Feminismos en América Latina: una mirada política desde Perú

En el marco del XIV Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe que se realizará en Montevideo, seis activistas peruanas compartieron sus perspectivas sobre los debates actuales del movimiento feminista, las nuevas actoras, los nudos, encuentros y los retos del movimiento a nivel organizativo político y cultural.

 

Perú es el segundo país de América Latina con más denuncias de violaciones sexuales y el tercero a nivel mundial. Según el Ministerio Público, cada día se denuncian 41 violaciones sexuales. Las cifras son altísimas a pesar que solo el 27% de víctimas de la violencia machista se atreve a denunciar la violencia sexual debido a que una característica de la justicia peruana es la particular indolencia e impunidad con los que trata los casos de violencia de género. Solo el aborto terapéutico es legal, y por tanto, las maternidades impuestas y no deseadas son parte de la cotidianeidad y el destino de las mujeres peruanas.

En esta sociedad conservadora y posconflicto armado, el trabajo del movimiento de mujeres adquiere altos niveles de complejidad; somos un país andino, pluricultural y marcado por grandes desigualdades. A pesar de estas condiciones, el movimiento feminista peruano ha logrado convocar a una de las marchas más multitudinaria de la historia del país: en Ni Una Menos 2016, un millón de personas salieron a protestar contra la violencia machista a nivel nacional.

 

Maldeojo: Intervención pública durante la marcha “Despenaliza mi decisión” por la despenalización del aborto en casos de violación sexual durante agosto del 2015.

 

¿Qué caracteriza a los feminismos en Perú?

 

El movimiento feminista peruano vive actualmente una masificación. Luego del surgimiento de varias organizaciones e instituciones feministas en la década del 70, de la lucha por visibilizar la discriminación, la violencia de género, el derecho a decidir sobre el propio cuerpo, la igualdad salarial, etc., a partir de procesos como la lucha por el aborto legal, “Déjala Decidir” y “Ni Una Menos”, hay una implosión de nuevas actoras políticas, discursos, formas de organización y acción marcada por la presencia creciente de mujeres jóvenes menores de 30 años.

Cecilia Olea, feminista desde hace más de tres décadas e integrante del Centro de la Mujer Peruana Flora Tristán, una de las primeras instituciones de Perú, habla de un ensanchamiento y ampliación de los activismos que redunda en una mayor democratización del movimiento: “En estos momentos hay expresiones bastante heterogéneas, de colectivos, grupos de activistas en la cultura, la contracultura, y nuevas actoras como las mujeres indígenas, afrodescendientes, jóvenes y trabajadoras del arte con gran protagonismo. Creo que hay una mayoritaria presencia de líderes feministas que vienen a ampliar el movimiento con otras prácticas, enfoques, pensamientos o también puede haber nuevas actoras con enfoques similares”.

En la misma dirección, Mónica Coronado, abogada, activista lesbiana e integrante de la Campaña por una Convención de los Derechos Sexuales y Reproductivos en América Latina, visualiza desde hace una década una ebullición constante de nuevas y diversas identidades feministas: “Esto plantea una riqueza porque nos ha traído cuestionamientos a planteamientos fijos, especialmente enriquecidos por la mirada de las mujeres indígenas, lesbianas feministas, mujeres o personas trans, quienes han contribuido a romper el esquema de lo que es ser mujer en el Perú”.

Para la antropóloga y activista Angélica Motta, los feminismos peruanos reflejan la diversidad del país. En su diagnóstico, están los feminismos institucionales que derivan de los movimientos de los setenta y ochenta y que se consolidaron en los noventa a través de instituciones de la sociedad civil “desde las cuales se viene haciendo un trabajo muy importante para fortalecer a las organizaciones de mujeres y las políticas públicas a favor de la igualdad de género”. En los últimos años, añade la antropóloga, se ha dado “una suerte de explosión de feminismos desde mujeres jóvenes, estudiantes organizadas y diversos colectivos con una fuerte demanda por la autonomía sobre el cuerpo”, una dinámica que excede a Lima, y que incluye a mujeres jóvenes organizadas en regiones, “lo cual es una gran noticia en un país tan centralizado como lo es Perú”.

La descentralización y las nuevas formas de organización según el espacio geográfico son características que impregnan también a los nuevos colectivos y organizaciones feministas. Mónica enfatiza que la diversidad de las nuevas identidades ha ocasionado que los feminismos salgan de los espacios urbanos y lleguen a las periferias y los conos urbanos. En la visión de Cecilia, una característica determinante en la actualidad es la ausencia de una burocracia organizativa en el movimiento feminista: “No hay una centralidad ni geográfica ni política, lo que permite que personas en sus barrios, sus universidades, sus trabajos, en el lugar donde desarrollan su vida cotidiana, puedan intervenir y no necesariamente con la presencia de una estructura organizativa”.

 

Paula Virreira: En 2016 una mujer Denisse Vidal con solo 19 años fue asesinada luego de ser violada. Cuando su cuerpo semi desnudo fue encontrado en el acantilado de una playa de Lima, tenía escrito en la pierna la palabra PUTA. Activistas feministas integrantes del Ella Perú performaron esta intervención en memoria de Denisse.

 

Más feminismos, nuevos lenguajes

 

La incorporación de mujeres jóvenes a la militancia por los derechos de las mujeres trajo consigo propuestas para transformar las narrativas, las formas de organización y la gestión. A los ojos de Geraldine Zuásnabar, comunicadora audiovisual e integrante del colectivo de comunicación feminista Chola Contravisual, existe una oleada de mujeres jóvenes interesadas en militar y hacer del feminismo una forma de vida, lo cual coincide con nuevas formas de organizarse y resistir colectivamente las diferentes opresiones.

