Venezuela: un dolor presente

Venezuela hoy es el país de lo que pudo ser. La mayoría hablamos en futuro o en pasado, pero difícilmente en presente. Se habla sobre el país –futuro– que queremos ser “cuando todo esto pase”. O en el país –pasado– que alguna vez fuimos. La nostalgia por lo que fue y por lo que no somos es un sentimiento que nos arropa. Y generalmente cuando hablamos en presente es para quejarnos, para sufrir en primera persona. Es para hablar de quién se fue, se va o está por irse (o de quien queremos que se vaya). De qué precio subió o está por subir. De qué alimento falta y cuántas medicinas no consigues. Los cálculos abundan en este día a día que a veces parece un mal chiste: cuánto tiempo falta para que esto cambie; cuántas horas pasaste en la fila para el pan; cuántos cajeros automáticos y bancos recorriste para conseguir dinero en efectivo (porque no hay); cuántas horas pasaste sin luz; cuántos días sin agua; cuántas personas de tu familia se han ido; cuántos hospitales visitaste hasta conseguir que te atendieran; cuántos paquetes de arroz te vendieron; en cuánto está el dólar paralelo (negro).

Tratar de contar cómo un país donde el petróleo financió hasta los gustos más extravagantes, pasó a ser un país donde su gente pasa hambre y algunos escarban en la basura para comer, sin caer en reduccionismos, no es fácil. Como salida de un libro de ficción, la cotidianidad te recuerda la gran contradicción entre un Estado ausente de todo pero que todo ha trastocado. Hábitos alimenticios, horarios y tiempo para el esparcimiento, hábitos de higiene, presupuesto familiar, hasta la hora del país fue cambiada durante unos 10 años, ubicándonos extrañamente en un huso horario que no compartíamos con nadie más en el mundo y que alteró las horas de luz natural de este país tropical.

Es una cotidianidad complicada, exigente, desgastante física y emocionalmente pero, sobre todo, llena de incertidumbres. ¿Conseguiré? ¿Me quedaré? ¿Me robarán? ¿Me alcanzará? Un rosario de preguntas diario nos ocupa. Y es que vivir en Venezuela se ha convertido casi en un acto de fe.

¿Cómo llegamos aquí?

Venezuela vive prácticamente del petróleo –el cual cada vez produce menos debido a manejos ineficientes y corrupción, y cuyo precio ha fluctuado en los últimos años muy marcadamente. La venta del crudo y los enormes ingresos que producía sirvieron para financiar el proyecto político de Hugo Chávez: instaurar un modelo socialista con más parecido a los regímenes de las antiguas repúblicas de la órbita soviética que al socialismo moderno y progresista europeo. En ese modelo el Estado se ocuparía de todo. Si usted deseaba tomar leche, por ejemplo, todos los componentes de la cadena –desde el alimento para las vacas, las vacas mismas, la finca y las maquinarias para procesar la leche, las cadenas de distribución, la fuerza laboral y hasta el empaque– estarían en manos estatales. Para lograr aquello había que sustituir la iniciativa privada de miles de productores en todo el territorio y miles de empresas que se ocupaban de distintas etapas del proceso. Y se hizo en gran medida, utilizando la figura de expropiaciones o confiscaciones.

Mientras se pudo, y mientras se producía la transición de unas manos a otras, el gobierno de Chávez se apoyó en importaciones masivas de todo tipo de productos financiados con los entonces abundantes petrodólares. En manos del Estado, las tierras dejaron de producir, y las empresas nunca lograron arrancar eficientemente, todo envuelto en una gran nube tóxica de corrupción, ineficiencia, negligencia y oportunismo. Según Transparencia Internacional, el Estado venezolano pasó de ser propietario de 74 empresas públicas en el año 2001 a 526 en el año 2017 –diez veces más que Argentina. Muchas de esas empresas no producen nada o sólo dan pérdidas millonarias: ocho empresas estatales dieron pérdidas por 1.200 millones de dólares sólo en 2016.

Las empresas aún en pie han sido (y son) constantemente acosadas, amenazadas y obligadas a vender su producción a precios casi siempre por debajo de sus costos de manufactura gracias a un férreo control de precios. Ante el escenario de tener que comercializar sus productos a pérdida, numerosas empresas y comerciantes han decidido cerrar.

La política de importaciones fue impulsada por el gobierno, quien las estimuló en base a tipos de cambio preferenciales, haciéndolas baratas para muchos rubros. En medio de la bonanza petrolera más grande que ha conocido Venezuela en su historia, entraron millones de dólares en productos que terminaban siendo significativamente menos costosos que aquellos elaborados localmente. Pero los esquemas de aprobación de divisas dieron pie a gigantescas roscas de corrupción. Se estima que en los primeros 11 años de existencia del control de cambio (aún vigente), se aprobaron unos 230.000 millones de dólares para importaciones de los cuales 138.000 millones fueron desviados y malversados por empresas fantasmas. Para poner en contexto: con el dinero desaparecido se hubiese podido pagar la ampliación del Canal de Panamá, cuyo costo fue de 5.000 millones de dólares, unas 27 veces.

La baja de los precios del petróleo, unida a la reducción de la producción más la enorme corrupción y otras actividades ilícitas, disminuyeron la cantidad de dólares disponibles. Si a esto agregamos la merma de la producción local de todo tipo de bienes, más otras distorsiones de la economía, nos da como resultado la situación que los medios del mundo entero reseñan hoy: escasez, desabastecimiento y hambre, acompañada de una brutal represión usada contra quienes denuncien o protesten por este estado de cosas. Lo que se produce en Venezuela es poco y no alcanza: sólo el 30% de lo que comemos es de factura nacional. Las importaciones prácticamente desaparecieron, ya que no hay dólares para pagarlas. Y las pocas divisas disponibles no son usadas para financiar asuntos prioritarios como alimentos y medicinas. La moneda se ha convertido en billetes de juguete con cada vez menos valor, con una inflación se calcula por encima del 1.000% para el 2018 y sin suficiente dinero en efectivo.

