Tres expertas, tres opiniones, un tema: las mujeres y las ciudades

Se calcula que para 2050 por lo menos seis mil millones de personas estarán viviendo en ciudades: al menos 50% serán mujeres y niñas. Tal vez por eso, el Objetivo número 11 de la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible propone la creación de urbes inclusivas, seguras, resilientes y sostenibles.

¿Qué papel jugarán las mujeres en esas ciudades? ¿Qué significa que las urbes sean inclusivas, seguras, resilientes y sostenibles, también para las mujeres? ¿Qué debemos hacer y planificar desde ya para garantizar hoy, el derecho de las mujeres a la ciudad en el 2030, en el 2050?

Las preguntas adquieren importancia por estos días ya que el primer lunes de octubre se celebró el Día Mundial del Hábitat. Bravas convocó a tres especialistas para reflexionar sobre estos temas.

 

 

Lakshmi Puri, Directora Ejecutiva Adjunta de ONU MUJERES: La importancia de ciudades seguras para mujeres y niñas

 

Necesitamos ciudades seguras para mujeres y niñas. El programa de “Ciudades Seguras” original fue lanzado en cinco ciudades en el año 2010 y hoy ha crecido y se ha transformado en un movimiento. En la actualidad, más de 20 ciudades, tanto de países desarrollados como de países en desarrollo, se han sumado a este movimiento. Y se ha evolucionado en el contexto de la Agenda 2030 para asumir las dimensiones, la integralidad y la naturaleza holística de lo que son las “ciudades sostenibles”. También ha evolucionado en términos de la Nueva Agenda Urbana y sus ambiciones.

Lograr ciudades seguras para mujeres y niñas implica adoptar la promesa de hacer ciudades seguras, sustentables y aptas para su empoderamiento. Supone que las autoridades y gobiernos locales sancionen leyes, ejecuten programas y políticas específicas para lograr ciudades donde exista tolerancia cero a la violencia hacia ellas. Pero también, para lograr ciudades seguras se debe pensar la infraestructura con enfoque de género, desde el transporte hasta la vivienda y la iluminación. Todos estos servicios y políticas deben ser guiados por un análisis de género y la planificación debe incluir, también, el acceso de las mujeres y las niñas a la educación, al trabajo decente, a un ambiente productivo. Y, en especial, el acceso al espacio público; es decir, a disfrutar del derecho humano al espacio público como a sus hogares.

Para lograr un planeta 50/50, como lo propone la Agenda 2030, primero debemos lograr ciudades 50/50. Se trata de abrazar los tres elementos centrales de la equidad de género y el empoderamiento de las mujeres: integridad física, voz y libertad de elección.

 

 

Olga Segovia, Consultora de la División de Asuntos de Género de CEPAL: Planificación con perspectiva de género en la ciudad

 

La perspectiva de género es un enfoque estratégico necesario para alcanzar la igualdad de género, al considerar e integrar preocupaciones, experiencias y necesidades de las mujeres al igual que la de los hombres. Es una posición política y ética que contribuye a la igualdad de género.

Un enfoque de género para planificar y gestionar la ciudad implica considerar puntos de partida de la situación de mujeres y hombres (distintos intereses y necesidades) y el impacto que determinadas políticas y acciones puedan generar en la situación en que se encuentran. Estas acciones deben estar orientadas a la transformación de las desigualdades estructurales, atendiendo las necesidades de corto plazo de las mujeres con proyección hacia el reconocimiento y fortalecimiento de sus derechos.

Mujeres y hombres tienen distintas necesidades, aspiraciones y posibilidades de usar y acceder a los bienes y recursos del espacio que habitan, como consecuencia de la división sexual del trabajo y de los roles que ambos grupos desempeñan en el ámbito público y privado.

Estudios de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) sobre distintas ciudades latinoamericanas muestran importantes desigualdades de género en cuanto al acceso a ingresos propios, niveles de pobreza, uso del tiempo y dedicación al trabajo remunerado y no remunerado.

Por ejemplo, en la Ciudad de México, el 30% de las mujeres no tiene acceso a ingresos propios, comparado con 9,4% de los hombres; y por cada 100 hombres de 20 a 59 años de edad en situación de pobreza, hay 125,6 mujeres en la misma situación. En Montevideo, 1 de cada 5 mujeres carece de ingresos, frente a algo más de 1 de cada 10 hombres, lo que se acentúa en el caso del quintil de más bajos ingresos. En la comuna de Santiago de Chile, la tasa de participación laboral femenina es menor en cualquier rango de edad a la de los hombres, y la brecha salarial es particularmente mayor a medida que las mujeres envejecen.

A su vez, el espacio urbano es un actor ineludible para la planificación de un desarrollo integral y sostenible.

