Perú, el país que no amaba su diversidad

¿Qué estaba pasando en el país que no amaba a sus LGTBI y que año tras año en los eventos de «Besos contra la Homofobia» sacaba a sus policías a las calles para agarrar a golpes, echar agua sucia desde camiones rompemanifestaciones y expulsar de la Plaza de Armas de Lima a los pocos activistas que se atrevían a participar y darse unos tímidos besos? ¿Qué estaba pasando en el país que, año tras año, se negaba a dar una sola ley que contuviera orientación sexual o identidad de género a diferencia de toda la tendencia en América Latina, que abrazaba la diversidad?

En un país que se niega a reconocer la existencia de las personas LGTBI, lo que pasó en los últimos meses del 2016 parecía inaudito. En noviembre, la sentencia del Tribunal Constitucional del Perú —organismo que tiene la última palabra sobre el ordenamiento legal peruano— reconocía que el sexo va más allá de los cromosomas y que la transgeneridad no es una patología. Así revertía una vergonzosa sentencia del 2013 que impedía a las personas trans cambiar el sexo en su documento nacional de identidad por tratarse de un tema cromosomático irreversible. Luego, en diciembre, el Ministerio de Salud del Perú expedía la primera norma sanitaria que reconocía la necesidad de dar atención integral a las mujeres trans para que puedan ejercer todos sus derechos, acceder a salud sin discriminación, incluido su tratamiento hormonal y su registro en el Seguro Integral de Salud. Antes, las mujeres trans solo habían existido para el Estado peruano por el TARGA (Tratamiento Antirretroviral de Gran Actividad); ahora eran ciudadanas en el ámbito de la salud.

Ana María Romero, Ministra de la Mujer, en la conformación de la primera Mesa GTBI en el Ministerio de la Mujer. 2016.  Foto: Agencia Andina.Enero de 2017 también se presentaba con enormes expectativas. El Congreso había cedido a su terca oposición y en un voto de confianza otorgó las facultades necesarias para que el nuevo gobierno pudiera implementar medidas rápidas para frenar la inseguridad ciudadana, reactivar la economía, luchar contra la corrupción y modernizar el Estado en sus primeros cien días. Con esas facultades en las manos es que sale el Decreto Legislativo 1323, que incluye como agravante de cualquier delito, ejecutarlo bajo móviles de intolerancia o discriminación por orientación sexual e identidad de género. Impensable hasta ese momento, desde que en el 2009 se presentara un proyecto de ley contra los crímenes de odio y fuera archivado dos años después. De pronto, un gobierno reconocía que la comunidad LGTBI existía, que era violentada y que tenía que ser protegida.

Paradójicamente, Perú tiene actualmente dos proyectos de legalización de parejas del mismo sexo en la agenda del Congreso: la Unión Civil y el Matrimonio Igualitario, presentados recientemente por el partido de gobierno y por la izquierda. Dos proyectos que definen sus alcances bajo los que se definen sus ideologías. Uno pretende proteger los bienes patrimoniales de las parejas de lesbianas y gays, sin un cambio sustancial en el estado civil y con registro en la SUNARP (Superintendencia Nacional de los Registros Públicos), como un contrato de compra-venta. El otro, en un afán de radicalizar el horizonte democrático, busca el reconocimiento de todos los derechos.Marcha por la Igualdad. 2016. Foto: Agencia Andina.

¿Qué estaba pasando en el país que no amaba a sus LGTBI y que año tras año en los eventos de «Besos contra la Homofobia» sacaba a sus policías a las calles para agarrar a golpes, echar agua sucia desde camiones rompemanifestaciones y expulsar de la Plaza de Armas de Lima a los pocos activistas que se atrevían a participar y darse unos tímidos besos? ¿Qué estaba pasando en el país que año tras año se negaba a dar una sola ley que contuviera orientación sexual o identidad de género, a diferencia de toda la región latinoamericana abierta a atender las demandas de los LGTBI, y que ni siquiera se atrevía a firmar pactos internacionales si no era con la bendición de la poderosa iglesia católica?

Una primera pista podría ser el reciente cambio de gobierno. La población peruana había rechazado por un mínimo margen de votos a la hija del ex presidente condenado por corrupción y crímenes de lesa humanidad, Alberto Fujimori, quien se había aliado al ala más homofóbica de los conservadores evangélicos y con vínculos concretos con el narcotráfico y lavado de activos; y con ese respiro, el recién elegido presidente, Pedro Pablo Kuczynski, confiaba, el 28 de julio de 2016, el premierato a un joven liberal, Fernando Zavala, rodeado de un círculo de técnicos sensibles al enfoque de género y las demandas LGTBI. La voluntad política de un gobierno del que no se esperaba nada se sumaba a más de 35 años de lucha incansable del movimiento LGTBI peruano es nuestra segunda pista.