Los petrodólares lograron financiar programas sociales de dudoso impacto que no solucionaron las profundas deficiencias de áreas fundamentales como salud y educación. Más bien, las exacerbaron creando una base clientelar y dependiente cada vez más de las medidas asistencialistas del Estado. Todo esto en un contexto donde los abusos de derechos humanos son cada vez más evidentes y donde la oposición y la disidencia pagan un alto precio por exigir cambios.

 

“Situación país”

En Venezuela utilizamos a menudo la frase “situación país” que es una especie de amplio paraguas para describir todo lo que aquí está mal, partiendo fundamentalmente de la ausencia del Estado en la atención de asuntos elementales. Los efectos sobre poblaciones vulnerables con pocos o ningún recurso para enfrentarla son devastadores. Una encuesta realizada por tres de las universidades venezolanas más importantes calculó que el 82% de los hogares venezolanos están en situación de pobreza, y más de la mitad de la población vive en pobreza extrema. Muchos de esos hogares tienen jefatura femenina. Y el 18% de los hogares que no son considerados pobres, han visto sus condiciones de vida deteriorarse vertiginosamente. Profesionales con experiencia y educación suficientes como para devengar sueldos competitivos, ganan en promedio el equivalente a 50 dólares mensuales o menos, es decir, entre 1 y 1,5 dólares diarios aproximadamente.

Durante el año 2016, siete de cada 10 personas refirió una pérdida de peso no controlado de ocho kilos y medio en promedio (sarcásticamente, a este fenómeno lo llamamos la “dieta de Maduro”).

¿Revolución feminista?

Las mujeres, niñas y adolescentes llevan un peso desproporcionado de esta crisis sobre sus hombros. En medio de una cultura con fuertes sesgos machistas, y con políticas que, lejos de romper los estereotipos tradicionales que asocian a las mujeres a las labores de maternidad y cuidados, sino que los refuerzan, no es de extrañar, por ejemplo, que las filas frente a los supermercados estén pobladas mayoritariamente por mujeres, o que sean ellas quienes abandonen sus puestos de trabajo para cuidar hijos, hijas y otros familiares y para dedicarse a buscar alimentos, medicinas e insumos escasos. Ello se ve reflejado en la tasa de desocupación femenina que aumentó tres veces más que la masculina en sólo un año, cuando pasó de 1.5% (en diciembre de 2014) a 4.5 (en diciembre de 2015). La revolución feminista proclamada por Hugo Chávez primero, y por Nicolás Maduro después, hasta ahora ha demostrado ser no más que un espejismo. Sí, la igualdad de género es temática obligada de numerosos discursos oficiales. Pero la voluntad de ese verbo no va acompañada con recursos y políticas eficientes que impidan que las mujeres sigan cayendo en la pobreza, en la enfermedad, en la violencia o que sigan en actividades de subsistencia.

Citaré sólo un ejemplo: ese logro emblemático de la segunda ola del feminismo como es la píldora, la cual ha permitido a las mujeres tomar el control sobre sus cuerpos y su sexualidad, no está disponible amplia y libremente en la Venezuela del siglo XXI. En la tierra del autoproclamado gobierno feminista, el derecho a la autonomía reproductiva ha sido sistemáticamente vulnerado dada la escasez aguda de métodos anticonceptivos de todo tipo tanto en el sistema público como en el sistema privado de salud. Los servicios de salud sexual y reproductiva son deficientes (o inexistentes), incluyendo aquellos dirigidos a adolescentes. El Estado no hace compras ni distribuye en cantidades suficientes para toda la población. Pero tampoco aprueba las divisas para que los laboratorios farmacéuticos importen bien sea productos terminados o materias primas para su elaboración localmente. De hecho, el Estado mantiene una deuda aproximada de 6.000 millones de dólares con proveedores internacionales por divisas que fueron solicitadas y aprobadas para la compra de medicamentos, pero que luego nunca fueron liquidadas. Ello desde luego motivó el cierre de las líneas de crédito cuyo impacto vemos hoy en las farmacias de Venezuela que registran 90% de escasez de medicamentos esenciales como anticonceptivos. Las consecuencias de esto aunque no contabilizadas, las conocemos: embarazos no deseados, abortos practicados en condiciones clandestinas e insalubres (en Venezuela la interrupción del embarazo está permitida sólo cuando corra peligro la madre), aumento de cifras de mortalidad materna, y aumento de embarazo entre adolescentes.

Destino: incierto

Después de años reinventando, refundando, y reorganizando el Estado, hoy tal parece que todos esos esfuerzos estuvieron dirigidos a marcar los límites entre una ciudadanía necesitada y un Estado que no responde, que nos ha abandonado a nuestra suerte. Desde luego que algunas estructuras funcionan, unas mejor que otras, otras a medias, pero la mayoría simplemente no responde. Calles rotas, malolientes, oscuras y descuidadas denotan la ausencia de autoridades ocupadas. El hampa nos mantiene en casa desde temprano en la noche. El sistema de salud no da respuestas, la justicia tampoco. Los servicios son precarios, con frecuentes cortes de luz y agua en todo el país. Venezuela se detuvo en su avance hacia el desarrollo. Se mueve hacia una dirección distinta pero que, a juzgar por los resultados de la aplicación del modelo de Hugo Chávez en los últimos 18 años, no augura un mejor destino. La revolución que prometió hacer justicia social, se erige de espaldas a las necesidades más elementales de su pueblo.

 

 

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