El espacio urbano o no es neutro, en el sentido que es experimentado y usado por sus habitantes de forma diferente, y puede ser un actor de cambio en las relaciones sociales y en el comportamiento cotidiano de las personas. El territorio de la ciudad es el soporte que contiene las condiciones y necesidades de hombres y mujeres, y su consideración en los procesos de planificación puede ser un factor clave en contribuir a satisfacer las necesidades y superar las carencias. 

Por tanto, el desarrollo de programas y proyectos urbanos no es algo en lo que se pueda pensar en forma abstracta. La planificación está ligada al espacio del territorio, con sus características físicas y sociales y en sus diversas escalas. Es necesario plantear nuevos modelos que incorporen en la planificación las diversas realidades en que habitamos el territorio, incluidas la de las mujeres, y las diferencias que estas presentan en función de su edad, pertenencia racial y étnica, clase social, o situación profesional.

Al no incorporar en forma diferenciada los intereses y necesidades estratégicas de hombres y mujeres, una planificación que no considera las desigualdades de género tiende, en el mejor de los casos, a mantener las brechas; pero, por lo general, las acentúa. Conduce a invisibilizar las relaciones desiguales de poder, sin cuestionar tal desigualdad. El error más frecuente es la omisión de los aspectos derivados de la división sexual del trabajo, que establecen la forma en que los roles se distribuyen en la sociedad: las mujeres estarían a cargo de la reproducción social y los hombres, de las tareas productivas.

La planificación urbana con perspectiva de género debe dar respuesta a las situaciones particulares de los territorios donde se implementa, reconociendo las necesidades de los hombres y mujeres que en ellos habitan.

 

 

Ana Falú, coordinadora del Núcleo de Genero de ONU Habitat, directora ejecutiva de Ciscsa: el derecho de las mujeres a la ciudad

 

Necesitamos consolidar e incorporar el derecho de las mujeres a las ciudades, entendido como una categoría teórica y política. Pese a los avances conquistados, los espacios públicos de las ciudades siguen siendo percibidos en clave masculina. Las relaciones de desigualdad entre los géneros se expresan también en el territorio, en sus distintas escalas: la vivienda, el barrio, las ciudades. Primero está el propio cuerpo, primer territorio en disputa a defender y decidir por cada persona, para poder apropiarnos de otros territorios. Cuerpos de mujeres que se transforman en políticos, que encuentran una potente voz colectiva y masiva como lo es Ni Una Menos. Cuando hablamos del derecho a la ciudad, necesitamos avanzar en el cambio simbólico, político y también en el territorio, la integralidad de las políticas serán las que puedan limitar la impunidad en el continuum de las violencias que sufren las mujeres, desde las pequeñas agresiones, a la omisión de sus existencias y la dilución del sujeto social mujer en el concepto de familia, hasta las agresiones que llegan al asesinato.

Ese derecho a la ciudad de las mujeres significa un conjunto integral de derechos: las ventajas del desarrollo, la educación, el trabajo, la recreación; la seguridad; el territorio de la vida política, de las posibilidades, todos los cuales se niegan a millones de personas que ponen en juego la esperanza de salir de la pobreza cada día.

Al mismo tiempo, es en las ciudades donde se viven las desigualdades más obscenas y son las mujeres, por el rol asignado de cuidadoras por excelencia, quienes asumen el cuidado de la infancia, de adultos mayores, el cuidado en general no solo de personas, sino del barrio, de la escuela; y por ello usan la vivienda, el barrio y la ciudad de manera diferente a los hombres. Se trasladan en viajes múltiples, en general cortos, cargadas de bultos, niños, y optan por caminar para ahorrar el costo de un trasporte poco accesible y también inseguro.

Conocemos de las violencias que perciben y viven las mujeres en las calles, las plazas, el transporte público, por el solo hecho de ser mujeres, por el ejercicio del poder de un sexo sobre otro, ejercicio que las subordina, las desvaloriza y las somete.

Las necesidades son, entonces, defender el derecho a una vida sin violencias, contar con la proximidad de los servicios, los bienes comunes, el transporte público accesible y seguro, interconectado; es decir, aproximar las ventajas que la ciudad ofrece a las periferias alejadas y carentes de derechos donde viven la mayoría de estas mujeres. Sólo mediante políticas activas que no las omitan, que reconozcan su derecho a la ciudad; derecho que no solo refiere a lo material, sino también a lo simbólico y político, podremos caminar hacia ciudades más democráticas e inclusivas. Es necesario, entonces, hablar del derecho a la ciudad desde políticas concretas que limiten la extensión del territorio urbano, que promuevan la justicia social, la equidad de género, el efectivo cumplimiento de los derechos y la responsabilidad frente a la naturaleza cuidando a las futuras generaciones.

COMIC
AGENDA FEMINISTA
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