrollan lo que en principio parece descalificarlas como ciudadanas –y negarles la voz. Se habla de la prostitución como una condición de total opresión, pero no se coloca en el mismo casillero a trabajadoras domésticas cama adentro que deben estar 24 horas al servicio. Como señala Marta Lamas (2014), «La venta de servicios sexuales ofende, irrita o escandaliza de una manera diferente que la situación de otras mujeres que venden su fuerza de trabajo, en ocasiones en condiciones deleznables, como las obreras de la maquila, las empleadas domésticas, incluso algunas meseras, enfermeras y secretarias».

El estigma cae sobre la mujer que ejerce la prostitución, no sobre el consumidor. Entonces no es la sexualidad sobre lo que recae la moralización, es sobre la mujer que lleva adelante la práctica sexual. En el caso de la prostitución homosexual, rara vez se estigmatiza a quien trabaja en el comercio sexual, por el contrario, los consumidores tienden a valorizarlo (Rostagnol, 2011). Puede pensarse entonces que la idea de que la mujer pueda entrar en relaciones sexuales sin que existan razones afectivas, ni un fin procreativo, es intolerable. Una vez más el cuerpo y la sexualidad de la mujer no les pertenece, ni material ni simbólicamente.



2. ¿Qué consecuencias tiene considerar a la prostituta como víctima?

Algunas posturas plantean la existencia de una prostitución libre, cuando se llega al comercio sexual por opción; y una prostitución forzada, especialmente cuando se entra en el comercio sexual como consecuencia de trata. Trata y prostitución no es lo mismo. Considero una confusión denominar trata a todo tipo de «prostitución», cosa bastante común entre quienes llevan adelante posturas abolicionistas. Este uso terminológico se detecta en muchos países de la región, Gallagher (Piscitelli, 2015) lo denomina «interpretaciones expansivas de la trata». Me parece acertado ajustarnos estrictamente al Protocolo de Palermo para referirnos a la trata, la cual es en sí misma un fenómeno complejo, con diversas aristas y posibilidades de interpretación. Las feministas abolicionistas señalan que la división entre prostitución libre y forzada no es válida, por lo mismo que no existe esclavitud libre y esclavitud forzada; en definitiva toda prostitución sería opresión.

Jo Doezema (1998) plantea que la distinción entre la prostitución voluntaria y forzada reproduce la dicotomía entre «mujer mala/puta» y «mujer buena/santa». Una mujer que entra al comercio sexual por su propia voluntad, y optando por esta actividad cuando tiene a su alcance otras opciones, es blanco de las mayores críticas; mientras que aquella que se ve forzada a entrar en relaciones de prostitución por estar en una situación de vulnerabilidad extrema, es considerada una víctima. Esa mujer no eligió vender sus servicios sexuales (tener una sexualidad sin afecto y sin fines procreativos), sino que no tuvo otra alternativa, por lo tanto es redimida (Rostagnol, 2011) Aquí se despliega una batería de problemas: la víctima debe ser rescatada, reinsertada; y a pesar de las buenas intenciones que guían estas acciones, la «víctima» rara vez es considerada agente con voz propia. Aún aquellas prostitutas pobres, que entraron al comercio sexual engañadas o como consecuencia del consumo problemático de sustancias, son capaces de negociar, desarrollar estrategias de sobrevivencia, resistencia y subversión dentro de apretados límites; y tal vez desde ahí sea posible desarrollar su autoestima. Aucia (2008) advierte que el «efecto de este borramiento obtura la posibilidad de explicar a la prostitución de las mujeres desde una dimensión política, más precisamente, desde el entramado de poder que la ha producido y la sigue reproduciendo».

3. ¿Puede el comercio sexual ser una opción laboral libremente tomada?

Este es uno de los puntos más discutidos. Marta Lamas (2014) afirma que más que un «claro contraste entre el trabajo libre y el trabajo forzado, existe un continuum de relativa libertad y coerción». Y agrega que no deben pensarse como opuestos, por el contrario, puede haber decisión y explotación, autonomía para ciertos aspectos y coerción para otros. Muchas mujeres evalúan posibilidades de generar ingresos y deciden ingresar al trabajo sexual, sin embargo el abanico de opciones con que cuentan es muy restringido, por lo que tal vez la elección caiga en lo que se considera menos malo; la libre opción debe ser puesta en cuestión. Pero entonces también podemos preguntarnos cuántas opciones laborales son elegidas a partir de una amplia gama de posibilidades. Hablar de «libre opción» exige tener en cuenta el contexto en el que esa opción se realiza, un contexto muchas veces signado por situaciones de violencia, abuso y carencias de distinto tipo. Asimismo, otras mujeres eligen trabajar como prostitutas después de calcular prolijamente las distintas opciones, como estrategia para un ascenso social, para instalarse en otra localidad, o incluso para costearse sus estudios terciarios. Frecuentemente las encontramos en modalidades de escort o call girls.

