«No podemos simplemente poner a todas las mujeres de un lado y a todos los hombres de otro»

Entrevista a Saskia Sassen

Desde una postura profundamente crítica a las lógicas capitalistas actuales, Saskia Sassen, una de las sociólogas contemporáneas más reconocidas a nivel mundial, ofrece nuevos conceptos para denominar nuevas realidades, nuevas—y más complejas— inequidades.

Las palabras a las que estamos acostumbrados, por ejemplo, «desigualdad»—dice la socióloga—, no alcanzan para dimensionar fenómenos que causan la falta de reconocimiento—social, económico, simbólico, cultural, por utilizar categorías más conocidas— de diversos grupos que a priori parecieran no tener puntos de conexión pero que comparten el hecho de no estar incluidos en el sistema, de ser invisibles, como resultado de una lógica financiera que se repite en todos los puntos del planeta.

En el camino, realiza una crítica indirecta a los saberes cada vez más y más especializados por no interconectar estos fenómenos que parecen micro pero que, en realidad, son globales y sistemáticos, que atraviesan a los países ricos como a los pobres, a los del sur y los del norte. Se trata de los expulsados —concepto en el que ahonda Sassen en su libro Expulsiones: Brutalidad y complejidad en la economía global (2014)— como consecuencia de la explotación minera, de las guerras en África, de la contaminación ambiental, de la explotación de las tierras con el monocultivo, de la especulación inmobiliaria, de las persecuciones religiosas. Se afectan hábitats enteros y las personas que en ellos conviven son desplazadas, migran, quedan en los márgenes, en la periferia, desaparecen.

A Sassen le sobran credenciales y no le faltan ideas originales. Es holandesa, vivió en Argentina de joven, es profesora de la Universidad de Columbia en Estados Unidos, recibió el premio el Príncipe Asturias (hoy Princesa de Asturias) en 2013 y es autora de libros y categorías hoy de referencia obligatoria en las ciencias sociales —como La Ciudad Global—, por nombrar solo algunos puntos de su biografía personal y académica.

—Usted habla de «expulsiones» como derivación de las lógicas empresariales extractivistas. Dice que una vez que se extrae todo lo que interesa, a quienes lo hacen no les importa quiénes quedan en el territorio. ¿Qué características comparten los «expulsados»?

—El proyecto en el que se basa el libro Expulsiones tuvo como un eje central cruzar barreras conceptuales. Como investigadores y académicos, hemos generado muchísimos datos e interpretaciones. Pero terminamos con silos —uno para cada tema—. Y todo eso tiene valor. Pero hay que entender que a un cierto punto esa acumulación más y más especializada va perdiendo contacto con nuevas realidades a nivel de terreno operacional, por así decirlo. Entonces, parte del esfuerzo para mí es entender, a través de nuevas categorías de análisis, lo que está pasando a nivel básico de nuestra realidad. Entonces un fenómeno que me interesó recuperar a través de nuevas categorías es el de las poblaciones desplazadas. Otro ejemplo: el lenguaje de la desigualdad registra una condición importante, pero no suficiente para capturar la especificidad de nuestra época. Siempre ha existido la desigualdad, cualquier diferenciación puede ser pensada como una forma de desigualdad. Más aún—y esto es muy importante en mi perspectiva— necesitamos nuevos conceptos para capturar la amplitud y la profundidad de los desplazamientos sociales y medioambientales actuales. En el libro que te mencionaba, un punto crucial es que cuando una condición se vuelve extrema no logramos capturarla con nuestras estadísticas y conceptos, y en ese sentido puede volverse invisible. Hay un borde (o margen) sistémico que no tiene nada que ver con fronteras geográficas —es un borde interno a un país— y vemos más y más de estos bordes. La dinámica clave en ese margen es la expulsión de diversos sistemas: económico, social, biosférico. En este sentido, ese margen también se vuelve invisible para los modos corrientes de mirar y construir significado de los Estados y de los expertos, y por eso se vuelve conceptual y analíticamente invisible, imperceptible. Estamos viendo una proliferación de estos márgenes del sistema.

—¿Por qué son necesarios nuevos términos o nuevas categorías, como la de las expulsiones? ¿Por qué no alcanzan otros conceptos más conocidos y divulgados como el de inequidad o desigualdad?

