¿El feminismo es una moda?

  • ¿El feminismo es una moda?
Fátima E. Rodríguez - Déborah Guaraná
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Fátima E. Rodríguez - Déborah Guaraná

El 8 de marzo del 2017 encontró a todas las mujeres en las calles y movió las estanterías con sus multitudes. En Guatemala pasó lo mismo: una fiesta, una alegría de no saberse solas, de saberse millones. Esa alegría, pronto se convirtió en un infierno con la noticia de que, en pleno 8M, habían quemado a 40 niñas en un orfanato.

Ese día, Ana Cofiño estaba en una fiesta celebrando el aniversario de La Cuerda, la revista feminista que fundó hace casi 20 años. Cuando recién empezaban a salir las noticias y durante la marcha, se sabía que algo había pasado pero no estaba claro qué.

—Esa noche, cuando la noticia fue evidente, fue un golpe muy fuerte, las compañeras no podíamos hablar. Cuando teníamos que hacer declaraciones a la prensa nadie podía hablar, estábamos tan impresionadas, conmovidas. Poco a poco la noticia nos penetró en el cuerpo y fue terrible, sentimos que estábamos en el pantanal de tanta tristeza. La tristeza va junta con la ira y el odio. Lo que mantuvo más fuerte fue justamente la indignación. Lo que hicieron es algo que no podemos aceptar, hay que exigir justicia. No podemos olvidarlo y desgraciadamente no lo vamos a olvidar, porque todos los 8 de marzo vamos a recordar la quema de las mujeres confeccionistas en Nueva York y acá, a las niñas.

Guatemala es uno de los países más pobres de Latinoamérica y lleva en su historia la historia de una de las guerras civiles más largas de la historia. Desde 1960 durante la Guerra Fría, su población vive dividida hasta 1996 que se firma un acuerdo de paz.

—¿Cómo es el feminismo en Guatemala?

—Hablamos de feminismos porque hay muchas corrientes, pero un aspecto básico del feminismo en Guatemala es que tiene muy claro que hay racismo en nuestro país. Hoy el feminismo es muy contestatario, hay una rebeldía en las jóvenes y nos da mucho gusto. También es muy creativo, un feminismo que –como no tenemos recursos, ni teóricos, ni materiales– es muy creativo y atrevido. Otro punto importante es la defensa de los territorios. Esta consigna de “Nuestro cuerpo, como territorio” que es tan regional, nos alegra mucho, nos contiene. El Estado de Guatemala es un Estado misógino, patriarcal, eso también hace que las feministas tengamos una respuesta para contrarrestar estos rasgos.

—¿Cómo fue su acercamiento al feminismo?

—Soy la más chiquita de la familia, antes tengo tres hermanos hombres, machos y patriarcales; entonces pensaba que cuando creciera iba a ser hombre… Pero luego, me hice un poco rebelde: nunca me casé, tuve mis hijos en la casa, estudié en una universidad pública, cosa que en mi familia no se aceptaba. El feminismo me cambió la vida y me la sigue cambiando. Cuando regresé de México a Guatemala en 1987, y estaba todavía la guerra, se veían las bombas en los cerros, había combates, pero ahí comenzó un movimiento cultural muy fuerte. Hay un movimiento artístico muy potente, en fotografía, en performance. Está la artista conocida internacionalmente, Regina Galindo, que ha hecho denuncia de la violencia contra las mujeres, denuncias potentes en el mundo, en las bienales de arte y así como ella Rebeca Lane que es una rapera maravillosa. Al mismo tiempo también están los artistas gráficos. Los periódicos dieron un salto un poco más hacia la modernidad en la comunicación. Regresó del exilio mucha gente y eso nutrió la cultura. Tuvimos oportunidad de estudiar y conocer otros estilos de vida, eso nos enriqueció personalmente y al regresar a Guatemala hicimos lo que teníamos que hacer.

—¿De qué trata La Cuerda?

—Recién había terminado la guerra y habíamos empezado el periodo de la paz y la independencia. Era importante que las distintas vertientes de los movimientos de mujeres nos conociéramos: unas venían de la guerrilla, de la montaña; otras veníamos del exilio; otras se habían quedado en Guatemala. Con la firma de la paz, las mujeres tuvieron una intervención muy interesante, de exigir que haya –como se decía en ese tiempo– el enfoque de género transversal. De hecho creo que fue muy avanzado en ese sentido. Culturalmente había una necesidad muy grande de salir de la violencia de la guerra y de hablar de lo que no se había hablado durante 30 años de censura, violencia y represión de esas mujeres. Conseguimos los recursos financieros para hacer esta publicación que se llama “La Cuerda”, un nombre que tiene varias significaciones. Una de ellas es porque es una medida de tierra, que se usa desde tiempos de la colonia. Luego tiene que ver con la voz, porque, por la misma guerra, habíamos estado en silencio; entonces, tener en ese momento la posibilidad de hablar, era muy importante. Otro significado también es la cuerda como mecanismo que mueve, como a esos juguetes, como ese lazo que une.

