La experiencia en torno al aborto en Chile

Una cuna vacía y mujeres orando en torno a la cuna vacía durante todo el día frente al poder legislativo. Un “bus de la familia”. Gritos de “¡Asesinas!”. Miniaturas de fetos entregados a parlamentarios y parlamentarias. Rezos y oraciones frente a las casas de los jueces de la Corte. Batas blancas de médicos que anuncian renuncias y objeciones masivas. Los religiosos fundamentalistas desplegaron una campaña comunicacional agresiva como nunca contra las feministas en Chile, que ha obligado a una tregua en torno los debates internos del feminismo para defender las tres causales.

Chile había tenido aborto “con fines terapéuticos” desde 1931, en gobiernos cercanos al catolicismo. “La oposición de las mujeres a la dictadura de Augusto Pinochet fue tan fuerte que me atrevería a afirmar que la penalización total del aborto fue la venganza que el dictador encontró para con nosotras”, dice Gloria Maira, ex vice ministra del Servicio Nacional de la Mujer (SERNAM) de Chile.

La dictadura pinochetista se extendió en Chile hasta 1990. En 1989, el aborto se convierte en “crimen”. En 2017, 28 años después, las organizaciones de mujeres junto con las de Derechos Humanos y el movimiento de la disidencia sexual, lograron que se levante la penalización completa por aborto y se aprueben tres causales: peligro para la vida de la mujer, inviabilidad fetal de carácter letal y embarazo por violación.

El debate en torno al aborto le costó el cargo a Maira, pero sigue apostando al movimiento de mujeres desde el Fondo Alquimia. Ella es economista y Magíster en Ciencias Sociales con Mención en Género de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Política feminista e investigadora de temas relativos a la violencia contra las mujeres y al aborto. Ha trabajado en agencias de las Naciones Unidas y como consultora sobre temas relativos a los derechos de las mujeres. Integrante de la Coordinación de la Red Chilena contra la Violencia Sexual y Doméstica de Chile. “El desafío es ahora no enterrar el debate como quieren los conservadores. El desafío es seguir hablando de aborto”, dice Maira.

Maira participará del 14º Encuentro Feminista de América Latina (EFLAC) que tendrá lugar del 23 al 25 de noviembre en Montevideo, Uruguay, donde promete compartir las experiencias y estrategias feministas en Chile, han logrado enfrentar juntas la agresiva campaña del fundamentalismo.

 

—¿Cómo se logró avanzar en las tres causales?

—Desde la recuperación de la democracia, la posibilidad de avanzar en la agenda de derechos de las mujeres siempre se topó y seguirá topando con los discursos de los sectores más conservadores en Chile. En el primer y segundo gobierno de la Concertación, la ley de filiación, que derogó la diferencia entre hijos “legítimos” e “ilegítimos”, tuvo una oposición brutal dentro de los conservadores. Los legítimos, nacidos dentro del “santo matrimonio” y los “ilegítimos”, el resto. Decían que esto iba a hacer la disolución de la familia, a favorecer abusos patrimoniales, etcétera. Nadie discute hoy que los hijos son iguales, si fueron dentro o fuera del matrimonio, pero en ese momento marcó una disputa muy dura dentro de la sociedad chilena, donde los conservadores marcaron esta posición de que “la familia constituida por sacramento católico”, era la que valía y todo el resto era gente que vivía en pecado. Siempre hemos tenido en Chile esa resistencia de los sectores conservadores que son los que están vinculados al poder económico. Siempre manejaron el discurso de Chile “un país conservador”, “de buenas costumbres”, donde la institución de la familia era “sólida” y la familia “bien constituida”. Es el imaginario sobre el cual actuaron durante muchísimos años. El movimiento feminista, las organizaciones de mujeres, el movimiento de Derechos Humanos y el movimiento de la diversidad o disidencia sexual ha logrado fisurar ese discurso hegemónico y lo que ha sucedido, sobre todo en la última década, es una demanda al Estado muy fuerte en materia  de reconocimiento de libertades y derechos. Se logró por ejemplo, una ley contra la discriminación. Se presentó durante el primer gobierno de la presidenta Michelle Bachelet, pero el finalmente se aprobó durante el gobierno de Sebastián Piñera. También se aprobó una ley de unión civil que reconoce las uniones de hecho entre personas de igual o distinto sexo.

 

—¿Quiénes conforman este sector conservador?

—Este sector que habla de la familia está arraigado sobre todo en la UDE, la Unión Democrática Popular, que es un partido que sale del periodo de la dictadura, no diría de manera monolítica, pero los pinochetistas están gran parte agrupados ahí junto con Renovación Nacional. Es donde se concentra el sector conservador. Además, existe una serie de organizaciones de tipo secundario, como “Chile Unido”, “La familia y la Vida”, que siguen manejando este discurso y que influyen en colegios y ámbitos educativos.

 

 

—¿Qué hay del otro lado de este sector conservador?

—Feministas de todas las tendencias. Todo el movimiento de la diversidad sexual y gran parte del movimiento de Derechos Humanos siguen presionando por la profundización de la democracia, en este caso respecto a libertades y derechos. Es una confrontación que está vigente. Quedó claramente retratada en lo que fue el tratamiento de la despenalización del aborto por tres causales, donde todas estas fuerzas llegaron al parlamento con mucha fuerza.

 

—En Chile, al igual que en Perú y Paraguay, apelan al discurso de contra denominada “Ideología de Género”. ¿Cuál fue el discurso durante la discusión del aborto?