—En parte porque ninguna categoría logra captar una realidad que va cambiando a través de los siglos. Las categorías existentes nos ayudaron a entender las décadas de la postguerra hasta que empieza la nueva época, en la década de 1980, la de la desregulación, la privatización... Lo importante para mí en Expulsiones fue recuperar la enorme diversidad de factores que van expulsando a gente de sus hábitats. Y es una diversidad que va en aumento en cuanto a los vectores que generan nuevas condiciones. Fue importante recuperar el hecho que esta diversidad se manifiesta en factores muy diferentes pero que todos están produciendo desplazamientos: las guerras en África, la contaminación de tierras y agua en Estados Unidos y Rusia por la minería, la extracción de agua por Nestlé, Coca Cola y otras 25 grandes embotelladoras que dejan acuíferos muertos, secos; los pobres que vienen reducidos a vivir en la calle, las clases medias pierden que sus hogares, cuyos hijos no logran los niveles de sus padres. Todos estos diversos desastres funcionan como indicadores de una condición que se va generalizando. En un cierto punto hay que confrontar la variedad de estas expulsiones y reconocer que tenemos que empezar a entender la conexión a un nivel más profundo que está en el origen de todas estas condiciones negativas. En lugar de verlos y estudiarlos como fenómenos separados, tenemos que tomar conciencia de la multiplicidad de vectores destructivos que nuestras sociedades avanzadas han generado. Por eso también el subtítulo del libro es Complejidad y Brutalidad: me enfoco especialmente en cómo sectores muy avanzados generan resultados elementales de destrucción.

—¿Puede nombrar los sujetos, las clases expulsadas? ¿Qué lugar ocupan las mujeres dentro de esos expulsados? ¿Sirve el concepto de interseccionalidad para analizar los distintos sujetos expulsados? Por ejemplo: cuando la categoría género interactúa con la categoría de expulsado —como el refugiado—, ¿aparecen mayores grados de expulsiones?

—Mujeres, hombres, niños, lagos, tierras, mares, todos generan interseccionalidad. Ese es un esfuerzo clave en el libro. Sé que estoy abusando del concepto de interseccionalidad, pero lo hago para confrontar la necesidad de empezar a cruzar fronteras teóricas y desarrollar nuevas modalidades de conceptualizar nuestra realidad. En el caso de las mujeres, hay mucho que decir y he escrito bastante sobre esto. Pero un hecho que necesitamos reposicionar es que hay transversalidades que conectan a hombres y mujeres y niños por vectores particulares —clase económica, persecuciones religiosas, etcétera— y que no podemos simplemente poner a todas las mujeres de un lado y a los hombres de otro. También aquí necesitamos transversalidades y una de estas es la interseccionalidad.

—Usted habla de la ciudad como el espacio donde los «sin poder» pueden hacer historia y que las fronteras están en las grandes ciudades, que son también una zona de combate. ¿Por qué la ciudad? ¿Qué papel tienen o pueden tener en el futuro los denominados movimientos sociales, entre ellos los movimientos de mujeres y feministas, para hacerle frente a esas expulsiones? ¿Se necesitan nuevas estrategias de incidencia política?

—En la ciudad, la falta de poder se puede volver compleja y en esa complejidad los sin poder pueden ser actores políticos. Me recuerda a la gran frase de los activistas pobres en América Latina: «Estamos presentes». Le pueden decir al poder: estamos aquí, esta también es nuestra ciudad. Eso no podría pasar en una mina, una plantación, una pequeña localidad muy controlada, o en un complejo privado de oficinas. La vieja frontera está en el borde de nuestros imperios, objeto de conquista y matanza. Esas fronteras ya no existen, porque la mayor parte del mundo rural está ahora comprado por grandes empresas y gobiernos ricos. Es un hecho que poca gente entiende, es difícil de creer. Entonces, la única frontera real está en nuestras grandes ciudades. Defino a la frontera como un espacio donde actores de mundos diversos pueden tener un encuentro, pero un encuentro para el cual no hay reglas establecidas del juego. Es en la gran ciudad. Actores de mundos diversos que pueden mantener esa diversidad.

Fotos: gentileza de Saskia Sassen.

Imagen intervenida: gliphos

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