Su lema era “miradas feministas de la realidad”, porque no se trataba de hacer una revista solo para mujeres, sino una revista que le dijera a la sociedad de Guatemala cómo vemos nosotras la realidad con las herramientas que nos han dado los distintos feminismos. Abríamos un espacio donde se podía hablar de cosas que los medios convencionales no tocaban. En una primera etapa, La Cuerda era más bien antológica, en el sentido de que era temática. Hicimos un número sobre el amor, que fue quizá el que más rápido se agotó, porque era justamente cuestionar el amor como se nos ha enseñado, abordado desde diferentes perspectivas. Hemos tomado el tema de “la finca”, una estructura colonial que pervive en Guatemala, que es una forma de tenencia de la tierra monopolista, de grandes extensiones, de explotación de la mano de obra. Ese modelo sigue vigente en Guatemala, no solamente en las plantaciones, sino que es el modelo político y mental del Estado guatemalteco, que fue creado y atado durante tiempo para favorecer a una élite, que casualmente son los herederos de los colonizadores.

La Cuerda, además de ser un periódico, es una organización de mujeres que intenta construir un modelo de trabajo sin jefas, ni directoras.

—Somos un equipo de 13 mujeres, que nos hemos mantenido muy fuertes. Es un equipo donde no hay jerarquía, no hay jefas ni directoras, todas nos hacemos responsables de nuestro trabajo. Esa búsqueda de horizontalidad también nos da mucha fortaleza.

—¿Cuáles son los sectores con los que más le cuesta trabajar?

—Es difícil tener relaciones con el movimiento campesino, que es a veces el más conservador en términos patriarcales. También con el movimiento indígena, donde hay un serio y profundo prejuicio hacia el feminismo, pero a lo largo de los años creo que hemos logrado posicionarnos como una organización ecuánime, radical, pero con una ética política.

—¿Cómo vivieron el 8M en Guatemala?

—En principio, cuando dijeron “paro” me hizo ruido. Pensé: ¡Oye, eso del paro no me convence porque no vamos a parar, ¿un plantón?! Entonces dijimos que nos sumaríamos porque era una oleada internacional y lo hicimos con una marcha como todos los años y le pusimos mucho énfasis a la lucha contra la violencia. Sucedió entonces lo de las niñas. Hemos estado yendo a la plaza constantemente, las personas llevan candelas, inciensos, flores, se hacen batucadas y lectura de poesía, música. Pero a los pocos días mataron a una viejita, a una artista del teatro, con violencia. La golpearon horriblemente y a los dos o tres días del asalto, murió. No fue solo lo de las niñas, es decir, a todas sin importar la edad ni la condición social. Todas son sujetas de violencia. Esta señora con larga trayectoria, Concha Deras, había ido a las movilizaciones del 2015 e hicieron una filmación de ella donde decía: “Muchachas, tenemos que cambiar el mundo”.

Ha sido dolor tras dolor. Mientras, los diputados estaban en el Congreso a punto de aprobar leyes para quitar los impuestos a los narco ganaderos, estaban haciendo una contracampaña a la campaña por la defensa de los ríos, estaban tratando de pasar una ley que quitara tiempo de cárcel a los acusados de corrupción. Al mismo tiempo, están estos juicios contra los militares, que son del alto mando y están ahorita en la cárcel. Estas redes militares-delincuenciales-criminales no están desarticuladas, entonces está siempre el miedo de las reacciones que van a tener. ¡No nos dan tregua! En Guatemala sales a la calle y –aún conmigo que soy vieja– los hombres son abusivos. A una amiga, una señora que iba con su nieto, un hombre le metió mano, y eso es común todo el tiempo en el transporte y en la calle. En la noche, casi nadie quiere salir. Nosotras siempre nos reunimos y nos estamos cuidando, por eso hacemos la fiesta del 8 de marzo y hacemos espacio de sanación. Haciendo acopio de todas las técnicas de terapias y todo lo que se pueda para fortalecernos un poco. Cada quien tiene que ver como sobrevive en esa jungla.

Cuando a Ana, antropóloga de profesión, le preguntan sobre el feminismo, habla de comunicación para la emancipación.

—Ya no es pensar solo en periodistas o en personas que estudiaron comunicación, sino partir de la base de que todas comunicamos: si eres artista, cineasta o periodista estás comunicando. Y pensamos que la comunicación sí puede contribuir a cambiar el mundo, en el sentido de dar un mensaje que dialogue con la gente. Normalmente, desde el periodismo empresarial tradicional te hablan de los grandes sucesos, las grandes guerras, de hombres de poder, del dinero, pero no hablan de la vida cotidiana, de las subjetividades, de las luchas de las mujeres por sobrevivir. Y eso es lo que buscamos, que las mujeres no solo seamos una fuente de información, sino que también vayamos generando un lenguaje, símbolos y conceptos que nos permitan emanciparnos, porque nosotros usamos el lenguaje del opresor, es un lenguaje que nos han enseñado, hecho desde los términos de la dominación.