No fue

Voluntad política era lo que le había faltado a cada gobierno peruano desde que la democracia volvió a instalarse en Palacio de Gobierno, Ollanta Humala, la esperanza de la izquierda y los LGTBI no fue la excepción. Sus últimos días en el sillón presidencial no habían sido los mejores, el ex militar convertido en presidente terminaba su mandato con una estela de mediocridad que lo había perseguido sus largos cinco años en el sillón presidencial, con la imagen fuertemente desgastada y con su esposa implicada en investigaciones por corrupción. Cinco años antes, la comunidad LGTBI, esperanzada en su figura, había llamado a votar por él en diversos pronunciamientos con la esperanza de que cumpliera su Plan de Gobierno, llamado también «de la inclusión social», elaborado por expertos de izquierda comprometidos con los derechos LGTBI, y en contra nuevamente de Keiko Fujimori, la candidata de la corrupción y la homofobia.

Participación en la Marcha Contra la Violencia Hacia las Mujeres [2016] y plantón de protesta en la Sociedad de Radio y Televisión de Perú por reportajes y notas periodísticas transfóbicas. 22 de febrero de 2017. Foto: fb de Féminas Perú Oficial.Humala había significado para la comunidad LGTBI una posibilidadde cambio. Anhelo que ni siquiera se perdió cuando él y su esposa, en plena segunda vuelta, besaron el anillo del cardenal Cipriani, conocido despreciador de los derechos de las mujeres y LGTBI. En sus siguientes años de gobierno, no fue el único anillo que Humala besara. Su cambio radical conmocionó a todos, pero principalmente a sus aliados, la izquierda peruana, quien fue remplazada por políticos abiertamente de derecha y casi desaparecida de los espacios de decisión del Estado. Luego de eso, la comunidad LGTBI sabía que no podía esperar nada —como sucedía desde los 80— hasta un nuevo cambio de gobierno.

En los 80, un grupo de jóvenes gays de clase alta decidieron fundar la que sería la organización homosexual en funcionamiento más antigua de América Latina, el Movimiento Homosexual de Lima. De espaldas y con sus siluetas ensombrecidas, leyeron su primer pronunciamiento publicado en el diario La República. Influenciados por Foucault, el feminismo y Stonewall, se creían a puertas de una revolución sexual. La epidemia del Sida, el terrorismo de Sendero Luminoso, el terrorismo de Estado del gobierno de Alberto Fujimori y la creciente pobreza y marginalidad de la población LGTBI vulnerabilizada por gobiernos cada vez más negligentes les puso los pies en la tierra. Si no morían a causa de la enfermedad que los estigmatizaba, morían a manos de algún terrorismo. Si casi no había escapatoria para el movimiento social, mucho menos para el LGTBI que no era reconocido siquiera en su calidad de humano.

¿En dónde estaban las trans?

En la cotidianidad del estigma, en las fiestas multicolores de los poblados peruanos, trabajando en todo lo que se pudiera, saliendo de la prostitución para convertirse en estilistas, algunas de ellas encontrando su voz fuera de los márgenes homosexuales, empezando a acercarse a los círculos activistas —a esos activismos tan burgueses y lejanos en donde no se reconocían, al lado de gente que había tenido estudios, trabajo, voz y voto gracias al clóset, ese lugar que ellas desconocían— y a las asambleas del movimiento peleando todavía por una voz representativa, mientras sus nombres ocupaban los primeros lugares en las estadísticas de los crímenes de odio, acumulándoseen las listas de muertes por enfermedades relacionadas al VIH. Pasarían varios años y el fin de un siglo para que el movimiento trans se empezara a consolidar. En 2000 comenzaron los años clave: nuevas organizaciones, proyectos del Fondo Mundial, políticas públicas contra el VIH que las incluía, articulaciones regionales, capacitaciones y empoderamiento. Las trans ya tenían voz y voto dentro del movimiento LGTBI. ¿En dónde están las trans hoy en el 2017?Javiera Arnillas. Fotografía: Agencia Presentes.Isabella Fernández en su graduación del curso de Maquillaje Profesional. Fotografía: fb personal.

Me encuentro con Isabella y Javiera, las dos son activistas trans afroperuanas, ambas en la veintena y activas participantes de la organización Féminas (Renace en Confianza). Hace solo unos meses, varios colectivos trans presentaron el proyecto de Ley de Identidad de Género, muy parecido al de Argentina, un hito en la lucha de las personas trans y posible gracias a que la izquierda está en el gobierno, ya no como una extravagancia de la política peruana inmersa en el neoliberalismo desde hace más de dos décadas, sino como una fuerza que cuenta con veinte congresistas y una líder que consiguió cerca de 3 millones de votos. Y aunque Isabella y Javiera comparten muchas cosas en común, las diferencias se hacen evidentes al momento de reconocerse como ciudadanas de un país que le está dejando de dar la espalda a las mujeres trans. La cotidianidad y las nuevas leyes aún no se dan de la mano.