—Los de la “ideología de género” trajeron un bus gigante con la inscripción de “Los hombres, son hombres; las mujeres son mujeres”. Buscaban establecer que esto es lo normal y respecto de los demás, tengamos tolerancia si quieres, pero no es labor del Estado promover estas formas de vida y de opciones que van en contra de lo natural. Esto es un discurso que está muy arraigado y que tiene mucha fuerza en las iglesias. Mientras se da la misa, en las iglesias se cuelgan carteles gigantes con imágenes de mujeres y fetos con la inscripción “Sí a la vida”. La constatación que nos queda es que están muy bien organizados, muy bien financiados y acceden fácilmente a los círculos de poder establecidos. La despenalización por las tres causales es un pequeño peldaño de una lucha mucho más prolongada, esto que tenemos ahora, va a tocar defenderlo. De hecho, Sebastián Piñera, uno de los candidatos a la presidencia, ya avisó que uno de los lemas de campaña es derogar esta ley.

 

—¿Cuáles son las dificultades que presenta la nueva legislación?

—La única causal dónde realmente se materializa la decisión de la mujer es en el de violación, porque hay una maternidad forzada. En caso de riesgo vital y de inviabilidad fetal, de alguna u otra manera, el poder de decisión está en el equipo médico. Un embarazo ectópico hay que intervenirlo o la mujer se muere. En el caso de inviabilidad fetal, lo que se está viendo es que cuando no hay posibilidad de vida, mantienen la gestación hasta la semana 20 y ahí inducen el parto. Y ya es parto, no es un aborto. Entonces es en la causal de violación donde se concentra la posibilidad de la autonomía reproductiva y por eso fue la causal más resistida. Los fundamentalistas decían que la causal de violación era abrir la puerta al aborto libre porque todas íbamos a llegar a decir que éramos violadas para poder acceder a la prestación, lo que es una grosería. ¡Es volver a poner en cuestión siempre la voz de la mujer! Es decir, “tú no eres creíble, demuéstrame que realmente te violaron”. Por lo tanto, la causal violación es la que tendrá más obstáculos para el acceso. En el caso de mujeres mayores de 14 años, son 12 semanas de gestación y en el caso de las niñas son 14 semanas. ¡Y 14 semanas es nada! Porque en general esos embarazos se descubren cuando el embarazo es visible y cuando eso ocurre estamos llegando al final del primer trimestre; muchos de ellos son productos de violación reiterada. Es problemático porque entre que se descubre, la niña explicita que fue por violencia sexual, que en la gran mayoría proviene del círculo familiar cercano... Suponiendo que la niña dice “quiero abortar”, si el representante legal dice que no, entonces debe ir a un tribunal con competencia en familia para que autorice. ¡O sea, las semanas se te acabaron! Y de ahí, volver al centro de salud y que no te encuentres con un objetor de conciencia, en ese caso hay que derivar. Es decir, es ahí dónde se pusieron el mayor número de obstáculos y lo paradójico es que desde el discurso de la defensa de los niños y las niñas es donde más se pone problema.

 

—¿Qué implica simbólicamente la despenalización por tres causales?

—Es un hito. Y un hito importante. Si uno mira en el universo de mujeres que abortan, habría que llegar a la conclusión de que va a cobijar a un número muy reducido. Riesgo vital e inviabilidad fetal y violación, te diría que constituyen la menor cantidad los casos. La gran mayoría de las mujeres que abortan tienen múltiples razones: no es un embarazo oportuno, no quiero ser madre, estoy estudiando, no tengo trabajo, me abandonaron… Entonces, objetivamente, resuelve muy parcialmente el problema pero creo que el mayor impacto que tenemos es a nivel cultural. Hasta que comenzó a discutirse el proyecto, solamente existían en el debate público o tenían mayor resonancia, las voces contrarias a la del derecho a decidir de las mujeres. Tenían púlpito no solo en la Iglesia sino en el Estado los sectores que estaban en contra de cualquier forma de decisión de las mujeres. Y el debate legislativo permitió que en las organizaciones de mujeres, en las organizaciones de derechos humanos, las organizaciones feministas alimentaran el debate público mucho más allá incluso de las tres causales, legitimando el poder de decisión de las mujeres en materia reproductiva. Cuando se aprueba, casi el 80% de la población en Chile apoya la modificación en las tres causales, según una encuesta que salió en marzo de este año. Más de 50% de mujeres en el país considera hoy que el aborto debiera ser un derecho. Entonces, el cambio cultural que se produce de un discurso que ligaba aborto únicamente a “crimen” y a nosotras como asesinas se modifica y pasa a nombrarse al aborto como un espacio de decisión de las mujeres, como un derecho en materia de autonomía reproductiva. Esta es una de las grandes ganancias que tiene todo este proyecto en Chile. Para despenalizar completamente el aborto en el primer trimestre pasarán años, pero tenemos hoy un piso que hay que cautelar.

 

—¿Qué impacto esto tiene a nivel regional?

—Es muy importante, porque de todos los países que tienen una despenalización absoluta del aborto, la gran mayoría está en nuestro continente, excepto en El Vaticano –que, convengamos, no es país– y Malta. Todos los demás están en América Latina. Entonces, el hecho de que Chile salga de la penalización absoluta influye evidentemente en lo que los movimientos feministas y de mujeres como Nicaragua, Salvador, Honduras, República Dominicana. Todo el debate que se produjo a nivel parlamentario y también a nivel del Tribunal Constitucional produjo nuevas argumentaciones, profundizó en las ya existentes y eso, efectivamente, son herramientas para el movimiento que hay que rescatar.

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