Género y ciencia desde la ignorancia

Joseph Jastrow toma unas hojas en blanco. Pide a mujeres y hombres que escriban una lista de cien palabras. Al compararlas, encuentra que las mujeres escriben cosas concretas del día a día: mesa, silla, etcétera. Los hombres, en cambio, escriben conceptos más abstractos: justicia, libertad, racionalidad, etcétera. Las palabras que ellas escriben son todas parecidas, las de ellos son diversas y variadas. A juicio de Jastrow “esto evidencia claramente que los hombres son más inteligentes que las mujeres” y lo publica en Psychological Review de la American Psychological Associated.  En el siglo XIX, Jastrow es un señor respetado. Mary Whiton Calkins, psicóloga y filósofa, pregunta mucho. ¿Quiénes integran la muestra de Joseph Jastrow? Mary descubre que los varones son universitarios, alumnos de Jastrow, y las mujeres, camareras y amas de casa; y replica el ejercicio científico tomando a los alumnos de Jastrow y a sus alumnas. Resulta que lo que escriben los hombres y las mujeres universitarias es muy parecido.

Esta es sólo una pequeña historia para hablar de las mujeres en la ciencia o el tratamiento de la ciencia a las mujeres. Mary, preguntando y preguntando, es la primera mujer en dirigir American Psychological Associated, APA.

“¿Por qué no hay un anticonceptivo masculino pese a todos los avances de la ciencia?”, se pregunta Marta González García, de la Universidad de Oviedo, durante una conferencia en Asunción (Paraguay) titulada “De la ignorancia a la injusticia. Analizando la ciencia y la tecnología desde las vidas de las mujeres”. ´

 

González García es doctora en Filosofía y licenciada en Psicología por la Universidad de Oviedo, España. Ha sido investigadora en la Universidad Técnica de Budapest, la Universidad de Minnesota (MEC/Fulbright), la Universidad Complutense de Madrid y el Instituto de Filosofía del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), así como profesora de historia de la ciencia en la Universidad Carlos III de Madrid. En la actualidad es profesora en el Departamento de Filosofía de la Universidad de Oviedo y Científica Titular en excedencia del Instituto de Filosofía del CSIC.

 

 

“¿Qué por qué no hay un anticonceptivo masculino? Porque los hombres no aguantan los efectos secundarios de las medicaciones. Y las mujeres que toman pastillas anticonceptivas, ¿por qué cosas pasan?”. González García pregunta mucho, igual que Mary Whiton Calkins y no sabe que unas semanas después de su conferencia, en Paraguay, el Ministerio de Educación y Ciencia prohibirá la teoría de género en las instituciones públicas dependientes de este ministerio.  

 

—Hoy en día no hay más problemas para acceder a los centros de investigación. Sin embargo, las carreras científicas de hombres y mujeres siguen desarrollándose en condiciones de desigualdad; no progresan de la misma manera. Hay otro campo de investigación entre tecnología y género que se ocupa de este asunto, de las barreras socio-institucionales que no se ven. Una vez más, es lo que no se ve, es lo que está de manera subterránea, no está en la luz, está en la ignorancia, porque en la legislación no hay nada que nos impida tener las mismas carreras profesionales que los varones ¿no? Existen evidencias de que el conocimiento está atravesado de algún modo por el género.

 

¿Por qué desde la ignorancia?

—Lo que nos interesa en epistemología, la investigación acerca del conocimiento, básicamente es cómo conocemos y si lo que conocemos es cierto, riguroso. Los científicos epistemólogos han pensado en las expresiones de lo que se conoce y el sujeto que conoce. Pero dejamos de lado un punto de vista… Podemos hacernos una pregunta epistemológica: ¿por qué investigamos unas cosas y no otras? ¿Qué pasa con la ignorancia de temas importantes? ¿Por qué no prestamos atención a los problemas que son importantes? Es un problema también epistemológico. ¿Cuáles son las preguntas de investigación que no se hacen porque no interesan? ¿Por qué no se nos ocurre? ¿Qué pasa cuando tenemos algún conocimiento y decidimos olvidarlo? Todas estas cuestiones son los temas de la ignorancia y están recibiendo un tratamiento especial de parte de los epistemólogos. La ignorancia, como el conocimiento, tiene muchos tipos.

 

—¿Por ejemplo?

—Esta ignorancia funciona en investigaciones científicas o proyectos tecnológicos o tienen una influencia clara sobre temas de género, sobre la vida de las mujeres o sobre representaciones científicas de la naturaleza o de diferencias de los hombres y las mujeres. Hay un tipo de ignorancia que se ha pensado desde la literatura, la ignorancia tóxica. Una de las primeras personas que comienza a estudiar la ignorancia desde la epistemología es Robert Proctor, un investigador estadounidense muy conocido, que se interesa por la ignorancia estratégica, consciente. Cuando decidimos ignorar algo, sembramos dudas sobre lo que tenemos certeza de que es cierto. Su ejemplo predilecto, el que ha estudiado, es el de las compañías de tabaco. Se sabe hace mucho tiempo que afecta a la salud, sin embargo, cuando comenzaban a salir los estudios científicos sobre los efectos del tabaco, la tabacaleras comenzaron a hacer campañas conscientes para sembrar dudas acerca de que este conocimiento fuera cierto. Trataban de sembrar dudas sobre los efectos cancerígenos del tabaco, y esto es lo que Proctor ha estudiado profundamente en los años 50 y 60. Tenemos estudios más actuales de la creación tóxica de la ignorancia. Pensemos, por ejemplo, en el cambio climático. Tenemos evidencia científica comprobada de que estamos sufriendo un cambio climático por la influencia humana y hay un consenso científico al respecto. Sin embargo, hay un grupo pequeño de evasionistas que siembran dudas sobre la rigurosidad y validez de este conocimiento científico. A esto, Proctor lo llamaría una ignorancia estratégica, interesada o tóxica, que se intenta promover con fines, políticos, empresariales, etcétera.