Ellas

Isabella vive en San Juan de Lurigancho, uno de los distritos más poblados y pobres de Lima, con su madre y su hermano. A pesar de la experiencia de violencia constante en el colegio estatal en donde pasó sus primeros años de educación formal, siguió estudiando pequeños cursos que ofrecían en municipios y otras organizaciones: inglés, atención al cliente, marketing. Cuando se asumió como Isabella, empezó a trabajar en Gamarra, el centro comercial más grande de ropa en Perú. Todo iba bien hasta que empezaron a cuestionarle el uso del baño, incluso llegaron a pedir firmas para que no usara el baño de mujeres y lo consiguieron. Isabella tuvo que usar los baños de mujeres de los otros pisos de la galería en donde vendía ropa, hasta que se cansó y se fue. Estudió diseño publicitario a medias, y luego maquillaje, pero no ejerce porque cuando buscaba trabajo le pedían ser estilista completa y eso requiere dos años de estudio que ella no se puede costear: la pensión de viudez de su madre no alcanza para tanto. La universidad es un sueño lejano aún para ella: «Tenía miedo y mi mamá me dijo que espere hasta que podamos arreglar lo del cambio de nombre en el DNI, pero eso nunca se dio». Mientras abandonaba el cuerpo masculino, abrazaba el feminismo. Para Isabella, ser mujer se convirtió en una reivindicación. «Empecé a cuestionar los privilegios de ser hombre y cómo fui perdiendo los pocos que tenía en el proceso de mi transición», comenta mientras esperamos la hora de inicio de su reunión en Féminas.

Mercedes Aráoz, segunda vicepresidenta del Perú, participando en la Marcha del Orgullo 2016. Foto: Sin Etiquetas.Con Javiera fue diferente, ella tuvo la suerte de estudiar en un colegio particular de clase media, pero sobre todo de ser una buena actriz, lo que la ayudó a performar como niño desde pequeño sin que nadie se percatara de lo que había en su interior. Es en la universidad en donde se siente más libre y empieza a asumir que no tiene por qué vivir la vida que no quiere, participando en GPUC (Gays de la PUCP) —el grupo LGTBI de la Pontificia Universidad Católica del Perú, una de las mejores universidades del país y también una de las más caras— y apoyando la Reforma Trans dentro de esta, en una campaña para que se reconozca la identidad de género en las aulas. Pero el salto hacia lo irreversible se da cuando su padre fallece. Ese es el momento en que Javiera puede por fin tomar las riendas de su destino: cambia el Derecho por el Teatro, bota toda la ropa de hombre que tenía de sus roperos y empieza a vivir como su identidad de género se lo exige. Hace menos de un mes se operó: «Los senos son una marca muy fuerte que ya no se pueden ocultar y me empujan a ser vista como un ser femenino todo el tiempo. Antes podía travestirme de chico y salir a la calle y normal, se me trataba como chico. Ahora ya no voy a poder hacer eso, oficialmente ocuparé un lugar con mayor vulnerabilidad en la calle y, al mismo tiempo, estaré luchando para que eso deje de ser así», relata mientras se maquilla frente a un enorme espejo que tiene en la habitación que usa para practicar sus diálogos. Javiera ha participado en varias obras de teatro y un par de películas, y pronto se estrenará una en donde es la protagonista.

En Perú, hay una tradición cinematográfica que retrata las vidas LGTBI. Entre 2009 y 2011 se realizaron tres películas sobre vidas de mujeres trans y, de forma extraordinaria, cada película ubicaba a sus protagonistas en las tres regiones en las que el país se divide geográficamente: Mi hermano María Paula de Piero Solari (2009) es un documental ambientado en Iquitos, El pecado de Palito Ortega (2010) nos cuenta la trágica historia de Yahaira en Ayacucho, y Loxoro de Claudia Llosa (2011) nos muestra la búsqueda de una madre de su hija perdida en Lima. Selva, sierra y costa, con sus ciudades más emblemáticas, para mostrarnos cómo la violencia atraviesa las vidas trans, traspasan fronteras y las marcan de por vida. Y aunque las vidas de Isabella y Javiera no pasan por esos tintes de tragedia que se retratan en el cine, y están lejos del trabajo sexual a la que son forzadas las mujeres trans para sobrevivir, sí reconocen la violencia constitutiva que marca desde muy pequeñas a las mujeres trans y que muchas veces no las deja salir de las calles para vivir libres del estigma y la violencia.Marcha del Orgullo 2016. Foto: Matrimonio Igualitario Ya.

Foto: Sin Etiquetas

Imágenes intervenidas: gliphos

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