Los procesos de las jóvenes que encuentran en los feminismos una forma de resistencia es algo que nos invita a hablar sobre las nuevas formas de autogestión, para problematizar y cuestionar las estructuras que nos oprimen como mujeres”, plantea Geraldine, quien también impulsa el espacio cultural feminista “La Munay” en la región de Huancayo, una de las zonas más pobres del Perú.

Micaela Távara, artivista, performer e integrante del colectivo Trenzar, rescata la incorporación de nuevas narrativas desde el arte: “Nos enfocamos en que el arte esté involucrado en estos procesos políticos para tener incidencia social. El movimiento feminista en Perú trabaja mucho en replantear los imaginarios de la gente”.

En estos procesos, el cuerpo –o la cuerpa como le denomina Micaela– ha sido un eje fundamental de las apuestas políticas. El cuerpo de las mujeres como territorio de disputa histórica con el Estado, los fundamentalismos y el biopoder, ha ocupado un rol fundamental en el trabajo de transformación cultural que libran los movimientos en América Latina y también en Perú. Para Micaela, uno de los principales aportes de esta nueva generación es “la resignificación del cuerpo como herramienta política”.

Angélica lo explica de la siguiente manera: “Estas mujeres jóvenes tienen una especial preocupación por la autonomía sobre el cuerpo y la sexualidad que se hace evidente en las maneras en que los cuerpos se ponen en juego en las performances e intervenciones que se realizan para plantear sus demandas. Veo una mayor articulación con las demandas del movimiento LGTBI, la interseccionalidad entre las opresiones creadas tanto por el sistema de género como por el de las jerarquías sexuales está muy presente y creo que eso es un aporte importante de esta nueva generación”.

 

Foto: Francesca Bernetti  y Alberto Távara

 

Debates que se dan (o no)

 

En relación a los temas y debates pendientes al interior del movimiento, Mónica señala la importancia de los diálogos interculturales para establecer un mayor entendimiento con otros movimientos como el indígena, ya que aún existen tensiones respecto a agendas urgentes (como el acceso al aborto legal o la diversidad sexual) debido a la ausencia de consensos sobre las formas de activar y visibilizar estas luchas. Hablar desde la interculturalidad también nos implica hablar y reconocer relaciones de poder, cosmovisiones distintas y sistemas político sociales y, sobre todo, hablar desde nuestras subjetividades”, apunta.

Para Cecilia, un tema pendiente es la gestión del conocimiento o la acumulación de la memoria del movimiento feminista. O, dicho de otra manera, cómo se transmite el aprendizaje político del movimiento. Para esto, entiende, son necesarios espacios de escucha intergeneracionales. Liz Meléndez, directora del CMP Flora Tristán, comenta que actualmente los feminismos tienen como reto en común enfrentarse a los fundamentalismos y es momento para analizar detenidamente las estrategias de los grupos antiderechos como la plataforma Con Mis Hijos No Te Metas: “Hay que reconocer muy bien el nivel de argumentación que manejan estos fundamentalistas, que toman los conceptos desarrollados por los feminismos para tergiversarlos. Creo que las feministas siempre hemos debatido desde la razón, pero la estrategia de estos grupos antiderechos es apelar a la emoción. Debemos pensar la estrategia que usaremos para llegar a la población, desestigmatizar y desmitificar el feminismo, y colocarlo como un aporte fundamental para las democracias en el mundo”.

Para Angélica, quien también es docente de la Maestría en Estudios de Genero de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, un debate pendiente son las identidades no binarias: “Creo que es muy poco lo que hemos avanzado en entender cómo las corporalidades trans e intersex cuestionan nuestras concepciones y subjetividades de lo que significa ser mujer y, por tanto, cómo entendemos a la sujeta legítima de las luchas feministas”.

Micaela ve un vacío sobre los debates en el fin y el para qué de las principales demandas del movimiento, como el derecho al aborto, pues estas demandas no llegan a aterrizarse en la cotidianeidad de las mujeres: “No estamos teniendo el debate de por qué queremos decidir sobre nuestros cuerpos, por ejemplo, qué ocurre después. Hablamos de grandes cosas, pero no hablamos de lo más pequeño y cotidiano que viven las mujeres”.

El feminismo ha logrado permear toda la sociedad peruana y lo vemos también a través de las diversas plataformas, incluidas las virtuales, que han en aparecido los últimos años y tienen un alto nivel de incidencia al denunciar la violencia cotidiana que viven las mujeres.

Los retos organizativos y políticos aún vigentes, son: el aprendizaje del trabajo en red, establecer diálogos interculturales e intergeneracionales, pensar como movimiento qué tipo de democracia queremos vivir, y cómo articularnos en nuestras diversidades y grandes diferencias. Después de todo, como dice Mónica, se trata también de ponderar la fuerza revolucionaria y liberadora de los feminismos, y de darnos cuenta que estamos luchando por la posibilidad de ser felices desde las diferentes identidades que tengamos y asumamos como feministas.

 

Foto: El Comercio. El movimiento feminista en Perú ha resignificado políticamente el cuerpo como herramienta de lucha. Decenas de activistas hicieron topless frente al Congreso de la República donde se debatía la despenalización del aborto en casos de violación sexual. 

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