 

 

 

 

—¿Cuáles son las formas de ignorancias vinculadas al género y que tienen influencia clara sobre la vida de las mujeres?

—Una es la ignorancia por la fuerza de los prejuicios. Cuando aquellas convicciones que tenemos, preconcepciones sociales o culturales no basadas en conocimientos científicos, nos impiden ver más allá, se conforman como una nube delante de nuestros ojos. Es una ignorancia no consciente. Aparecen algunos nombres de académicos en general que nos hacen ver este tipo de ignorancia: Helen Longino, epistemóloga noerteamericana. La psicología científica, por ejemplo, tuvo desde finales del siglo XIX e inicio del XX todo un interés científico en las diferencias sexuales, y en un principio había una presuposición general de que las mujeres éramos intelectualmente inferiores a los hombres. Esta presuposición, la psicología general ya no tiene, en gran medida gracias al trabajo de muchas psicólogas que criticaban la metodología de experimentos y estudios que colocaban como validadas aquellas presuposiciones. A principio del XX esto funcionaba de tal manera que generaba una ignorancia grandísima, como es el caso de Joseph Jastrow.

La segunda es lo que se sabe, pero se decide ignorar u olvidar. Esto es lo que la estadounidense Nancy Tuana, historiadora de la ciencia llama la “epistemología de la ignorancia”. Estudió bastante estos conocimientos que caen en el olvido, debido a un tipo de falta de interés. Una profesora de primaria francesa había desarrollado un clítoris con una impresora en 3D para la clase de sexología, porque era para los alumnos un descubrimiento muy grande. Ella quería reivindicar el conocimiento de esta estructura anatómica femenina que había sido olvidada a través del tiempo. Tuana ha estudiado el caso de cómo el conocimiento de la anatomía sexual femenina era un conocimiento que existía ya en los siglos XVI y XVII, cuando el cuerpo humano se había comenzado a estudiar en serio y hubo un conocimiento concreto sobre el clítoris y su función del placer femenino. Pero de alguna manera este conocimiento se pierde, se olvida. En los libros y manuales de biología de la década de los 60 hasta 80, el clítoris no aparece. Nos preguntamos por qué se ignoró el clítoris y pensamos que esta ignorancia tiene que ver con el hecho de las representaciones: el clítoris sirve para dar placer a las mujeres pero no tiene una función en la reproducción. Por eso se les había olvidado, porque no “interesaba”.

En tercer lugar, lo que se ignora porque no se pregunta. Cualquier investigación científica comienza con muchísimas preguntas, pero hay tantas más que no se hacen. La ciencia por hacer es un inmenso campo inexplorado. Pero es interesante desde el punto de vista epistemológico por qué unas cosas se investigan y otras nunca. Puede ser porque no se nos ocurra, porque aún no tengamos los conocimientos suficientes para poder elaborar esas preguntas; a veces simplemente cuando más conocemos sobre un campo, más preguntas podemos hacernos. Hay preguntas que no hacemos, no porque no tengamos la capacidad de hacerlas, sino porque no nos interesan. La píldora anticonceptiva fue desarrollada en Estados Unidos, la promotora fundamental fue Margaret Sanders, fundadora de la Liga Americana para el Control de la Natalidad, quien trabajaba con jóvenes embarazadas, con mujeres solteras que cometían abortos que las colocaban en grave riesgo para su salud. Ponía todo su empeño en evitar los embarazos indeseados, porque las mujeres sufrían mucho por esa causa. Pensó en un medicamento que pueda evitar los embarazos y recibió el apoyo de quien tenía el dinero suficiente para poner en marcha este estudio y también del médico que desarrolló la píldora anticonceptiva. El desarrollo de la píldora fue un gran avance para la salud reproductiva y la vida sexual de las mujeres, pero tuvo costos. Las primeras mujeres que los sufrieron fueron las mujeres que participaron de los ensayos clínicos de los anticonceptivos. Para ponerlas a prueba utilizaron a las propias pacientes de los doctores, pero usaron a mujeres puertorriqueñas sin su consentimiento auténtico, las utilizaron como conejillas de indias sin que ellas estuvieran informadas y las primeras píldoras tenían una carga hormonal altísima que suponía efectos colaterales muy serios. Muchas sufrieron problemas de salud.

En cuarto lugar, las innovaciones con perspectiva de género. Un estudio sobre la movilidad en España, omite o invisibiliza la movilidad del cuidado y muestra sesgos en conceptos y métodos.

 

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