—¿Cuál es el desafío de esa comunicación?

—Es un ejercicio y un esfuerzo bien grande acuñar nuevos términos y tratar de usar un lenguaje liberador, porque siempre estamos como reaccionando. Sabemos bien lo que nos hace la violencia, lo que nos duele y nos lastima, pero nos cuesta mucho en palabras lo que queremos hacer. Y los sentimientos liberadores también, porque a las mujeres desde muy chiquitas nos meten miedo. Nos dicen: “no, porque te va a pasar algo”, “cierra las piernas porque te van a hacer algo”, y hay un dicho que dice “la curiosidad mató al gato”, y es malísimo, porque lo que están coartando es nuestra posibilidad de conocer el mundo, porque sin curiosidad no habría ciencia.

El 8M de 2017 marca un hito en la historia del feminismo y genera muchas preguntas. Próximamente, en Uruguay se realizara el XIV Encuentro Feminista de América Latina y el Caribe, el mayor encuentro académico-intelectual del pensamiento feminista con un lema que denota también las rupturas y las búsquedas en la corriente del pensamiento feminista: “Diversas, pero no dispersas”. ¿Luchamos en las calles solamente o buscamos cambiar leyes? ¿Cambiar las leyes cambia todo? ¿Institucionalistas o populares? ¿Dialogamos con el Estado o creemos que podemos hacer cambios culturales solo con movilizaciones? A Ana le quedó retumbando la pregunta sobre feminismo como moda y vuelve sobre eso:

—Ojalá el feminismo fuera una moda duradera, el problema con las modas es que son volátiles. Pero el feminismo es una forma de las mujeres de hacerse cargo de sí mismas. No es que te “empoderen”, a mí no me gusta esa expresión, prefiero que digamos que recuperamos nuestras potencias y ejercerlas. Si el feminismo está de moda, si las mujeres de clase alta dicen que son feministas y van a pensar que su papel en la familia puede ser diferente, perfecto. El problema es que se puede banalizar, y ahí tenemos que ser muy insistentes y explicar que el feminismo no es la antípoda del machismo, sino que es una teoría que se ha elaborado desde siglos atrás, y es también una forma de participación política y una forma de vivir. Me gustaría también que se ponga de moda leer, algo que a la gente le mueva la cabeza, porque cuando uno dice feminista algo se mueve. A veces las jovencitas dicen “soy feminista” y las viejas nos preguntamos si ya leyeron lo que tenían que leer: ¡no importa! Si están luchando en las calles por sus derechos, si están enfrentando el acoso, ni modo, ¡son feministas!

—¿Cómo vincula feminismo con comunicación para la emancipación?

—Lo de la comunicación para la emancipación es algo que estamos construyendo recién. De lo que se trata es de producir un imaginario liberador, un lenguaje liberador, quitarnos los patrones patriarcales pero construir otros modelos. Es muy importante que las que nos llamamos feministas tengamos una ética cotidiana de las relaciones sociales. En mi caso es muy importante que las jóvenes miren y sientan que estoy con ellas, no que piensen que las feministas somos unas viejas encumbradas, superiores. A mí me gusta tener amistad con las jovencitas, y que sientan que pueden ser feministas aunque nunca hayan leído a Simone de Beauvoir. El conocimiento se hace en colectivo, así que este año hemos estado haciendo talleres con periodistas, con personas que trabajan en medios, con artistas y gente comunicadora. Como se decía en los años de las revoluciones y la lucha armada en América Latina, el Che Guevara hablaba del hombre nuevo. Sí, es necesario hacer personas nuevas, que nos quitemos todos los prejuicios, todas estas ideas violentas, que nos demos espacios de libertad, y en ese sentido las mujeres hemos avanzado montones, porque las feministas de mi generación, por ejemplo, en cuanto al arreglo personal, eso fue como un gesto, que ha permitido que no seamos esclavas de la moda… Esto de la servidumbre es algo terrible de la colonia, y siempre estamos sirviendo a alguien. Las feministas tenemos que seguir siendo críticas con nosotras mismas, porque también nos olvidamos que somos agentes de violencia, con las envidias, celos, rivalidades, y si hay un hombre o mujer de por medio también somos horribles, no hemos salido de la monogamia, de los modelos heterosexistas. Tenemos que ser críticas también con nuestras relaciones culturales. En América Latina necesitamos tender puentes, estar permanentemente interesadas por lo que pasa en los otros países. Creo que como comunicadoras es necesario mantener permanente un flujo de información que no se olvide. El desafío entonces de la lucha es traspasar las redes sociales, en las redes sociales es que subes algo y al día siguiente se acabó. Es importante la permanencia, la tenacidad, y la sostenibilidad política.

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