Lo cierto es que para algunas mujeres desarrollar actividades en el comercio sexual les permite desarrollar autoestima y también les provoca un cierto sentimiento de autonomía y libertad, mientras que para otras resulta una actividad humillante; y esto es independiente de la situación socioeconómica previa a dedicarse al comercio sexual. Es difícil y peligroso ponerse en el lugar del otro o de la otra, especialmente cuando las subjetividades, experiencias y vivencias son múltiples y diversas.

Para seguir pensando

Como feministas –es decir como personas críticas ante las relaciones patriarcales, atentas a las diversas formas que éstas adquieren– debemos ser cuidadosas a la hora de definir nuestra posición frente a la problemática de la prostitución. ¿Puedo yo decirle a una trabajadora sexual integrante de un colectivo que defiende su actividad, que la misma constituye la máxima expresión de la opresión? ¿Puedo yo hablar por ella?

En todo caso, si pienso que pagar por sexo es una muestra de inequidad social porque reduce a una persona a mero objeto, lo que debo tener presente es que es esta sociedad la que crea ese tipo de relaciones. Ellas son la manifestación de una relación de dominación mayor, no su causa. Si el comercio sexual es nocivo, es necesario eliminar las condiciones de posibilidad de su existencia, modificar el contexto que lo hace posible, buscar una manera de redistribución de la riqueza, con derechos y oportunidades laborales dignas para todo el mundo, a la vez que crear las condiciones para que los hombres modifiquen su manera de tramitar la sexualidad. Tal vez la prostitución como opresión para las mujeres solo termine cuando la sociedad deje de ser patriarcal.

Bibliografía

Aucia, Analía 2008 «‘Trabajo sexual’: difícil de concebir como trabajo aquello que la cultura degrada» Mora (Buenos Aires) 14(2):

Daich, Deborah 2012 «Prostitución, trata y abolicionismo. Conversaciones con Dolores Juliano y Adriana Piscitelli», Ava (Posadas, Misiones) (20): 97-110.

Doezema, J. (1998): «Forced to choose: Beyond the voluntary vs. forced prostitution dichotomy», en Global Sex Workers: Rights, resistance and redefinition, editado por K. Kempadoo y J. Doezema, New York, Routledge.

Gimeno, Beatriz 2012 La prostitución. Aportes para un debate abierto. Barcelona: Ed.Bellaterra.

Juliano, Dolores 2004 Excluidas y marginadas. Una aproximación antropológica. Madrid: Ed. Cátedra.

Lamas, Marta 2014 «¿Prostitución, trata o trabajo?» Nexos. Disponible en: http://www.nexos.com.mx/?p=22354

Piscitelli, Adriana 2015 «Riesgos: la capilarización del enfrentamiento a la trata de personas en las tensiones entre planos supranacionales, nacionales y locales», ponencia presentada en el IV Congreso Latinoamericano sobre Trata y Tráfico de Personas, La Paz (Bolivia), octubre 2015.

Pons i Anton, Ignasi 2004 «Más allá de los moralismos: prostitución y ciencias sociales». En Raquel Osborne (ed.) Trabajador@s del sexo. Derechos, migraciones y tráfico en el siglo XXI. Ed. Bellaterra, Barcelona. pp. 113-120.

Rostagnol, Susana 2011 Consumidores de sexo. Un estudio sobre masculinidad y explotación sexual comercial en Montevideo y área metropolitana. Montevideo. Campaña del Secretario General UNETE para poner fin a la violencia contra las mujeres y las niñas.


Fuente imágenes: «En línea directa», «Pinterest», «Vix», «Agencia Enrique», hombresigualitarios.ahige.org, tar.mx, programación.net


1 «Desde dentro: los clientes vistos por una prostituta», en: Raquel Osborne (ed.) Trabajador@s del sexo. Derrechos, migraciones y tráfico en el siglo XXI. Barcelona, Ed. Bellaterra, 2004.

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